Canto IV de la Arcadia de la ciencia y la humanidad (obra protagonizada por la hermosa pastora Lizzea y no otra)

97346

Dice la historia que ésta se encontraba apacentando su ganado en compañía de la pastora Marina. Pero sucedió que una ovejita se le extravió por la umbría selva de Azcapotzalco y, cuando fueron a buscarla, también se perdió su amiga pues se había encontrado a una solitaria moza con la que quería entablar un honesto y ejemplar coloquio, dejando, pues, sola y a la merced de sus muchos deudores a Lizzea. Asimismo acaeció que Andreo y Fernandiño caminaban por el bosque y discutían amena y pacíficamente sobre asuntos tan elevados y devotos como ahora oiréis:
—Yo creo que a vuestra merced le falta seso y buen entendimiento —dijo Fernandiño—, pues nunca hubo mejor pastor laudista que Brayan Mayo, músico cortesano de Vuestra Majestad la Reina.
—Hombre dotado de gran talento e inteligencia, sin lugar a dudas —le respondió Andreo—, pues he escuchado que es Doctor en Física por el Colegio Imperial del Reino Unido, amén de que se dice que es un extraordinario judiciario. Pero yo siento profunda admiración por mi tocayo, don Andrés Estíos, laudista británico también y miembro del cuerpo de la policía pastoril.
Iba a rebatirle con argumentos bien fundamentados y razonables, pues esa era su costumbre, cuando, de entre la enorme vegetación y flora que los rodeaba, vio que Lizzea caminaba con su rebaño y dando voces, pues intentaba llamar a su oveja descarriada.
—¡Vuestra merced, ¿ya vio quién anda ahí?, ¿aquella no es la pastorcilla, dueña de vuestro pensamiento y voluntad, y con la que se quiere ayuntar en santo matrimonio?
Andreo volteó la vista y, al ver a la soberana de sus ayes y pesares, se le subió la color al rostro y comenzó a respirar con dificultad, síntoma indiscutible de estar irremediablemente enfermo de amor (o de mentecatez, pero esto no es un tratado hipocrático como para ponernos a discutir esos menesteres). El pícaro pastor díjole que fuera para allá, pero su amigo respondiole que “a guisa de qué”. Luego el primero empezó a cacarear y a tildarlo de sodomita, Andreo, no pudiendo tolerar semejante ofensa, fue a su encuentro y le dijo:
—En esto veo la gracia divina, Lizzea.
Mas la pastora, atendiendo más a la búsqueda de su corderita que al intento de gesto galante de su enamorado, le contestó:
—Aparte de que así no va la frase que intentas recitar, hermano Andreo, me juzgas mal al creer a priori que desconozco la obra de La Celestina. Vete a otra parte con tu “dar poder a natura de tan perfecta hermosura, etcétera”, o haz algo de provecho como, verbigracia, ayudarme a buscar a mi pobre Jacinta, que así se llama mi pequeña oveja o, de lo contrario, me veré en la obligación de partirte el cráneo con mi cayado.
—Servida está, señora mía.
Y ambos caminaron por el bosque en busca del perdido animal, cuando escucharon que alguien gritaba:
—¡Por Nuestro Señor socorredme y quitadme a esa bestia de encima!
Suspensa quedó la platónica pareja de pastores y, de inmediato, Lizzea inquirió:
—¿Escuchaste eso, hermano Andreo?
—Suena como a una dama menesterosa.
—Vamos, pues, para allá.
Y en menos de lo que se dice dieron con el origen del escándalo…
Y antes de relataros lo que a continuación sucedió, os ruego, ¡oh respetables lectores (u oidores según sea el caso)!, que si hay niños, mujeres emancipadas, seminaristas u otras personas de exacerbada sensibilidad que se encuentren leyendo con vosotros esta ejemplar, limpia y pura historia. Sugiero, pues, que prestamente suspendáis la lectura y los mandéis a dormir o a leer la Biblia. Pues si bien nunca sucedió nada licencioso en mi preciosa Arcadia, hubo casos muy aislados de conductas descuidadas y poco honestas.
Sucedió que una hermosa y despechugada dueña se encontraba atada a la cintura de un ahuehuete. Y como se encontraba inmóvil y desprotegida, la hambrienta y confundida Jacinta, pues aún era una oveja bebé, brincaba con ahínco encima de ella para poder mamarle las tetas. El varón pastor quedose mas turbado que de costumbre y Lizzea lo exhortó a que, de inmediato, se diese la vuelta en lo que cubría aquellas deliciosas, bien formadas y poco recatadas partes que, inexplicablemente, estaban muy al descubierto. Una vez que Lizzea la desató y le prestó una saya de repuesto que siempre cargaba, le preguntó su nombre, patria y la razón de su tan vergonzoso estado. Y ella le contestó que se llamaba Micaela y que era por todos conocida como “la muy bella”, mote que no faltaba a la verdad pero que, frente a su liberadora, segundaba, ya no sólo en belleza y gracia, sino también en entendimiento como después se verá. Después dijo que su patria era Naucalpan y que su desventurada condición se debía a lo siguiente:
—Nací en el seno de una familia de hidalgos pobre y, no parando ahí las desgracias, mi padre nos abandonó siendo yo todavía muy chiquilla. Tuvimos mi madre, mis tías y yo que aprender el oficio de bordar y coser la ropa ajena. Empero, yo abrigaba la esperanza de ser una dama de la corte algún día. Pasó el tiempo y llegó para mí la edad en que se dice que estaba lista para merecer, y mis familiares, al ver que mi extremada belleza no pasaba desapercibida para nadie, me enclaustraron con mucho celo, procurando guardarme para un caballero que pudiera mejorar nuestra posición. Pero al espiar por el agujero de una pared vi, ¡ay!, a un gallardo paje del que me quedé totalmente prendada. Yo, presta, arranqué un pedazo de mi enagua y, con un carbón que encontré en el suelo, hice un dibujo de una princesa atrapada en una torre (pues no sé leer ni escribir) y lo metí por el orificio aquel. El paje, seguramente enterado de mi insuperable hermosura pues rondaba la casa con insistencia, notó que en el hoyo salía algo y tomó mi mensaje. Luego, metí el dedo índice en el agujero para indicarle que se diera cuenta de que estaba cautiva en mi propia casa. Mi galán reparó en ello y comenzamos a secretear a través de él. Un día me dijo que había fraguado un plan para rescatarme y que esa misma noche me liberaría para que, luego luego, nos matrimoniaran. Sucedió, pues, que asaltó mi casa fingiendo ser una mendiga que pedía un poco de estambre y, como sus colegas venían con él, neutralizaron a toda mi familia. Emocionada por el ajetreo, quedé embelesada cuando mi príncipe encantado por fin pudo rescatarme. Una vez que pernoctamos en la primera posada que nuestros ojos vieron, me prometió yacer conmigo si primero cumplía con el ius primae noctis, y yo, al no saber nada sobre latines, acepté su condición, pero lo cierto es que aunque me hubiera dicho que eso significaba “derecho de pernada”, igual no le hubiera entendido ni jota. Fue entonces que primero me visitó en el lecho uno que decía ser su tío, otro que juraba ser su hermano, aqueste que decía ser el hermano de su hermano, y así fui ultrajada por una enorme nómina de familiares (que sospecho que en realidad no lo eran) antes de dormir con mi paje. ¡Hasta ahora me doy cuenta que fui vendida sin mi consentimiento!
—Hermana mía (porque aquí en la Arcadia todos somos hermanos) —dijo Lizzea—, no sé qué pensar de vuestro caso, pues aunque no es vuestra culpa que desconozcáis una costumbre que muchos siglos ha que está prohibida, debo deciros que, en nombre de nuestro sexo, nos avergonzáis a todas al someter la honra a un capricho tan nimio como es el entregarte a un paje bribón.
—Verdad dices, oh razonable pastora. No obstante, prosigo: Después de la mala jugada, mi paje prometió llevarme a la corte y que, en llegando allí, me presentaría a su señora la virreina. Dijo que mi gracia y belleza serían suficientes como para desbancar a la favorita de su ama, que era una santurrona oriunda de Nepantla. Confiada en que mi sueño se haría realidad, me llevó a este paraje que veis y, en un acto infame, me sujetó por la espalda, me puso la punta de su daga en mi cuello y me preguntó: “¿Dónde están tus joyas?”. Yo le había dicho que era muy pobre y que no llevaba ninguna; pero éste no me creyó y me desnudó para convencerse de que lo que decía era verdad. Entonces me dejó atada a este árbol y se llevó mis ropas nomás de pura maldad. Y aquí termina la historia de esta pobre sinventura.
—¿Puedo ya voltear la vista? —interrumpió Andreo, que escuchó todo el relato dándoles la espalda.
—Con todo y que la saya apenas y cubre lo que es menester, te doy permiso de que te des la vuelta, con la condición de que alejes la lasciva de tu mirada.
Mi hombre obedeció, pues no tenía otra voluntad que la de su señora, y en un arrebato de infundado idealismo, declaró:
—Es precisamente por eso que creo que debe resurgir la orden de caballería o, en nuestro caso como novohispanos, fundarla. Así yo podría armarme caballero para defender tuertos y agravios como aquel que le hicieron a esta hermosa y desdichada dueña.
—Menudo disparate dices, mi muy simple hermano Andreo, ya que una mujer se basta a sí misma para poder defenderse de quienes quieran agraviarla. Si una cae ante la seducción de falsos galanes, no es por culpa de la falta de amadises que una tropiece, sino por la falta de juicio a la hora de elegir a quien bien nos debe querer. Hay que escoger conforme a nuestra condición: si una no es rica, no se debe esperara a que el rey Midas nos despose; si una no es noble, no se debe esperar a que el duque de Bejar venga a endulzarnos el oído; si una no tiene gracia, no se debe esperar a que Apolo baje por nosotras en su carro de fuego y, finalmente, si la naturaleza nos predispone a desear otras cosas, para eso existen los conventos y santo remedio. Yo, naturalmente, escogeré cuando se me dé la gana y siempre en base a la razón; pues el amor, cuando es mero deseo, empaña el juicio, envenena el entendimiento y adultera la conciencia.
El amor que Andreo sintió por su dama aumentó al escuchar esa perorata, mientras que a Micaela le entró por un oído y le salió por el otro. Y se fueron todos juntos para la aldea. Y aunque mi buen pastor pudo regocijarse la vista con la voluptuosa belleza de Micaela, no lo hizo, pues tenía a la mano la recatada y muy honesta hermosura de Lizzea. Y contrario a lo que se podría pensar, la hostilidad de la pastora sólo era engendrada cuando querían tratar con ella asuntos de amor, si no le hablaban de eso, ofrecía su amistad desinteresadamente y fue por eso que, durante el camino, se portó menos distante con su enamorado, que con eso no quería darle a entender que le quería, y entre muchas risas y decorosas bromas, llegaron a la aldea, en donde se estaba celebrando una feria. Micaela vio que se estaba celebrando un certamen de belleza y, creyendo que podía ganarle a su liberadora, se inscribió en él. Más pronto su soberbia e infundado narcisismo se vieron desengañados, pues Lizzea ganó todos los premios sin siquiera desearlo. Además del de la pastora más bella, recibió el de las matemáticas, el de ganado mejor cuidado, el de la oveja más linda (pues llevaba en sus brazos a Jacinta, que era la niña de sus ojos), el de lucha grecorromana pastoril y el de mejor soneto, pues siendo ella la musa de todos ellos, bien podía reclamar la autoría de estos.


 

Anuncios

Las formas de las cosas

taller-faro

El celular vibró encima de mi escritorio. Era Ximena. Tragué saliva y contesté.
––¿Aló?
––¿Patrick?, ¿estás ahí? Oye, ¿crees que podamos vernos en la plaza Reitman?
––Claro. Estaré ahí en menos de quince minutos.
––¡Eres un amor!
Colgamos.
Al salir me acomodé el cuello de mi gabardina, vahé y metí mis manos en los bolsillos. Al esculcarlos noté que, adentro de ellos, aún conservaba el preservativo que me regalaron en la plática sobre planificación familiar que dieron en el instituto. ¡Vaya! ¡Qué oportuno!, me dije. El crujido de la hojarasca acompañaba mis pasos y eso me hacía sentir bien. Oscurecía y el viento ululaba sobre los arces del parque. Ximena me esperaba sentada en una banca. Tenía las piernas juntas y fumaba. Ella vestía de forma horrible, pero, por alguna razón, ese estilo le venía bien. Usaba una falda corta, medias de red, una chamarra de peluche blanco, lentes de ala de mariposa y se pintaba los labios de negro. Vestida así no me hubiera sorprendido que algún maleducado la confundiera con una prostituta. Ella se levantó, me sonrió y me dio un beso en la mejilla.
––Luces apuesto.
––No tanto como tú.
––Gracias… Oye, como que tengo ganas de mota, ¿gustas?
La acompañé a pesar de que no soy muy afecto a los eufemísticos Coffee Shops.
Pasamos por una angosta calle, que era en donde estaba el único local en todo el pueblo. Una hoja de cannabis hecha de luces de neón adornaba la entrada. Bastó con que abriera la puerta para que el olor me mareara. Luego, nos sentamos en un desvencijado mueble. Ximena miró indecisa el menú, mientras que yo tamborileaba la mesa con mis dedos. Su belleza era exótica: un rostro felino y de una fineza que ponía en tela de juicio los estereotipos de los países del lejano sur. Su piel, cuyo tono acanelado adoraba pues no era la blancura alabastrina que de ordinario veo en mis compañeras, ni tampoco la abismal negrura que otras tienen y que no pocas veces suele verse por estos lados (lo negro sólo me gusta en el cabello y en los ojos). Ximena era una estudiante de intercambio de México. No era muy alta, pero como le gustaba usar calzado de tacón muy alto, no se notaba mucho. Sabía hablar a la perfección el inglés y el francés. Vivía con una tía suya y gustaba de la actuación. Al principio no me gustó tanto, pero muy pronto me di cuenta que la quería desde siempre. Coincidíamos en las clases de literatura y teatro. Pero no le dirigí palabra alguna hasta que, un día, la encontré por casualidad en una tienda de discos de vinilo. Acababa de comprar el Hot Rats de Frank Zappa y, cuando estuve a punto de retirarme, la vi buscando en la sección de música folk. La reconocí al instante: su corte de cabello con flequillos era inconfundible. Me acerqué a ella y la saludé con un torpe “¡Hola!”. Cuando volteó a verme, sentí un vértigo inconmensurable, como si estuviera en una peligrosa orilla y a punto de lanzarme de una demencial altura.
—Hola, Patrick, ¿ese es tu nombre, verdad? —me respondió con mucha familiaridad, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—Sí, ése soy yo. ¡Vaya! No sabía que también te gustaba coleccionar en ese formato.
—La verdad es que no lo hago. Mi exnovio era DJ y siempre me paseaba por todas las casas de música para buscar acetatos. Al ver esta tienda sentí nostalgia y quise ver los discos sólo para recordar viejos tiempos.
No obstante, vio un disco de un cantautor que le gustaba y lo compró. Cuando salimos de la tienda, me ofrecí a invitarle un café. Ella aceptó, pero, no sé qué me entendió cuando se lo dije pues, al momento de entrar a una cafetería cualquiera, la noté un poco decepcionada. Yo ordené un expreso doble; ella una café helado con muchas chispas de chocolate y crema batida.
—¿Cómo te la has pasado aquí, en Canadá?
—Muy bien, aunque me gusta más Francia, para ser más específica, París.
—Entiendo…
—Pero no me mal interpretes, aquí vivo una paz que no he sentido en ningún otro lado.
—¿Extrañas tu país?
Me sonrió al mismo tiempo que agitaba su bebida con el popote.
—Mejor cuéntame algo de ti.
—Mi vida es simple y ordinaria. Aunque acabo de forma una banda de art punk con mis amigos.
—¿En serio? ¡Eso suena tan genial! Aunque a mi me gusta más la trova.
Para mí un trovador era un pelafustán vestido con ropas isabelinas que toca el laúd y suelta versos como imbécil.
—¿Y qué es eso?
—Cosas como las que toca Silvio Rodríguez —y me enseñó el disco que compró de él.
Pregunté si era mexicano y me respondió que no, que era cubano y que hablaba sobre cosas importantes como la poesía y la revolución (¿o era la poesía de la revolución?). Deduje que tal vez era algo similar a lo que hacía Bob Dylan y Patti Smith y, para hacerme el interesante, dije que el art rock también era música de protesta. Sonrió y me prometió que un día me prestaría su disco así como una hoja con todas las letras traducidas al inglés. Los siguientes días comenzamos a hablarnos más a menudo en la cafetería y a pasarnos recados en las clases.
Sin embargo, no fue hasta aquella noche en el Coffee Shop que comenzamos a intimar un poco más. Recuerdo que Ximena pidió una mezcla especial llamada Acapulco Haze que se fumó en un vaporizador. Yo pedí un Space Muffin que no ingerí y que terminé regalándoselo a ella.
—Ojalá hubiera de estos en el DF —dijo al borde del éxtasis mientras carraspeaba de manera fortísima. Después añadió—: ¡Por qué carajos no legalizan la mota en mi puto país!
Si bien no probé bocado de mi panquecillo espacial, me comí con la vista a Ximena y hasta pensé aprovecharme de su estado; pero ella exhaló una espesa bocanada de humo que casi me asfixia.
—¡Oh!, disculpa. No fue mi intención.
—Descuida, cof, cof, no hay ningún problema.
Una vez satisfecho su antojo, salimos a la calle. Ella se asió a mi brazo y caminó junto a mí sin dejar de tambalearse. Luego se pegó un poco más a mí y pude sentir su cálido y redondo pecho tocar mi brazo. Esa sensación me hizo sentir un cosquilleo en la espina dorsal y una incómoda erección. Tras atravesar una calle desierta que me recordó a una de Dublín, Ximena me informó que la droga le había estimulado el apetito y, en consecuencia, me pidió que paráramos a comer algo. La llevé a la cafetería del muelle. Antes de que entráramos, me preguntó:
—¿Tendrán pastel de manzana?, ¡que tengo un antojo de huevos de pastel de manzana!
—El mejor del mundo, aunque los panqueques con tocino también son muy buenos.
Y me despeinó como respuesta ante mi hiperbólica afirmación.
La cafetería, desde fuera, parecía el vagón de un tren abandonado en medio de la playa. Por dentro era una mezcla de pub inglés con merendero de estilo americano. Nos acomodamos en un asiento cuya ventana daba a la playa. De mi lado podía apreciar la intermitente luz del faro. Ella pidió su pastel a la mode (o sea, con un bola de helado de vainilla encima); yo un emparedado de salami. Ambos ordenamos café.
—¡Me encantan estas cafeterías! Solía almorzar en muchas de este tipo en Brooklyn.
—A pesar de que vivo bastante cerca de los Estados Unidos —dije—, nunca los he visitado. Sin embargo, visito Irlanda en las vacaciones de invierno, pues es donde vive la familia de mi padre.
—Yo no he ido para allá, ¿te gusta?
—Mucho…
—¿Y no preferirías vivir ahí?
—Tal vez cuando valla a la universidad; no lo sé todavía. Prefiero en estos momentos estar con mi madre.
Se limpió la boca con una servilleta y me volvió a sonreír. Pagamos la cuenta y salimos a caminar a la orilla de la playa.
Afuera la noche estaba estrellada y la imagen de una media luna reverberaba en el espejo de cristal que era el océano. No me había dado cuenta de lo hermoso que era todo eso hasta ese día. Ximena se había descalzado y mojaba la delicada planta de sus pies, por los cuales siento una profunda fijación, en la blanca espuma de una moribunda ola. Caminamos un rato en silencio o, debería decir, que yo callaba mientras ella chapoteaba y cantaba una canción en francés que no conocía. Aproveché un fugaz instante en que la luz del faro iluminó nuestra parte de la playa. Ximena parecía una encantadora del mar y yo, con sangre de marinero a final de cuentas, caía irremediablemente ante su hechizo. El deseo casi me instaba a que la tomara de los brazos para obligarla a que nos revolcáramos sobre la arena, pero ella, quizá adivinando mis pensamientos, me salpicó de forma juguetona. Le seguí el juego, a pesar de que el agua estaba helada así como el clima en general. Más tarde hicimos una parada en el malecón. Ximena se apoyó en la barda de piedra e inclinó el cuerpo de tal forma que resaltaba, de forma sugestiva, sus hermosas nalgas. Me resistí cobardemente a su descarada coquetería y me apoyé, también, en la baranda. Ximena señaló hacia donde estaba el faro y me dijo:
—Soy amiga de Carole: planeamos hacer la fiesta de halloween en el faro.
La idea se me antojó espléndida y, por un segundo, me distrajo de todas las cosas que imaginaba al verla inclinada de esa forma.
—Nunca se me habría ocurrido.
—¿Verdad que es una gran idea?
Asentí. Ella apoyó la espalda en la baranda de piedra y sustrajo, de uno de sus bolsillos de su chaleco de peluche, una pitillera de plata. Tomó un cigarro e intentó prenderlo con su encendedor; pero yo, conociendo su afición a fumar cualquier cosa, me adelanté y se lo encendí con el mío. Me dio las gracias y me preguntó que qué hacía yo con un encendedor si no fumaba. Yo simplemente le contesté que no estaba demás tener uno.
—No te gusta fumar yerba, ¿verdad? —, inquirió Ximena riéndose de todo y por nada. Contesté que nunca me había gustado el sabor y la sensación que deja después de fumarla y que prefería, mejor, el alcohol.
Ella me despeinó otra vez mientras yo veía su rostro alumbrado por una farola. Después de soltar un humo con forma de aro, me comentó:
—Mi madre me mandó una postal desde México. Odio sus postales. Sólo dice que me quiere mucho y que me manda saludos su novio. Los odio. Mi padre es menos cursi y me escribe por correo electrónico.
No quise hacer un comentario ya que no la conocía lo suficiente. Se quedó un rato fumando en una posición clásica de femme fatale mientras yo la admiraba sin ningún disimulo. No sé por qué se me figuró a Andrea de Palma en la película La mujer del puerto (la había visto antes de conocer a Ximena en una función de medianoche). Tres cigarrillos después, me pidió que la acompañara a su casa. Apenas y recaía en el hecho de que sólo me había sacado de mi casa por el simple gusto de pasar el rato… conmigo. Ximena caminó bailoteando y hasta le dio por agarrarse a una farola y hacer una mala imitación de Cantando bajo la lluvia. Cuando llegamos al porche de su casa, ella me tomó de las manos, se acercó a mí, y me regaló el inmerecido premio de probar su boca. Pudimos continuar indefinidamente ese beso pero por pudor, tiempo o, tal vez, por querer economizar las abundantes dichas del amor, nos separamos. Antes de despedirnos, nos fundimos en un abrazo y, al final, me dijo:
—Esto es porque eres muy lindo conmigo.
Entró a su casa. Volví a acomodar el cuello de mi gabardina y tanteé mis bolsillos, en donde estaba el condón sin abrir y el cual tenía infinitas ganas de usarlo en ella. No obstante, muy pronto mis necesidades pasaron a segundo termino cuando intenté comprender todo lo que acababa de ocurrirme. Me dije que no había nada que entender y, durante todo el camino de regreso a casa, le sonreí a la nada.

¡Qué mejor marido que Dios!

a772daad0e6a7a16954711d06c0e8640

Me fui de peregrinaje para conocer las santas reliquias del templo franciscano de San Juan Bautista, que se encuentra cerca de los dominios de los marqueses de Oaxaca en el sin par pueblo de Coyoacán, gloria de la capital de la Nueva España. No obstante, mi camino pronto se vio interrumpido, pues al llegar al pueblo de Santa Anita vi que el canal de la Viga bloqueaba mi paso. No tuve otra opción que esperar la buena voluntad de algún indio que, motivado por la caridad, me encaminara con su canoa hasta el lago de Texcoco. Sucedió, pues, que un villano, que había terminado de faenar en el mercado, recogió sus flores y las acomodó en su balsa. Me dirigí al pequeño muelle en donde estaba éste y le comenté:
—¿Fue buena la venta?
—¡Que a las flores se las lleven los mil diablos, con perdón de su mercé, que no he vendido ninguna! ¡Mi mujer se pondrá como un basilisco cuando se entere!
Rato después, le pregunté que a donde se dirigía y él me contestó que a su chinampa. Viendo la posibilidad de avanzar algo de camino merced a su intermediación, intenté apelar a su piedad cristiana.
—Por la calidad de mis hábitos, vos podéis deducir que soy un peregrino. He visitado todo los lugares santos de esta patria mía y sólo me falta visitar la parroquia de San Juan Bautista. ¿Podéis vos hacerme la caridad de acortarme el camino?
El villano se rascó la nuca, a mi parecer, no exenta de liendres, y me respondió:
—Por caridad yo no hago nada y menos pasear forasteros por estos caminos de Dios. Empero, si voacé desembolsa unos buenos pesos para compensar la mala venta, yo llevaré a su mercé hasta el mismo infierno.
—¿Acaso vos sois Caronte?
—Yo no conozco a ese siñor. Yo fui bautizado como Gervasio, así que, por favor, no me troque el nombre su mercé.
Viendo que su necesidad era más grande que la mía, desembolsé dos pesos de plata para que me dejara embarcarme en su canoa. El trayecto fue parsimonioso y, de no ser por las destempladas canciones del balsero, el viaje hubiera sido más ameno. Pero el esquivo humor de la diosa Fortuna ordenó que las otrora mansas aguas del canal de la Viga se enturbiaran por una repentina tempestad. No tardó el villano en perder el control de la embarcación y, en consecuencia, terminó estrellándola contra un roca. La canoa acabó echa añicos y nosotros terminamos absorbidos por el agua para luego ser vomitados cerca de la orilla de un islote, en donde un ermitaño nos recogió repletos de ovas, lamas y algas. Cuando despertamos, suspensos estuvimos al ver que, en vez de estar en las puertas del cielo, nos encontrábamos en una rústica sala en donde ardía un buen fuego. Pero nuestra admiración pronto se convirtió en espanto cuando escuchamos un amargo lamento que decía de esta manera:

Lidiado y malherido por el ruedo voy
Pues para este tu enamorado payo
No fue suficiente nacer en mayo
Toro quise ser mas buey de Santín soy

Corrimos a buscar a quien daba tan tristes voces y, cerca de la floresta que rodeaba la choza, encontramos a nuestro huésped, pues al vernos se presentó como tal, y nos dijo que regresaramos a su morada. Ya ahí, Bernardino, que ese era el nombre del ermitaño, nos sirvió un poco de atole caliente, y luego que nos explicó cómo nos había encontrado, nos exhortó a que, como renta a su desinteresado gesto, escucháramos su muy triste historia.
—Yo, oh jóvenes náufragos, antes de despedirme de la civilización, solía ser un estudiante de la Real y Pontificia Universidad de México. Nací criollo y en el seno de una familia hidalga con un rancio abolengo corso, a la que, por desgracia, le sobraba nobleza, no así bienes de Fortuna. Digo, pues, que durante mi primer año en la universidad, destacaba, no tanto por mis estudios, sino por ser un esgrimista en extremo diestro, en lanzar la garrocha más lejos que los demás y en tañer la guitarra, con tal maestría, que se decía de mí que la hacía hablar. Todo eso cambió cuando, por no sé que maldita casualidad del destino, entró a la misma aula un caballero, pues en ese entonces lo creí tal, de nombre don Esteban Bellantín. Suspenso quedé al encontrarme delante de un compañero cuya bizarría, donaire y garbo excedía al de todos nosotros. Yo quise hacerme amigo de él y éste no tardó en aceptarme como su compañero de estudio. Gran cambio tuve al conocerlo, pues comencé a concentrarme en ciencias en las que antes era lego y, durante las horas de receso, don Esteban prefería mi compañía antes que la del resto de mis compañeros, razón por la cual fuimos conocidos como “los dos amigos”. Al poco tiempo de conocernos, nuestra gran amistad comenzó a ir más allá de la universidad y, por medio de pasarnos mensajes por debajo de la puerta de nuestros dormitorios, nos comunicábamos nuestros más profundos pensamientos. Empero, algo me desconcertaba sobremanera, ¿por qué le trataba con suma delicadeza?, ¿por qué veía en él toda la virtud y belleza humana?, ¿por qué ansiaba tanto su compañía y me pesaba tanto su ausencia?, y sobre todo, ¿por qué sentía que no había más luz que la de sus hermosos ojos verdes?
Gran incomodidad tuvimos al escuchar el curioso suceso del ermitaño, pues en primera instancia no dudamos en tildarlo de sodomita, pero éste nos tranquilizó diciéndonos que:
—Dejadme continuar que, como después veréis, para todo esto había una razón muy natural y que no contradecía a los santos mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia. Como os iba relatando, mortificado y culpable me sentía ante semejante insensatez que yo creía contranatural, aunque no por eso dejaba de frecuentar a don Esteban. Él me invitaba a su carruaje y juntos nos escapábamos a ver las comedias en los corrales. Recuerdo que a algún peregrino ingenio se le ocurrió traducir esa tragedia de Shakespeare intitulada Otelo, y como mi amigo y yo éramos muy aficionados al teatro, fuimos prestos a verla. Por alguna razón, la gente suele reír aun en las tragedias y, en mi imaginación, pensé que el senado (que es como los farsantes idiotas suelen llamar al respetable público), se burlaba de mí por mirar con admiración a mi compañero en vez de a la obra. Al final de la función, don Esteban se tronó los dedos de su fina mano de alabastro, de tal forma que me causó espanto, fuimos a su carruaje, me confesó que estaba muy complacido con nuestra inquebrantable amistad, y regresamos a nuestras respectivas habitaciones. Sucedió, pues, que impaciente por ver a mi amigo, aproveché que tenía que devolverle un libro que me prestó: “La economía” de Pseudo-Aristóteles. Su recámara no estaba lejos de la mía y, al ver que no le había puesto seguro a su puerta, supuse que podría entrar sin cuidado siendo yo su gran compadre. Al abrirla, menuda sorpresa me llevé al constatar que, adentro de la habitación de mi amigo, estaba una hermosa moza en cueros. Ella tuvo que callar para no alertar a los demás estudiantes y yo, sin acertar qué decir o hacer, le dije:
—¿Por casualidad se encuentra don Esteban?
—¡Yo soy don Esteban, idiota!
Dejé el libro y me retiré en silencio, no sin antes sentir un inmenso alivio al reconocer que el objeto de mi amor era, en realidad, doña Estefanía Bellantín. Lamentablemente, como yo era el único en conocer su secreto, comenzó a evitarme. Entretanto yo, sediento de su amor, aunque también necesitado de su amistad, le dejé una misiva mía en donde le decía que me perdonara el descuido y que su secreto estaba seguro conmigo. Ella me respondió, para gran regocijo mío, diciéndome en una carta que nuestras relaciones podían continuar, siempre y cuando la siguiese tratando como lo que creía que era. Volvimos a hablarnos; mas ya no fue lo mismo, pues quizá sospechaba la profunda admiración que por ella sentía. Aun teniéndola cerca la sentía lejana y, siempre que estaba a punto de descubrirle alguna razón enamorada, ella se apartaba de mí, y el dolor que sentía al verla partir tan aprisa era peor que el suplicio del potro inquisitorial. Infinitas noches pasé tañéndole mis canciones, cerca de su ventana, donde le descubría lo que en público me estaba vedado. Al ver que continuaba despachándome y que ya era imposible restablecer la antigua amistad, le mandé una infame carta, escrita en un momento en que la desesperanza y el despecho nublaron mi entendimiento, en donde no sólo la amenazaba de revelar su secreto si no me correspondía con la justa admiración que me debía, sino que también me atrevía a decirle que, aunque a comparación de ella yo era pobre, en linaje era igual a ella y quizá hasta le superaba. Muchas lágrimas derramé al escribirla y muchas más derramaré a consecuencia de eso. Después de mandársela, ella dejó la universidad. Maldije mi impertinencia y falta de juicio, pues en realidad era incapaz de descubrir ese secreto, y corrí a buscarla por todas las calles en las que solíamos pasear sin poder hallarla. Luego, encontré una nota en mi escritorio y, ¡ay!, ¡que no supe si sentir terror, alegría o culpa al ver que era de doña Estefanía! En ella escrito estaba lo siguiente: “Amor por nadie he sentido, excepto por el conocimiento. Noble nací, pero siendo mujer me fue vedado el más deleitoso placer que a mi inmensa curiosidad se le podía ofrecer, que era la educación universitaria. Ahora, por culpa tuya, oh villano Bernardino, tendré que tomar estado y, como castigo a tu iniquidad e impertinencia, quiero que estés presente en el día de mi boda. Debo de advertirte que contra mi futuro marido no valen las injurias ni las armas, así que puedo estar tranquila de que, contra Él, te encontrarás impotente. Sigue el mapa: en el día tal será la ceremonia.” Herido en mi orgullo, tomé mis mejores armas y salí para arrebatarle de las manos al villano que había quitado de las mías a mi doña Estefanía. Obedecí las indicaciones que estaban en su carta y llegué al templo de San Jerónimo que era donde iba a ser su boda. Cuando estuve a punto de entrar, un par de corpulentas religiosas me tomaron por sorpresa y me molieron a palos. Luego, ya sometido, me llevaron a ver de cerca el altar , e hincado y lleno de humillación, vi cómo le cortaban el cabello, ya no a doña Estefanía, sino a Sor Esperanza, que ese era el nombre con el que se consagraría al Señor. Ésta ya estaba con el hábito de monja puesto e iba emperifollada de la más hermosa forma que pudiera describirse, pues fue coronada con un sin fin de flores y joyas que resaltaban su inigualable belleza. ¡Hasta la mismísima Emperatriz de los Cielos sentiría envidia de su hermosura! Sintiéndome preso de una divina pesadilla, y sin mucho seso, inquirí:
—¿Y tu esposo?
Ella volteó a verme con la frente en alto. Me sonrió, orgullosa, mientras sostenía una antorcha dorada cuyo mango estaba cubierto de lirios. En el pecho llevaba una imagen de la Santísima Concepción y, luego de que las monjas del coro terminaron de cantar una especie de himeneo, me respondió:
—¡Qué mejor marido que Dios!
Aquí el ermitaño terminó anegado en lágrimas y nosotros, para no dejarlo solo en el llanto, recordamos nuestras desgracias y lo acompañamos en esa sinfonía de lamentos.

dropr_rZIU8VrID2SjMEmxmiy0E1lZIUr3MIxW_r1_920x1840

Frida

Buenos Relatos

FRANCISCO J. MARTÍN

En una mañana soleada, y sentada en una mesa del vagón restaurant, Frida degustaba con placer un exquisito desayuno mientras por la ventana veía pasar los paisajes montañosos entrecalados de verdes y frescos prados. Algo le decía que el día podía ser magnífico.
Se la veía una mujer elegante y atractiva, con una expresión agradable y quizás algo pícara, que atraía la mirada de cuantos hombres pasaban a su lado. Su cabello ondulado reflejaba los rayos del Sol haciendo que por momentos pareciera rodeada de un aura de luz.
Viajaba con los sentimientos descorazonados de quien hace tiempo que no disfruta de la
relación con sus amantes, más allá de la pasión efímera de unas intermitentes noches de
deseo. No se sentía querida, ni tan siquiera recordaba si alguna vez se había sentido así, por lo general sus relaciones amorosas fueron más bien aventuras que no le llegaron realmente al corazón. En el…

Ver la entrada original 892 palabras más

¡Qué mejor marido que Dios!

Aquí un relato que me publicaron en el blog de Buenos Relatos. Espero que sea de su agrado.

Buenos Relatos

FOXMAN

Me fui de peregrinaje para conocer las santas reliquias del templo franciscano de San Juan Bautista, que se encuentra cerca de los dominios de los marqueses de Oaxaca en el sin par pueblo de Coyoacán, gloria de la capital de la Nueva España. No obstante, mi camino pronto se vio interrumpido, pues al llegar al pueblo de Santa Anita vi que el canal de la Viga bloqueaba mi paso. No tuve otra opción que esperar la buena voluntad de algún indio que, motivado por la caridad, me encaminara con su canoa hasta el lago de Texcoco. Sucedió, pues, que un villano, que había terminado de faenar en el mercado, recogió sus flores y las acomodó en su balsa. Me dirigí al pequeño muelle en donde estaba éste y le comenté:

—¿Fue buena la venta?

—¡Que a las flores se las lleven los mil diablos, con perdón de su mercé

Ver la entrada original 1.781 palabras más

Santa Stefani II

Capítulo II

Donde el hidalgo de Lucca cuenta sus aventuras a los huéspedes de la posada de Garibaldi y de cómo fue conociendo a sus vasallos, con otros incidentes de muchos interés de esta muy cierta y auténtica historia

stj - santa teresa de jesús (23)

––Planeaba ir a la Universidad de Padua, pues mi señor padre, don Lucas Lucatello, quería que aprendiera la madre de todas las ciencias: la Teología. Pero yo, sediento de aventuras, la dejé, (o mejor dicho, nunca me presenté), abordé una fragata en el puerto de Liorna y me fui con dirección a Barcelona para, después, seguir el camino rumbo a Flandes ––dijo Andrea a toda la hostería––; por desgracia, la fragata en donde yo viajaba fue asaltada por piratas turcos. Ahí tuve que batirme con mi, ahora buen camarada, Ómar. Yo me defendí con una espada toledana que tenía en esos días, mientras él arremetía con su cimitarra. Nuestra pelea debió ser muy encarnizada, pues terminamos, quién sabe cómo y a los pocos minutos, sumergidos en el mar. Ninguno de las dos embarcaciones notó nuestra ausencia y se fueron con su pelea unas leguas más adelante. No nos quedó más remedio que nadar hasta la playa de Barcelona que, gracias a Dios, no estaba muy lejos. Una vez que pisamos tierra firme, el exmoro que vuestras mercedes ven, me dijo:
––Caballero, conozco vuestra lengua, así como el castellano y otras más, pues mi padre era un moro andaluz que fue expulsado injustamente de su verdadera patria. Si bien soy pirata, esta profesión la tomé para vengar la iniquidad que cometieron contra mi padre, ya que, aunque vuestra merced lo dude, soy médico por la Universidad de Al-Azhar y, modestia aparte, además soy un percusionista de talento. Ahora los misteriosos designios de Alá nos han unido. Yo en esta tierra soy un extraño amén de un indeseable. Perdone vuestra merced nuestra anterior enemistad y permitidme ponerme a vuestro servicio. Entienda que para mí no es sencillo humillarme ante vuestra merced, pues por mis venas corre la sangre de grandes y muy notables Califas. Mi nombra es, por cierto, Ómar Sharif.
Vi tanta bizarría y nobleza en el que ahora es mi amigo, que lo exhorté a que se pusiera de pie y le dije:
––Permítame decirle, querido amigo, pues presiento que el día de hoy principiará una amistad que será recordada en los anales de la picaresca, que no hay nada de vergonzoso de ponerse al servicio de un caballero cristiano cuya única misión en la vida es la de sacarle jugo a ésta. Dios, pues debes de saber que Dios, Cristo, y El Espíritu Santo, que son la verdadera y única trinidad que rigen los hados de los hombres, ha hecho que nuestros caminos se encontraran para un fin que sólo atañe a su supremo plan. He venido a España (aunque los naturales de aquí prefieren llamarse catalanes) para irme hacia Flandes y ahí guerrear con las naciones enemigas del catolicismo y que adoran a un Dios, a un Cristo y a un Espíritu Santo más falsos que vuestro Alá y su profeta Mahoma. Así que lo exhorto a que abandone su herejía y me acompañe en esta nueva cruzada donde la gloria de las armas nos aguarda. Por cierto, en mi cuello cuelga una bolsa en cuyo contenido hay unos cuantos escudos con los que podremos darnos una vida de reyes mientras tanto.
––Tolero su falta de respeto ante mi fe, pues estamos en territorios cristianos. Aunque he de confesarle que de todos los profetas de Alá, el que me parece más sabio y misericordioso, después de Mahoma, claro está, es ese nazareno que llaman Cristo. Sin embargo, mantendré las apariencias y vestiré a vuestra manera, por eso de que a la tierra que fueres, haced lo que debieres. También quisiera proponerle a vuestra merced un plan que puede ser mucho más jugoso que sus pretensiones guerreras.
––Di, hermano morisco.
––Tengo noticias de que un tío mío, que era un comerciante muy rico, logró regresar a Toledo. Antes de partirse me dijo que, en dado caso que estuviera en un gran apuro, podía ir a buscarlo, pues de buena gana me permitiría desenterrar una hoya que había dejado enterrada ahí antes de que lo expulsaran. Quizá podamos rastrear su restos y dar con el tesoro.
Antes de decirle si sí o si no acometíamos su peregrina empresa, unos guardias nos vieron y quisieron meter preso a Ómar. Tuve que sobornarlos, además de comprarle ropa nueva a mi nuevo amigo. Viendo que el dinero comenzaba a escasearnos, acepté su sugerencia de marcharnos hacia la maravillosa ciudad de Toledo. No me detendré en relatarles la hermosura de sus calles y casas de estilo mudéjar, para no encarecer con mis torpes palabras su verdadera belleza, y pasemos directo a la parte en donde nos recibieron unos parientes suyos, pues al tío de Ómar no lo encontramos. Éstos nos dijeron que el tío se había ido de peregrinaje, quién sabe a dónde, para huir de nueva cuenta de la Santa Hermandad. No obstante, le legó un mapa con el cual podría ir al lugar donde estaba enterrada la hoya. Fuimos para allá y lo que encontramos nos dejó tanto suspensos como iracundos pues, en lugar de encontrar oro, encontramos una carta del tío que decía así:

Querido sobrino:
Tal vez en estos momentos me encuentre en el Yanna refocilándome con las cuatro mil vírgenes que el verdadero profeta Mahoma tiene deparadas para sus verdaderos fieles. En todo caso, quiero que sepas que no tuve otra opción que llevarme toda mi hacienda para las Indias, y que planeo pasar el resto de los días que el poderoso Alá tenga deparados para mí en un ciudad del Bajío de Nueva España de nombre Guanajuato. Si de casualidad te aventuras a viajar por allí, pregunta por mí, quizá te deje escondida una pequeña herencia con la cual puedas cumplir el sueño de toda tu vida: plantar dátiles. Te manda salud tu señor tío y nunca te olvides de causarle pena y misera al infiel.

Visto el resultado de nuestra infructuosa búsqueda, Ómar me sugirió que viajáramos a Indias ya que las ganancias de ese viaje serían inestimables. Lo medité un poco y le contesté:
––Alcanzar fama y fortuna defendiendo mi fe es mi sueño, pero ser el primer Lucatello que pise el nuevo continente es tentador… ¡Vámonos entonces para Sevilla y ahí nos embarcamos para las Indias!
Don Andrea se comió un higo y continuó con su relato:
––En llegando a Sevilla, no hubieron señoras que no burláramos ni duelos que no ganásemos (el andaluz es por antonomasia un pésimo diestro, pues ahí todos se creyeron las estupideces de Luis Pacheco de Narváez y su arte de la espada). Mas mis escudos se iban consumiendo y tuve que empeñar mi espada y unas cuantas ropas para, al menos, tener un poco de dinero con qué sobrevivir. La vida era holgada y fácil en la capital andaluza, empero, tuve que apresurar mi partida pues quería meterme preso el marido de una alta señora que burlé, cuyo nombre era doña Emilia Mayo; un lance digno de ser recordado.
Logramos embarcarnos, como polizontes, en un galeón que desembarcaría directamente en el puerto de Veracruz.
El viaje fue largo y tortuoso. No exento de tempestades, asaltos de piratas ingleses y de gente muriéndose por el escorbuto que traían las ratas. Pero cuando divisamos tierra firme, supimos que había merecido la pena el viaje.
Entre Ómar y yo habíamos juntado un modesto capital con las ganancias que obtuvimos apostando en una serie de juegos que habían improvisado en la embarcación tales como: los naipes, las carreras de ratas y, el favorito entre los negros, las peleas de gallos. Fue tanta nuestra suerte que despojamos de sus pertenencias a quien osara retarnos, incluso llegamos a quitarles lo poco que tenían a unos esclavos negros; así que tuvimos dinero y comida de sobra, pues lo único que tenían los negros eran gallinas. Nos hospedarnos en una hostería de fama notoria; y como ser forastero en la Nueva España es motivo de curiosidad, fuimos muy bien recibido por el hostelero y muy consentidos por las mozas. Fue en nuestra breve estancia en el puerto de Veracruz que conocimos a un marino cesante muy deprimido que es el mestizo que ven vuestras mercedes aquí, Felipe Gonzaga. Nos lo encontramos en el malecón en una de esas tardes en que el cielo parecía estar teñido de sangre. Lo vimos subirse a la baranda, dispuesto a tirarse al mar para acabar con su vida. Nosotros inmediatamente intercedimos:
—¡Deténgase vuestra merced, que no hay mal que dure cien años!
No me entendió pues le hablé en italiano y el pobre se zambulló. Tuvimos que rescatarlo sumergiéndonos en el mar también.
Una vez que los pusimos en tierra firme y de que Ómar le diera respiración de boca a boca. El buen mestizo nos compartió su desdicha:
—¡Ay mísero! ¡Ay infelice de mí!
—Calmati la signoria vostra e condividere la miseria affoga il suo cuore.
—¡Por el amor de Dios, vuestra merced! ¡Hable en cristiano que no se le entiende una carajo!
—¡Oh! ¡Mi scusi!
Una vez que se tranquilizó, nos comentó que era un alférez de fragata en una embarcación muy importante de la armada. No desmerecía en talento a sus demás compañeros, su disciplina era intachable así como su lealtad al capitán. Pronto sus méritos se verían recompensados con una ascensión a alférez de navío. Por desgracia, un advenedizo, un “gachupín hideputa” como expresó con sus propias palabras mi amigo, llegó, no sólo a alférez de navío, sino a teniente en menos de lo que canta un gallo por el simple hecho de ser un sobrino segundo del capitán venido de Valencia. Y, para colmo, despidieron arbitrariamente a Felipe pues, según le dijeron, ya eran demasiados en la embarcación además que su condición de mestizo e hijo natural de español no era de mucha ayuda. Su historia me conmovió hasta las lágrimas y le sugerí la siguiente empresa:
––Hermano mío, vuestros méritos no van a pasar desapercibidos ante la ciega iniquidad de la corrupta administración virreinal. Pues un hijo de español nacido en las Indias es igual de español que uno nacido en la Alcarria. Yo soy aventurero de profesión y juro ante la santa memoria de mi madre, que si me acompañas, las proezas que juntos hagamos la oirá y celebrará el mismo rey de España y quizá llegues a marques o a conde.
––¿Y cuáles son los nombres de vuestras mercedes?
––Yo soy Andea Giuseppe Lucatello y él Ómar Shariff, mi médico particular y compañero de aventuras. Ahora estamos en la busca de un tesoro escondido en lo más profundo de un territorio llamado El Bajío. ¿Podrías guiarnos, ya que eres natural de la Nueva España, y así ganar fama y fortuna con nosotros?
Nuestro nuevo compañero mestizo nos dijo que no conocía muy bien esos lugares, pero que nos guiaría hasta la ciudad de Guanajuato. Compramos unos buenos caballos y nos fuimos para allá. ¡Oh, qué hermosa ciudad es la de Guanajuato que no es menos bella que Madrid, Sevilla y Toledo juntas! ¡Y qué de hermosas mozas que harían a las andaluzas palidecer! Aunque tampoco faltaron bellacos con los que tuvimos que batirnos, más morenos que la tierra pero vestidos a lo payo, que decían ser descendientes directos de los primeros conquistadores; y, asimismo, nos tocó pelear con criollos más blancos que el alabastro que decían ser descendientes del emperador gentil Moctezuma. ¡Menudo y maravilloso país de locos en el que habíamos llegado! Rastreamos el paradero del pariente de mi amigo, y, tras una larga búsqueda, nos dijeron los moradores que un comerciante morisco había vivido ahí hacía no muchos años y que, a su muerte, había legado sus bienes a un prestamista judío con el que se asoció. Ómar se hincó en el piso y maldijo en su lengua, ya que sabía por experiencia que siempre uno salía perdiendo, cuando de negocios se trata, con los judíos. Fuimos a buscar al otrora socio del tío de Ómar y dimos con él. Vivía en uno de los más importantes barrios de esa ciudad y su casa no desmerecía en opulencia y grandeza a las que estaban a su alrededor. Yo aguardaba la esperanza de que este buen señor, porque yo en mi ingenuidad lo tenía por tal, hubiera abrazado la verdadera fe, pues en Guanajuato el Santo Oficio no se anda con tiquismiquis. Mas fui desengañado cuando la dueña de la casa nos pasó a la sala del prestamista. En cada esquina de su aposento estaban a la vista los objetos pertenecientes a su fe: en un lado estaba un candelabro de siete brazos (creo que le dicen menorá); y en otro, una estrella de David, y acullá, una perinola de esas con las que juegan en su festividad del Janucá. Esto me hacía sospechar del enorme poder e influencia que podía tener este personaje, ya que estos símbolos no podían pasar desapercibidos ante los ojos de la Inquisición, más siendo tan evidentes. Luego pasamos al estudio del prestamista, que respondía al nombre de Javier Tabah. Lo encontramos pesando unas alhajas y una vez que terminó, se acomodó un cairel que era como la cola de un marrano y nos dijo:
––¿Qué se os ofrece, gentiles?
Para no hacer más larga esta historia, le dijimos al judío que si nos podía permitir revisar las posesiones de su exsocio, pues ante él estaba su sobrino y, como su tío nunca tuvo descendencia, Ómar era el legítimo heredero de sus pertenencias. Mas el judío nos respondió que:
––De ninguna manera voy a permitiros que reviséis mis bienes que me legó mi socio de manera legal y legítima. Así que, si no tenéis más negocios que atenderos conmigo , ¡shabat shalom!
Como el judío era muy listo, la dueña nos había desarmado como condición para ver a su amo, así que no pudimos batirnos con él. Antes de salir rabiando de su estudio, el marrano cambió de parecer y nos dijo que no nos fuéramos, pues acababa de recordar algo. Sacó de su escritorio un papel hecho rollo y lo desplegó sobre su escritorio:
––¡Gentiles, aguardad un momento pues acabo de recordar algo! Mi socio siempre fue muy desconfiado y no me permitió que le guardara la totalidad de sus bienes. Miren, ante vuestros ojos está un mapa escrito en unos caracteres que llevo años tratando de descifrar. ¿Creéis que vuestro amigo morisco pueda leerlos?
Ómar, al ver el mapa, dijo que para sus ojos todo era legible, pero se negaba a decirle lo que el papel ocultaba, pues sentía mayor antipatía por el hebreo que por el español.
Inmediatamente el judío cambió su tratamiento para con nosotros y nos dijo:
––Hidalgos ––de gentiles habíamos pasado a hidalgos en su estraña jerarquía––, sé que en este pedazo de papel se esconde una gran riqueza de la podremos sacar enormes dividendos si se asocian conmigo. Lo que sea que se esconde en el bosque, que, por cierto, colinda con el territorio de unos indios muy peligrosos, es todo suyo. Yo pienso facilitarles el trabajo ofreciéndoles unas herramientas y animales de carga a cambio del cuarenta por ciento del valor del tesoro total, ¿qué me dicen, señores míos? ¿Tenemos un trato?
Le pedí al judío que me dejara tener una conferencia en privado con mis aliados antes de tomar una decisión. Nos fuimos al pasillo y ahí discutimos:
––¡Por Alá que prefiero que me hiervan mis vísceras antes de hacer negocio con un judío! ––dijo Ómar.
––¡Mal rayo nos parta, don Andrea! ¡Que ese marrano no tiene un pelo de tonto! Sabe que necesita de Ómar para leer el mapa y, consciente de los riesgos de la búsqueda, quiere que sorteemos los peligros, mientras él se rasca el ombligo. ¡Menudo y desigual trato tenemos! ––dijo Felipe.
––¡No vine a las Indias a quedarme sin blanca! Al igual que vosotros, el trato me huele a triquiñuela. Mas andamos cortos de pesos y, por muy pocas que sean las ganancias de la empresa, podremos sacarle bastante provecho con lo que nos reedite, así que, si no tienen una mejor oferta, será mejor que participemos en la empresa del judío.
Tras mucha discusión y no pocas protestas, terminamos aceptando, de mala voluntad, al trato con él. Firmamos un contrato, nos ofreció posada y comida y partimos al amanecer.

 

Café para olvidar

Alquimia con palabras

El sonido de la cafetera era especialmente fuerte aquella mañana. Cuando el oscuro líquido llenó su taza del supermercado, un cálido olor inundó la cocina y se extendió por toda la casa. Volvieron a ella aromas exóticos que creía olvidados. Volvió a ella el recuerdo de aquellas vacaciones en Costa Rica, y de aquella habitación de hotel en un 4° piso sin ascensor. Los brillantes amaneceres en los que el sol bañaba la estancia acariciando su espalda y reflejándose en los preciosos ojos color caoba de aquella persona que ya no estaba en su vida.

Ver la entrada original 234 palabras más

Canto VI de la Arcadia de la Ciencia y la Humanidad (o el progreso del peregrino Andreo)

00_mdp_5

Luego de que el monte, el río, el prado y el llano rejuvenecieran con súbito júbilo merced al añorado y puntual retorno de Prosperina, que abandonaba el plutoniano lecho para dedicarse, junto con su progenitora Ceres, a regalar vida a manos llenas. Mis pastores despertaban maravillados al ver como la vegetación, otrora sepultada por la nieve, ahora resplandecía con mucho más fuerza y brío. Ya las altas copas de las jacarandas se teñían del color pasional de la violeta; ya las claras aguas del río de los Remedios corrían, limpias y puras, como si fueran el torrente sanguíneo de la Madre Tierra. Pero ninguna madrugaba tanto para ver semejantes maravillas como la pastora Lizzea que, mientras salía a apacentar su rebaño, silbaba la melodía de una muy bucólica composición de unos pastores de Liverpool, que se hacían llamar “los ritmo-bajos”, intitulada “leña noruega” cuya letra iba más o menos así:

Tuve una pastora
mucho tiempo ha
o debiera decir agora
de la moza suyo era.
Mostrome su cabaña
y preguntó:
¿Es de vuestro agrado
esta noruega leña?

Y a nadie le suspendía tanto el ánimo escucharla cantar como a mi desvelado pastor Andreo, que estaba apunto de cambiar de oficio, como a continuación leyereis:
Avisados sus amigos, (si es que se le pueden llamar así a aquellos a los que se les tolera la iniquidad y la franca burla) de su firme resolución, Andreo salió de su cabaña, ya vestido con los hábitos de peregrino, y peroró que se iba de peregrinaje a la Arcadia del Sur, tomando como pretexto de que quería ver las santas reliquias del templo franciscano de San Juan Bautista. Sus valedores, nada tontos, sospechaban que en realidad iba a por la busca del sagrado cayado del pastor Roberto Herrera, alias “El Cura”. No obstante, en vez de disuadirlo, alentaron su peregrinar; pues toda la Arcadia estaba enamorada de Lizzea, y los pastores Chava y Joan deseaban tener menos competencia, aunque nunca consideraron a Andreo un competidor serio. Y, sin mayor dilación, dejó su rebaño y su cabaña al cuidado del pícaro pastor Fernandiño, y se despidió de todos con un abrazo y auguró un pronto regreso. Los demás asintieron solamente para que ya se largara. Luego que lo vieron retirarse, suspiraron de alivio y Chava afirmó, mientras se rascaba su semi-rubia barba, lo siguiente:
—¡Hasta que por fin nos deshicimos de él! ¡Y lo mejor de todo es que fue él mismo el que lo hizo, ahorrándonos el quemarle su choza o acusarlo con el Santo Oficio de falsos actos contra la fe cristiana!
—Verdad dices, amigo Chava —respondió el pastor Joan—, y me alegro tanto por la determinación de nuestro cofrade Andreo que, aprovechando su ausencia, iré a pedirle, yo mismo, matrimonio a Lizzea.
—¡Voto a tal! ¡Yo seré el que se lo pida!
—No me estás dejando más alternativa, amigo Chava, que a retarte a una desigual justa pastoril por el amor de la sin par Lizzea.
—¡Que me place!
Y se fueron al vallado más cercano para justar.
Dicho sea de paso, la justa pastoril se diferenciaba bien poco de la justa normal. Solo que en vez de caballos, se usaban borregos (en algunas otras Arcadias incluso se llegaban a usar avestruces); y en lugar de lanzas, usaban cayados. Mas no usaban protección, porque la mayoría de los pastores eran unos mentecatos, pero eso es otra historia.
Una vez que los contendientes se montaron en su respectivo borrego, convinieron que, a la señal del pastor Adriano, que estaba ahí para dar fe y legalidad a ese duelo a muerte, comenzaría la justa. Éste la dio y sus borregos avanzaron, y por avanzar estoy exagerando, pues apenas y se podía decir que se movieron algo. Defraudado ante tan vergonzoso espectáculo, el pícaro pastor Fernandiñó picó con un horca las posaderas del borrego de Chava para que anduviera más aprisa. El pastor Néstor, que también estaba ahí, le lanzó una piedra justo en medio del ojete del borrego de Joan para que se embraveciera y caminara más rápido. Una vez que las furiosas bestias balaron y caminaron con la mayor velocidad que les permitía sus cortas patas, Joan y Chava se dieron en toda su progenitora, que era maravilla ver, y ambos dieron en la tierra y se ensuciaron en un lodazal. En este caso, sí fue necesario mandar a llamar a un maestro barbero para que les curara sus magulladuras y dislocaciones. Dejemos a Chava y a Joan revolcándose de dolor a causa de la justa y sigamos los primeros pasos del peregrinaje de Andreo, que iba recitando los versos del famoso pastor bandolero Serrat (pues en el Siglo de Oro todos los catalanes eran liberales bandoleros, o, dicho de otro modo, ladrones a lo Robin Hood) que decían:

La mujer que yo quiero no necesita
bañarse cada noche en agua bendita

Por un breve instante, mi hombre se sintió observado y, al voltear la vista, creyó ver a una pastora que lo veía desde lejos. En la distancia no pudo distinguir bien la silueta y ésta se retiró prestamente. Andreo retomó su peregrinaje sin voltear a ver atrás, mientras una impertinente sonrisa de complicidad se negaba a abandonarle el rostro.
No le sucedió nada importante en el camino hasta que se encontró con un arroyo que le impedía el paso. Y, como no sabía nadar ni encontraba un puente que le diera el paso libre hacia el otro extremo, rodeó la orilla del arroyo hasta que encontró a un pescador que tenía su balsa ociosa y anclada a un pequeño muelle. El pescador estaba sentado a horcajadas en la orilla y tensaba y destensaba su caña, aún en la espera de atrapar algo. Viendo a su futuro Caronte ocupado, Andreo inquirió:
—¿Es buena la pesca?
—De los mil diablos. No ha picado nada en todo el día y estoy aquí desde la madrugada.
—¡Mucho me apena escuchar eso!
—Descuide —y el pescador, al verlo, preguntó— ¿acaso vuestra merced está de peregrinaje?
—Ciertamente y, como tal vez podrá darse cuenta, este arrollo, en todo semejante al río Aqueronte, obstaculiza mi paso, ¿podría pasarme a la otra orilla por caridad cristiana?
El pescador se puso de pie, se echó la caña a la espalda y le respondió:
—Lamentó que por falta de pesca mi caridad se vea mermada, empero, por un buen óbice por mis servicios, sería capaz de llevarlo hasta por las mismas playas del infierno. Vuestra merced deberá entender, ¡que la economía anda mal!
—¡Caronte deberías llamarte!
—Bautizado fui con el nombre de Alaniso, así que no me lo cambie. ¿Entonces tenemos un trato?

Grabado-Divina-Comedia

De su poca hacienda, Andreo sustrajo dos pesos de plata con los que Alaniso estuvo más que solicito para desembarcar y pasarlo a la otra orilla. Justo cuando el peregrino puso un pie en la barquichuela, sucedió que el cielo comenzó a oscurecerse y a tronar de forma estruendosa. Alaniso se cubrió de la lluvia con un capote y comenzaron a navegar por las embravecidas aguas del arrollo. Pero acaeció que un trueno partió a la mitad la barca y, peregrino y pescador, terminaron siendo absorbidos por el agua para luego ser vomitados hacia la otra orilla, repletos de algas ovas y lamas. Para su suerte, un melancólico ermitaño los encontró y se los llevó a su choza. Cuando recobraron el conocimiento, quedaron suspensos de verse, no en las puertas del cielo, sino en una rústica sala donde ardía un buen fuego en la chimenea. Luego escucharon unas grandes lamentaciones que decían:

Lidiado y malherido por el ruedo voy
Pues para este tu enamorado payo
No fue suficiente nacer en mayo
Toro quise ser mas buey de Santín soy

Y anegado de duras y amargas lágrimas, ya no pudo seguir con sus disertaciones poéticas y, al ver al dúo de náufragos, les explicó cómo los halló medio muertos. Andreo y Alaniso se presentaron ante su huésped. Luego éste dijo llamarse Bernardino y les propuso que, como justa renta a su desinteresada posada, escucharan su muy triste historia. Fueron, pues, a sentarse cerca del fuego y el lacrimoso ermitaño principió:
—Yo, oh jóvenes náufragos, antes de despedirme de la civilización, solía ser un estudiante de la Real y Pontificia Universidad de México. Nací criollo y en el seno de familia hidalga con un rancio abolengo corso, a la que, por desgracia, le sobraba nobleza, no así bienes de Fortuna. Digo, pues, que durante mi primer año en la universidad, destacaba, no tanto por mis estudios, sino por ser un esgrimista en extremo diestro, en lazar la garrocha más lejos que los demás y en tañer la guitarra, con tal maestría, que se decía de mí que la hacía hablar. Todo eso cambió cuando, por no sé que maldita casualidad del destino, entró a la misma aula un caballero, pues en ese entonces lo creí tal, de nombre don Esteban Bellantín. Suspenso quedé al encontrarme delante de un compañero cuya bizarría, donaire y garbo excedía al de todos nosotros. Yo quise hacerme amigo de él y éste no tardó en aceptarme como su compañero de estudio. Gran cambio tuve al conocerlo, pues comencé a concentrarme en ciencias en las que antes era lego y, durante las horas de receso, don Esteban prefería mi compañía antes que la del resto de mis compañeros, razón por la cual fuimos conocidos como “los dos amigos”. Nuestra gran amistad comenzó a ir más allá de la universidad y, por medio de pasarnos mensajes por debajo de la puerta de nuestros dormitorios, nos comunicábamos nuestros más profundos pensamientos. Empero, algo me desconcertaba sobremanera, ¿por qué le trataba con suma delicadeza?, ¿por qué veía en él toda la virtud y belleza humana?, ¿por qué ansiaba tanto su compañía y me pesaba tanto su ausencia?, y sobre todo, ¿por qué sentía que no había más luz que la de sus hermosos ojos verdes?
Bernardino, al ver que sus huéspedes estaban incómodos al creer que estaban en la casa de un sodomita o algo peor, les dijo:
—Dejadme continuar, que, como después verán, para todo esto había una razón muy natural y que no contradecía a los santos mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia. Como les iba diciendo, mortificado y culpable me sentía ante semejante insensatez, aunque no por eso dejaba de frecuentar a don Esteban. Él me invitaba a su carruaje y juntos nos escapábamos a ver las comedias en los corrales. Recuerdo que a algún peregrino ingenio se le ocurrió traducir la tragedia de Shakespeare sobre el moro de Venecia, hablo de la obra de Otelo naturalmente, y como mi amigo y yo éramos muy aficionados al teatro, fuimos prestos a verla. Por alguna razón, la gente suele reír aun en las tragedias y, en mi imaginación, pensé que el senado (que es como los idiotas farsantes suelen llamar al público), se burlaba de mí por mirar con admiración a mi compañero en vez de a la obra. Al final de la función, don Esteban se tronó los dedos de su fina mano de alabastro, de tal forma que me causó espanto, fuimos a su carruaje, me confesó que estaba muy complacido con nuestra inquebrantable amistad y regresamos a nuestras respectivas habitaciones. Sucedió, pues, que impaciente por ver a mi amigo, aproveché que tenía que devolverle un libro que me prestó: “La economía” de Pseudo-Aristóteles. Su recámara no estaba lejos de la mía y, al ver que no le había puesto seguro a su puerta, supuse que podría entrar sin cuidado siendo yo su gran compadre. Al abrirla, cual va siendo mi sorpresa al ver que adentro de la habitación de mi amigo estaba una hermosa moza en cueros. Ella tuvo que callar para no alertar a los demás estudiantes y yo, sin acertar qué decir o hacer, le dije:
—¿Por casualidad se encuentra don Esteban?
—¡Yo soy don Esteban, idiota!
Dejé el libro y me retiré en silencio, no sin antes sentir un inmenso alivio al reconocer que el objeto de mi amor era doña Estefanía Bellantín. Lamentablemente, como yo era el único en conocer su secreto, comenzó a evitarme, pues quizá sospechaba la profunda admiración que por ella sentía. Entretanto yo, sediento de su amor, aunque también necesitado de su amistad, le dejé una misiva mía en donde le decía que me perdonara el descuido y que su secreto estaba seguro conmigo. Ella me respondió, para gran regocijo mío, diciéndome en una carta que nuestras relaciones podían continuar, siempre y cuando la siguiese tratando como lo que creía que era. Volvimos a hablarnos; mas ya no fue lo mismo. Aun teniéndola cerca la sentía lejana y, siempre que estaba a punto de descubrirle alguna razón enamorada, ella se apartaba de mí, y el dolor que sentía al verla partir tan aprisa era peor que el suplicio del potro inquisitorial. Infinitas noches pasé tañéndole mis canciones, cerca de su ventana, donde le descubría lo que en público me estaba vedado. Al ver que continuaba despachándome y que ya era imposible restablecer la antigua amistad, le mandé una infame carta, escrita en un momento en que la desesperanza y el despecho nublaron mi entendimiento, en donde no sólo la amenazaba de revelar su secreto si no me correspondía con la justa admiración que me debía, sino que también me atrevía a decirle que, aunque a comparación de ella yo era pobre, en linaje era igual a ella y quizá hasta le superaba. Muchas lágrimas derramé al escribirla y muchas más derramaré a consecuencia de eso. Después de mandársela, ella dejó la universidad. Maldije mi impertinencia y falta de juicio, pues en realidad jamás hubiera revelado el secreto, y salí a buscarla sin poder hallarla. Luego, encontré una nota en mi escritorio y, ¡ay!, ¡que no supe si sentir terror, alegría o culpa al ver que era de doña Estefanía! En ella escrito estaba lo siguiente: “Amor por nadie he sentido, excepto por el conocimiento. Noble nací, pero siendo mujer me fue vedado el más deleitoso placer que a mi inmensa curiosidad se le podía ofrecer, que era la educación universitaria. Ahora, por culpa tuya, oh villano Bernardino, tendré que tomar estado y, como castigo a tu iniquidad e impertinencia, quiero que estés presente en el día de mi boda. Debo de advertirte que contra mi futuro marido no valen las injurias ni las armas, así que puedo estar tranquila de que, contra él, te encontrarás impotente. Sigue el mapa: en el día tal será la ceremonia.” Herido en mi orgullo, tomé mis mejores armas y salí para arrebatarle de las manos al villano que había quitado de las mías a doña Estefanía. Obedecí las indicaciones que estaban en su carta y llegué al templo de San Jerónimo que era donde iba a ser su boda. Cuando estuve a punto de entrar, un par de corpulentas religiosas me tomaron por sorpresa y me molieron a palos. Luego, ya sometido, me llevaron a ver de cerca el altar , e hincado y humillado, vi como le cortaban el cabello a Estefanía, ya con el hábito de monja puesto, y la adornaban de la más bella forma que pudiera describirse, pues fue coronada con un sin fin de flores y joyas que resaltaban su inigualable belleza. Sintiéndome en medio de una hermosa pesadilla, sin mucho seso, exclamé:
—¿Y tu marido?
Ella volteó a verme con la frente en alto. Me sonrió, orgullosa, mientras sostenía una antorcha cuyo mango estaba cubierto de lirios. En el pecho llevaba una imagen de la Santísima Concepción y, luego de que las monjas del coro terminaron de cantar una especie de himeneo, me respondió:
—¡Qué mejor marido que Dios!
Aquí el ermitaño Bernardino no pudo soportarlo más y se soltó a llorar. Andreo lo acompañó al venirsele a la memoria su Lizzea y Alaniso tampoco estuvo a la zaga en ese festival de la pusilanimidad, pues también recordó sus muchos mal logrados amores.

89a623f4adda21b2e88169b75b529ddd