Canto II de la Arcadia de la ciencia y la humanidad (o los quién sabe cuántos libros de la Lizzea)

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Apenas se desperezaba la Aurora cuando Andreo, quien padecía de insomnio por culpa de sus honestos y enamorados pensamientos, salió de su choza para apacentar su ganado. Y mientras recorría el sendero que de costumbre tomaba, aprovechaba para grabar sus iniciales y las de su Lizzea en las cortezas de los árboles, en los cuales de ordinario siempre se encontraban ya escritas leyendas tales como: “sodomita quien lo leyere”, “la pastora mengana es una meretriz”, “si vuestra merced busca una noche peregrina y galante buscadme en el aprisco a la hora tal”, entre otros mensajes de este mismo jaez. Digo, pues, que estaba mi hombre garabateando su nombre y el de su amada enmarcado por un corazón, acción que ejecutaba con mucho ahínco pensando, si es que se le puede decir pensar a imaginar puros disparates, que con ese gesto se ganaría su honesto amor, cuando vio que un pícaro corría despavorido por toda la selva.

—¡Vuestra merced tiene que ayudarme! —le dijo el pícaro al pastor y luego de recuperar el aire de tanto correr, continuó—: el hampa de los porros de la Arcadia me persigue.

Andreo preguntó que por qué lo buscaban y el pícaro le explicó que los había timado vendiéndoles petardos con pólvora mojada. Antes de proseguir con el relato, merece la pena hacer un breve paréntesis sobre el hampa arcádica: ésta está conformado por unos ganapanes que son pagados por el mismo gran corregidor de la Arcadia (cuyo rostro nadie ha visto). Se dedican a cobrarle una ficticia alcabala a quien tiene la mala fortuna de cruzarse en su camino y a golpear pastores rebeldes que quieren independizarse de la Madre Patria. Luego de ejercer un tiempo su oficio (que pueden llegar a ser décadas), el pastor corregidor les da un pase directo a la Universidad Pontifica para que se vuelvan Licenciados y puedan rescatar a sus cofrades cuando estos terminan atrapados por una autoridad que no sea la arcádica (verbigracia: la virreinal). Asimismo, estos se encuentran ramificados por varias pequeñas bandas que, para identificarse, se ponen como nombre alguna fecha que sea de su gusto.

Resultó que la que perseguía al pícaro llevaba por nombre “30 de febrero” (pues lo que sucedió aquel día fue tan tremebundo y cruel que las autoridades decidieron borrarlo del calendario). Puesto que ya escuchaban sus grandes voces, el pastor le sugirió que se escondiera en los matorrales entretanto él los distraería con algún cuento. Llegaron los maleante para preguntarle si había visto a un pícaro y Andreo les contestó que no, pero que había escuchado rumores de que Mandrilo estaba regalando tortas. Y como los porros pecan de simples, se creyeron el embuste y se marcharon de ahí en un santiamén. Una vez que quedaron fuera de peligro, el pícaro dijo que le gustaban los matorrales, excepto ése en el que se había escondido, pues salió de él espinado. Luego se presentó y dijo que se llamaba Fernandiño y que era el pícaro más truhán, canalla y desvergonzado de todo el reino. También dijo que planeaba escribir su autobiografía que se iba a intitular “Vida y milagros de Fernandiño de Pasmarote” en donde haría quedar como aficionados al Lazarillo de Tomes, al buscón don Pablos, al Guzmán de Alfanache y al Rinconete con su Cortadillo. “Todos esos me la pelan”, afirmó con mucha humildad Fernandiño. Andreo le sugirió que dejara esa vida licenciosa y aquí le recitó una serie de sermones y ejemplos que el verdadero autor de esta historia olvidó incluir para no aburrir a sus lectores y público oidor. Fernandiño, persuadido, decidió convertirse en el primer pícaro pastor, si es que es posible semejante combinación de oficios. Como ya se acercaba la hora de la nona, comenzaron a gruñirles las tripas y fueron del común acuerdo de ir a por unos tacos. Vale la pena señalarle a todo aquel que quiera tomar el ejercicio pastoril, que los dos tipos de tacos a los que se debe de aficionar son los de al pastor y los de barbacoa. Indecisos estuvieron al escoger alguno de los dos formatos, cuando escucharon que en una ermita que se encontraba cerca de El Rosario alguien cantaba acompañado de un órgano.

—O mis oídos me engañan o quien canta a lo lejos es mi gran amigo, el pastor Adriano, único y verdadero pastor poeta —dijo Andreo.

Se comieron sus tacos en el camino y, cuando llegaron allá, escucharon que el pastor recitaba los versos de “Oda al borrego” que iban más o menos así:

Gastas el tiempo, inocente, en la dehesa

Mas sólo un poco alerta de un desazón

Que en el aire se aspira oh buen cimarrón

Y cuida que no haya galgos por fuerza

Pues yo vi que en la jordana pradera

Los objetos lo que aparentan no son

¡Ay! ¿Qué ganas con ignorar mi razón?

Si mansa sigues a quien te lidera

Sobre un muy trillado valle de acero

¡Qué menuda sorpresa veo en tus ojos!

Ahora las cosas son lo que aparentan

Digo que esto no es un sueño culero

Mas, ¿escuchaste?, ya no hay sabuesos

Sal del rebaño y que los demás se mueran

Interrumpieron su canto los dos visitantes y Adriano, al verlos, corrió a saludarlos efusivamente:

—¡Grata sorpresa me causa tu visita, oh pastor Andreo! Famoso en estas riberas por ser un fiel enamorado de la sin par Lizzea, pastora que si bien no ha correspondido a tus honestas y nada lascivas intenciones, tampoco ha dado muestra de total indiferencia. ¿Qué novedades traes? ¿Quién es tu nuevo amigo?

—Atraídos por tu música venimos a verte, pues sólo tú, ¡oh pastor Adriano!, sabes recitar los famosos versos de los pastores cantores ingleses Pinky y Floyd (¿o era Pinky de Floyd?). Sobre los pesares e incertidumbres que me provoca esa mi querida enemiga mía, que nunca me saben amargos por ser ella quien me los causa, andamos como siempre. Y este nuevo amigo que ves aquí es el pastor pícaro Fernandiño, famoso en el hampa de la Nicolás Romero, según me ha venido contando en el camino. También dice que está escribiendo un muy picante libro de memorias, repleto de toda clase de bellaquerías, desvergüenzas y burlas que de ordinario se encuentran en los libros del género picaresco.

Adriano le preguntó a Fernandiño que cuando mandaría a la imprenta su biografía, y éste le contestó que, como aún no se acababa su vida, la publicación de esa obra maestra en gestación bien podía esperar. Luego entró, por una ventana abierta de la ermita, Chava.

—¿Por que no entraste por la puerta? ¡Oh pastor ojiverde!

—¡Oxte puto! Dejadme de decirme así, pendejo. Otrosí, yo entro por donde se me da la chingada gana.

—¿Pero a qué debemos tu agradable visita?

—Vengo a recordarles que esta noche es la quema del asno.

Mi hombre y sus amigos no aguardaban la hora para asistir a una de las más sagradas y antiguas tradiciones de la arcadia. Y, una vez que el vástago de los titanes Hiperión y Tea saliera para iluminar con sus argentos rayos la noche, en un apartado y polvoriento llano ya estaba dispuesto todo para la pira de la efigie del asno; que se celebraba desde tiempos inmemoriales debido a la legendaria rivalidad que existía entre la arcadia de la ciencia y la humanidad contra la arcadia pagana politeísta (el rucio simbolizaba su falta de un verdadero Dios), y que siempre antecedía a un amistoso juego de pelota entre las dos arcadias que era conocido como “el clásico”. Principiaron con unos cánticos que ellos llaman “goyas” y, bailando todos juntos en circulo y cogidos de la mano, comenzaron con la quemazón del pobre borrico (que afortunadamente no era ni Platero ni el asno de Apuleyo ni el de Shrek). Después los pastores se separaron y cada facción celebró por su cuenta. Huelga decir que mi pastor acechaba a Lizzea, principio y fin de toda la belleza femenina, cuyos cabellos de oro eran iluminadas por las anaranjadas llamas de la pira, la cual ardía como si fuera la ejecución pública de un cristiano sospechoso. Así que Andreo tomó su laúd, lo templó y haciéndolo hablar, cantó:

La otoñal hojarasca que cae:

roja, amarilla y café

Toda la veo del mismo color

Pues encontré a tu amor

Recostada sobre la lluvia

Y con mucho rencor y furia

Quiere cobrar las promesas rotas

E ignoras su dolor en vía de mientras

Merced a tu egoísta gozo

¡Mirad, mirad! Deseáis ser otro

Gustáis de desperdiciar minutos

La hojarasca cae entretanto

¿Acaso estáis ciego y no puedes notarlo?

Suspenso quedaron al escuchar esos versos Adriano y Fernandiño y le preguntaron que dónde los había escuchado. Él les dijo que era una traducción libre y algo rebuscada de unos que leyó del pastor flautista Jethro. Luego Joan y Chava cogieron a Andreo, y con esto quiero decir que lo tomaron por sorpresa y lo mantearon por el simple gusto de hacerlo.

(Fin del segundo canto de la Arcadia de la ciencia y la humanidad)

La arcadia de la ciencia y la humanidad (o la Lizzea enamorada) Canto I

LosPastoresdelaArcadia

En el bello vergel que tiempo ha le había pertenecido al rey gentil Tezozómoc, otrora señor de todo Azcapotzalco y archienemigo de los mexicas, caminaba un enamorado pastorcillo de no más de dieciséis abriles y con no mucha sal en la mollera que respondía al nombre de Andreo. Éste pastorcillo fue a darles de beber a sus únicos amigos, que era su rebaño, en el cristalino y limpio río de los Remedios que estaba cerca de un aprisco que era conocido como “el revolcadero”, pues ahí iban a folgar las cabras, carneros, ovejas y otro tipo de cabrones. Poco liberal fue la Naturaleza con él, y aún menos Fortuna y Amor; sin embargo, para desahogar las muchas cuitas que le provocaba la hermosura de la sin par Lizzea, pastora cuyo mucho entendimiento y donaire había enamorado a todos los cabreros y ganaderos de la arcadia, se puso a tocar su laúd marca Fender, que lo tañía tan bien que se decía que la hacía hablar, y, como era un completo mentecato, cantó mediocres versos sin metro pues no sabía versificar. Aquí pongo las agudas y amorosas razones que cantó con voz destemplada el pastor:

Hermosa, apartada y muy misteriosa

Mas solicitada de mi amor te vea

¡Oh! Mi diosa, mitad de mi alma Lizzea

Alivio, ¡sí!, de mi vida oprobiosa

Pero antes de que pudiera soltar otro endecasílabo mal medido y peor acentuado, sucedió, pues, que dos enfurruñados pastores se estaban revolcando, no en el sentido amoroso de la palabra, sino en el violento y desacomedido. Grande fue la pendencia entre estos, y por tan poca cosa, como verá quien lo leyere a continuación:

—¡Truhán, tramposo y mal perdedor ¡El rey de bastos suma diez puntos de maná y regresa al cementerio, pastor Joan!

Y con voz gangosa y ronca respondióle el otro:

—Pensé que estábamos jugando conquián, pastor Chava.

Andreo, al ver que los dos inseparables amigos otra vez se estaban peleando por sus mal habidos juegos de naipes, intentó separarlos con la ayuda de su cayado; mas estos lo amedrentaron diciéndole que:

—No estés chingando si no quieres que te rompamos tu madre.

—Temo no entenderos, ¡oh pastor ojiverde Chava! —dijo Andreo.

—A éste pendejo tienes que hablarle en lenguaje arcádico —respondió Joan luego de escupir pasto.

—Bueno, lo que quise deciros, ¡oh pastor Andreo!, es que no chinguéis si no deseáis que os molamos a palos —dijo Chava.

—Ciertamente, iros a refocilar con vuestra progenitora o como sea que se diga ese insulto en el Siglo de Oro —contestó Joan.

Empero, los pastores ya no pudieron continuar con su trifulca, pues apareció la pastora Pacheca (por ser hija de Pacheco) quien, dando grandes voces apoyada en la corteza de una jacaranda, avisó:

—¡Vengan!, ¡vengan todos a las canchas de juego de pelota! ¡Que la desamorada pastora Lizzea, enemiga declarada del amor, está apunto de recitar una canción en donde se afirma, una vez más, como una pastora amazónica, aguerrida, libre e independiente!

Una vez dicho lo anterior, la pastora Pacheca se lió un cigarrillo de cáñamo y se tragó unos especímenes del reino fungi que tenía en un frasco de conservas. El mal tercio de pastorcillos que, de sólo escuchar el nombre de la señora de sus pensamientos, corrieron prestamente al lugar en donde se guarecían Lizzea y sus amigas. En llegando ahí, notaron que venía en compañía de la pastora lesbiana (por ser oriunda de Lesbos) Marina y la amargada pastora Dulcinea, quien por su propio arbitrio (que dicho sea de paso no tenía ninguna jurisdicción ni dentro ni fuera de la arcadia) se proclamaba ella mesma como lideresa de todas las pastoras. La primera se encontraba soplando su zampoña (hecha de caguamas de diferentes tamaños) y la otra tocando su rabel, mientras la sin par Lizzea, que estaba tocada por un corona de guirnaldas y cuyos dorados cabellos competían en brillo con los del rubicundo Apolo, entonaba su canción, que en esta verdadera historia no recuerdo yo muy bien su letra, pero decía algo así como:

“Libre soy, libre soy, etc.”

Muchos ayes y suspiros arrancó de sus pechos la hermosa pastora a sus admiradores. Y hubiera cantado otra canción protofeminista si no la interrumpiera el pastor dramaturgo Néstor, quien acababa de componer en ese mismo momento una comedia. Y, para colmo, también le urgía representarla. Su comedia estaba disfrazada de auto sacramental en donde aparecían la virtud, el desasosiego, la codicia, la lujuria, la templanza entre otros sentimientos abstractos que no me molestaré en enlistar, pues no apareció todo el reparto gracias a que, a mitad del acto, la lasciva le lanza un pay de limón a Cristo nuestro señor y el público pastor, amén de unos que en realidad eran pertenecientes al Santo Oficio Novohispano, les disgustó mucho el chiste en ofensa de nuestro supremo pastor; así que los primeros le lanzaron tamales, gordas de chicharrón y tortas aderezadas por el gran pastor Mandrilo (entre otras cosas arrojadizas), mientras que los otros lo querían crucificar por blasfemo. Uno su gran amigo, que era conocido como el pastor sodomita (por haber nacido en Sodoma) Carino, recogió todo lo que le arrojaron pues ese era su sustento de vida. Grande y muy divertida fue aquella jornada, mas comenzó a oscurecer y todos tuvieron que marcharse al aldea, no sin antes entonar en el camino las melodías enamoradas del famosísimo conjunto de trovadores escoceses conocidos como Franz Ferdinand.

(Fin del primer canto de la Arcadia de la ciencia y la humanidad)

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El nombre que susurra el viento

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El día más feliz de mi vida fue aquel en el que me acompañaste a una exposición de la obra de M. C Escher y contemplamos, juntos por última vez, las litografías de la cinta de Moebius. El resto es silencio.

Pienso también en las muchas horas, muy breves para mí, que pasamos en un salón inmersos en complejos cálculos y en interminables ecuaciones cuya longitud sobrepasaba los límites del pizarrón. Tu afán por la ciencia no tenía límites, pues no te importaba rayar los muros de la universidad con tal de encontrar la solución a todo: al siempre soñado viaje al infinito.

Nuestra relación nunca llegó más allá de los límites de nuestra corta convivencia académica.

La anomalía ocurrió poco después de que te doctoraras y yo perdiera, para siempre, la fe en la ciencia (si es pertinente semejante oxímoron). Fue ahí cuando la sociedad aeroespacial me llamó: buscaban a un hombre sin esperanzas, en otras palabras, a un suicida. Creía que estar años luz de ti sería lo mejor y que, en dado caso que fracasara la misión, la muerte ofrecía una mejor alternativa a la soledad.

Después de una agotadora charla con mis superiores, lo que saqué en limpio fue que todas las hipótesis se reducían a una sola conclusión: el traspaso a otra realidad; con seguridad una sin ti. Si tú estuviste involucrada en la empresa, no me di por enterado, pues mientras me ponía la escafandra de astronauta no vi tu rostro entre los sujetos con guardapolvo que me vigilaban. Y, sin más dilación, fui llevado a la arca espacial que me llevaría a una travesía sin retorno.

Apenas recuerdo el conteo regresivo y, cuando despegué, me vi en un segundo inmerso en una noche perpetua. Durante el trayecto trabé amistad con mis dos compañeros: silencio y vacío. Luego vi a la anomalía. No estaba muy lejos de la órbita terrestre, sin embargo, su presencia era inquietante. Pensaba en tus ojos a medida que me acercaba a ése vórtice de la perdición. Y antes de desintegrarme sentí que ocupaba dos espacios al mismo tiempo: era como estar en medio de una línea fronteriza; un pie estaba pisando nuestra realidad mientras el otro se encontraba en lo desconocido. Rato después, la anomalía se cerró, perdí contacto con todos en la tierra y tuve que viajar por mi cuenta en un vecindario espacial que no conocía…

… O al menos eso creí durante un tiempo, pues no tardé en darme cuenta que la anomalía me había empujado a un sistema solar idéntico al nuestro sino es que era el mismo. Traté de restablecer la comunicación, pero todo fue en balde. Viré de regreso hacia la Tierra, no obstante, algo me inquietó: su posición en la órbita había cambiado. Aterricé y no fue difícil darme cuenta que me encontraba varado en el lejano año de 1984. Las probabilidades de que un agujero de gusano se formara en nuestra línea temporal para mandarme a esta distante, para nosotros, fecha, era, absolutamente, abismal. Empero, de todas las posibilidades absurdas que existen en el universo, la más improbable era encontrarnos. No soy un personaje vital para la supervivencia humana y mi triste transitar por la vida ha sido, en el mejor de los casos, inútil. Así que en vez de atentar contra el porvenir de todo el género humano, intenté borrar mi existencia evitando que mis padres se conocieran. Pero fue inútil: por más que intentaba auto-abortarme pareciera que el tiempo mismo se empeñaba en asegurar mi futura existencia. Por más que intenté evitar su primera cita o de encontrarles cónyuges más acordes con sus deseos, terminaban, quién sabe cómo, siempre juntos. Y descubrí que el tiempo era un cruel engranaje: una banda sin fin cuyo designio es inapelable. No quise probar la solución más extrema, que era matarlos, pues no soy un asesino. Concluí que, tal vez, podría alterar el orden natural de las cosas siendo participe de este absurdo. Consciente de las ventajas que poseía como viajero en el tiempo, arriesgué el poco capital que tenía, que era una moneda de plata que siempre llevaba conmigo, en varias apuestas cuya victoria estaba asegurada. Luego especulé, aprovechando los fenómenos de económicos de ese entonces, y me enriquecí de la única manera que es posible en este mundo: empobreciendo a otros. No soy ambicioso. Me conformaba con tener para lo indispensable. Además, necesitaba pasar desapercibido, pues unos mafiosos de las finanzas me pisaban los talones. Alquilé, pues, un piso en una vieja casona, aquella con la que soñábamos restaurar para vivir ahí algún día y que, en nuestro presente, era un inmueble hecho ruinas a causa de un terremoto. Aún recuerdo (¿acaso se puede recordar lo que pasará? ¿Debería llamarle, mejor, premonición?) que después de una insoportable tertulia, a las que eras tan adicta, decidimos meternos a explorar esas ruinas. Era de noche y los únicos inquilinos que la habitaban eran unos gatos. Ya adentro, hice a un lado unos escombros mientras tú me alumbrabas con tu lámpara de tu teléfono. Y fue así como encontramos un cuarto acondicionado conforme a nuestros gustos. El hallazgo nos sorprendió sobremanera y llegamos al mismo dictamen de que el antiguo propietario debió ser alguien muy interesante. Lo que me sorprendió al momento de alquilar la propiedad fue que ésta se encontraba desocupada. Para tranquilizarme pensé que eso no era raro y que, con seguridad, yo me había adelantado al curioso inquilino (¿será que siempre sí podemos cambiar el curso de las cosas?). Decidí homenajearlo acondicionando el cuarto tal cual lo recordaba. Me sentí desilusionado pues yo quería conocerlo.

Para matar el tiempo me la pasaba escribiendo historias de ciencia ficción que me publicaban en revista de poca monta. Les hablaba, por ejemplo, de una sociedad que estaba en perpetua intercomunicación y que, a su vez, estaba esclavizada bajo el yugo de sus dispositivos electrónicos; de una red que contenía todo el conocimiento humano y que era, por lo general, usada para ver pequeñas películas de gatos o de gente masturbándose; de civilización distópicas en donde los menesterosos toman el control político e imponen su propio sistema de valores a la fuerza y, por último, que los gobiernos dejarían de espiarnos, pues los ciudadanos darían voluntariamente sus datos personales, aficiones y ubicación por medio de una especie de “telégrafo electrónico” al que se volverían adictos. Nunca tuve mucha imaginación, así que solamente describía las cosas que viví en mi presente y que para ellos no eran más que fantasías o pronósticos inverosímiles.

Sucedió que escribía aquellos disparates en la mesa de un café que se encontraba sobre un pasaje de anticuarios. El lugar me fascinó ya que las paredes estaban repletas de relojes de todo tipo. Necesitaba encontrarme en un sitio que fuera tan atemporal como yo, pues carecía de porvenir y de pasado al mismo tiempo. Absorto en lo mío, apenas noté que la campanilla de la entrada había sonado. Y al voltear la vista, por unos segundos juré que entraste al local y que venías a rescatarme. Diría que reencarnaste en ella si no fuera porque aún no nacías. Pero aquella joven, que se parecía tanto a ti, tomó asiento sin reparar en nada más. Ordenó un expreso doble y se puso a leer mientras fumaba (¡antes se podía fumar en los interiores!). Dejé de escribir sólo para admirarla con detenimiento, pero el lomo de La invención de Morel que ella leía me privaba de su examen. Para verla más de cerca, le pedí que me prestara su encendedor. Ella abandonó su lectura y accedió a mi favor. Tenía tus mismo ojos, pero había algo más en ellos…

—A mi también me gusta ésa novela: me inspiró a escribir ciencia ficción —dije mientras encendía mi cigarrilllo.

—Mi paisano Bioy Casares escribe algo más que eso, ¿sabe?

Le iba a rebatir mencionándole las colosales historias que se encuentran en su libro “Una muñeca rusa”, sin embargo recordé que aún no se publicaba y opté por darle la razón.

—Lo sé. Si he de confesarle algo muy íntimo, mi relato favorito de él es “Recuerdo de las sierras”.

Mi anterior comentario pareció conmoverla mucho, pues de inmediato respondió:

—Es hermoso.

Le di las gracias, le devolví el encendedor y quise darme la vuelta. Pero ella tomó la iniciativa y me pidió que platicáramos un poco más. Acepté, sin darme cuenta que por culpa de ese encuentro fortuito e improbable estaba atentando contra tu propia existencia, pues al despedirnos conocí su nombre.

—Judith Rifken, encantada de conocerte.

Disimulé la sorpresa y quedamos de volvernos a ver en el café del pasaje. Nuestra relación empezó como una espontánea amistad. Tu futura madre me platicaba sobre la emigración de tus abuelos a territorio argentino y cómo tuvieron que huir, de nueva cuenta, de otra dictadura. Una dictadura, a mi modo de ver, más breve pero igual de brutal que la anterior. Asimismo me platicó que, aunque su familia había logrado generar una buena fortuna, eso no le quitaba el estigma de ser una extranjera. Creo que en eso nos parecíamos un poco. Como no podía contarle la verdad sobre mí, decidí inventarme una identidad que no fuera ni cierta ni totalmente falsa. Le hice creer que desde siempre había sido un soñador; que las historias de Buck Rogers, Kalimán y Roldán el temerario cautivaron mi imaginación y me inspiraron a escribir ciencia ficción (Sci-fi, como tú le decías). Todo eso, como tú bien sabes, era mentira. En realidad era un científico que, incapaz de competir contra una inteligencia tan superior como la tuya, renunció. Lo cierto es que, en un principio, la fantasía fue para mí el puente para intentar convertirla en realidad. Que haya fracasado es ya otra historia.

—Todavía me cuesta trabajo comprender la afición que vos tenés a la literatura basura…, perdón, quise decir, “popular”. Disculpa, no quise ofenderte. Supongo que debe ser un buen medio de vida.

—A mí tampoco me entusiasma mucho escribirla, pero no sé hacer otra cosa.

En pláticas de este tipo se nos iba el tiempo. Luego ella recordó, al mirar la hora en uno de los tantos relojes del café, que se había quedado de verse con el “pesado” de su novio y se despidió de mí con un dejo de tristeza. Confuso entre los recuerdos del porvenir y el nostálgico presente que vivía, deseé abordar la nave y perderme en el infinito del cosmos. Desgraciadamente tuve que destruirla pues no podía arriesgarme a que los gobiernos del mundo tuvieran acceso a una tecnología que los sobrepasaba y, en consecuencia, crear una paradoja peor que la que estaba viviendo. Odios hacer comparaciones incómodas, pero tu madre me parecía más guapa que tú.

Tenía que desahogarme con el único amigo que tenía: mi propio padre. Había intentado tantas veces atentar contra mi existencia que sin querer forjé con él una amistad.

No hay peor cosa que pasar por un desconocido dentro de la propia familia, pero es más desastroso darse cuenta que desde siempre uno estuvo emparentado con seres comparables con autómatas. Mi padre parecía sobrellevar bastante bien la distante relación con mis abuelos. Y mientras él trabajaba en su restirador, yo le conté lo de mi enamoramiento sin darme cuenta que, omitiendo los hechos asombrosos, mi historia no era más interesante que, digamos, una telenovela.

No veo cuál es el problema —dijo con la mucha sabiduría que aún no obtenía—, ambos son ricos, ¿no es así?

Después tuvo que salir: había quedado de verse con mi madre. Lo acompañé. Al despedirme de ellos y verlos juntos, sentí que se me partía el alma al no poder advertirles el inevitable sino que tendría su relación, y que era mejor privarle la vida a un desdichado. Pero ahora tenía otros problemas.

Hacer una fortuna, por muy mediana que ésta sea, te acarrea enemigos. No tardé en recibir anónimos. Alguien en mí lugar hubiera salido huyendo. Yo, en cambio, odio vivir con miedo y decidí ignorarlos. A final de cuentas no importaba si me mataban, pues nacería dentro de un año.

Lo que me preocupaba era que tú existieras, porque eres lo que más amo y no quería que el mundo se quedara sin una excepcional científica. Empero, amaba a tu madre con la misma intensidad con la que te amo (¿amé, amaré? ¡Cielos! ¡Me es imposible encontrar el tiempo correcto!) a ti.

No dejé de ver a Judith en el café; junto a ella me sentía joven, vivo. Y, sin que yo se lo pidiera, comenzó a leer mis escritos y se convirtió en mi correctora. Empecé a mejorar, aunque me gusta más atribuirlo a la inspiración que obtenía de estar cerca de tu madre que a su profesionalismo.

En mi memoria siempre estará impreso el recuerdo de un día lluvioso: Judith y yo nos encontrábamos revisando un texto en el café. El tiempo se diluyó aquella tarde. Y estábamos tan a gusto, que a tu madre se le olvidó que había quedado de verse con su novio. No tardó éste en aparecer. Su sobretodo estaba empapado y nos lanzó una mirada llena de cólera. Enmudecimos de la impresión.

—¡Judith, con un demonio, llevo más de una hora buscándote por todos lados!

Al verlo yo no daba crédito de que aquel hombre de Neandertal fuera tu padre. Tu madre nos presentó y ya no me quedó la menor duda de que era él, pues se apellidaba Sorrento como tú. No nos dimos la mano y él, de forma abrupta, tomó el brazo de Judith con fuerza y la sacó a la calle. Era natural que su ira fuera motivada por los celos, pero lo que no toleré fue que la maltratara. Así que me levanté y los seguí a donde tenía aparcado el coche. Vi que intentaba meterla a la fuerza en su deportivo, yo me interpuse y le grité:

—¡Déjala en paz, Sorrento!

Decir lo anterior y recibir un golpe que casi me manda a Saturno fue todo una misma cosa y, por consiguiente, quedé noqueado en la húmeda acera. Judith acudió a atenderme mientras Sorrento vociferaba “¡Súbete en este mismo momento al coche! ¡Ahora!” Ella no le hizo caso y se hincó para verme el rostro y preguntarme si me encontraba bien. La bestia de tu padre siguió gritando improperios y se acercó a nosotros de forma amenazante, pero tu madre lo frenó diciéndole que si le pasaba algo a ella o a mí, toda la comunidad judía se iría contra él. Se metió, dio un portazo a la puerta de su coche, aceleró y se fue, no sin antes derraparse de lo tan rápido que iba. Judith me ayudó a ponerme de pie, volvimos al local, donde el dueño me puso una bolsa de hielos en el moretón que me dejaron y, después, fuimos con un dentista para que me reparara el diente que me había volado. El siguiente día que nos vimos me dijo que ella y Sorrento habían terminado y que jamás lo volvería a ver. Una serie de contradictorias emociones me acosaron ya que, por un lado, no quería que Judith estuviera al lado de ese animal y, por el otro, había logrado, sin querer, anular tu existencia. Lo malo es que no tenía forma de saber cómo mis acciones habían cambiado el presente. Hice un rápido cálculo y me di cuenta que faltaban todavía algunos meses para tu concepción. Debo de admitir que no me agradaba nada la idea de que tu madre y tu padre se acostaran, pero, como tú bien sabes, no era la primera vez que tenía que resignarme ante la idea de que la mujer que amo se acueste con otro.

Con la cabeza hecha un caos, fui a la casa de mi madre. Siempre había ruido y mis pequeños tíos corrían por todas partes. Era como visitar la tierra de Nunca Jamás. ¡Cuántos familiares desconocidos para mí vi al entrar! ¡Cuántos rostros conocidos, cuya muerte presencié, los vi resucitar ante mis ojos! Mi madre me vio triste y atribuyó mi pesadumbre al golpe que aún no se me desinflamaba del todo. Le dije que quería hablarle en privado y me llevó a la pequeña recámara en donde ella y mis tíos dormían. Le comenté lo sucedido con Judith. Como era imposible revelarle el verdadero problema que me atormentaba, mi historia despertaba el mismo interés que un melodrama barato. Fue por eso que me sorprendió verla llorar.

—No eres el único que tiene problemas.

Le pregunté que qué era lo que le pasaba y me confesó que estaba embarazada. La vi con piedad; por otro lado, mi madre quizá pensó que la veía con reprobación. Si ya no ibas a existir, podría intentar, una vez más, anularme a mí mismo. Le dije que si no había sido deseado, bien podría abortar y liberarse de tan pesada carga. Inmediatamente ella me respondió, haciendo un hercúleo esfuerzo por no alzar la voz:

—¿Cómo puedes decir algo tan terrible? ¡Yo lo quiero!

Conmovido por la respuesta, terminé llorando, para sorpresa de ella, sobre su regazo, como tantas idénticas veces hice por tu culpa. Ella hizo el esfuerzo de tomarlo de la manera más natural, entretanto, yo intentaba digerir la extrañeza de ocupar dos espacios al mismo tiempo. Eso me recordó la clase de física cuántica en donde te conocí y lloré aún más. Me invitaron a comer y mi abuelo, al conocer la causa de mi herida, me aconsejó que no fuera detrás de niñas fresa (menos si eran judías) y que me uniera al partido comunista. Me despedí de mi futura familia con el ánimo un poco más repuesto, pues, a pesar de todo, nunca me sentí como un extraño en la casa materna.

La relación que llevé con tu madre fue casi secreta. Fuera de que Sorrento pudiera estar resentido conmigo, no existía un motivo real para ocultarla a los ojos de los demás. Parecía como si hubiera un acuerdo tácito en mantenerla así. Cuando se vive una vida que tiene más apariencia de ficción, el tiempo humano pierde su dimensión y sin darme cuenta ya estábamos en año nuevo. Judith me invitó a una fiesta y quedé de pasar por ella en un punto arbitrario de la ciudad. Me había comprado un coche: un MG. En realidad quería un Delorean, pero no podía permitírmelo. Mientras la esperaba, y a falta de aparatos electrónicos más sofisticados que una calculadora para acallar las voces internas, me puse a realizar mis cálculos sin utilidad práctica a los que soy tan devoto. Luego me vino una revelación. Recordé que, según mi conteo, muy probablemente serías concebida ese día. Tragué saliva con dificultad pues eso sólo podía significar una cosa…

…Luego ella apareció:

No podía verse más hermosa. Ni siquiera el soberano de todo el universo podría considerarse digno de gozarla aquella noche. Me sentí tan nervioso que le pedí que ella condujera por mí. Al cambiar de lugares tuve eso que los franceses llaman déjà vu. Más que sentir una experiencia nueva como ya vivida, me di cuenta que tenía un recuerdo análogo a ella. Fue cuando salimos de la exposición de M. C. Escher y te ofreciste a encaminarme en tu coche. Cuando llegó el momento de apearme, tú me dijiste estás palabras que para mí fueron inolvidables:

—Has sido muy bueno conmigo. A ver qué día salimos a tomar algo, ¿no te parece?

Deliberadamente habías bajado la guardia y sentía que debía besarte en ese mismo instante. Pero consideré que lo correcto era despedirme de forma caballerosa y retirarme. El resto, vuelvo a repetir, es silencio.

Regresé a esa extraña realidad cuando Judith encendió la radio. El anterior recuerdo quizá desaparecería después de esa noche y ya no le di más importancia. De las bocinas se escucharon las notas más reconocibles de Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninoff. Tu madre suspiró y me confesó que esa música la había escuchado en una película donde salían los actores Jane Seymour y Cristopher Reeve (del cual estaba enamoradísima). Reiteró, estaba tan nervioso, que dije que el papel que más me había gustado de la Seymour fue el de la doctora Quinn y, para colmo, cometí la torpeza de decir que la vi cuando era apenas un niño, naturalmente, ella no sabía de lo que hablaba.

—Martín, amor, ¿te sentís bien?

Conoces de sobra mi nombre y, durante todo mi relato, consideré que no era menester mencionarlo. Luego yo le contesté:

—Judith, preciosa, temo que tu exnovio se presente.

Ella me tranquilizó diciéndome que ningún indeseable arruinaría la noche. Nos marchamos. Durante todo el trayecto no pude dejar de mirarla.

Huelga narrar cómo eran las reuniones de los niños bien de aquella década. Moda horrenda, frases que al escucharlas no dejaban de sonarme anticuadas y la mejor música conviviendo con las tonadas más sintéticas y empalagosas. No obstante, confieso que nunca antes había estado mejor acompañado pues, a mí lado, estaba Judith. Rato después bailamos, muy unidos, al compás de la canción Close to you. Una vez que terminó la pieza, ella me susurró al oído:

—Quiero irme, pero no quiero regresar a casa.

¿A quién irán dirigidas estas palabras después de lo que hice? ¿Al fantasma de algo que nunca existió o, mejor dicho, que le negué la oportunidad de nacer? ¿Tiene acaso alguna pena un crimen cuyo único testigo soy yo y que, asimismo, sería imposible demostrar mi culpabilidad aunque lo deseara? Llegamos, pues, a mi piso. A Judith le agradó el inmueble tipo art noveau donde vivía. Al entrar le llamaron la atención mis pósters de películas de serie B, mis modelos a escala de transbordadores y mi escafandra de astronauta.

—Te tomás muy en serio eso de la ciencia ficción.

Mientras ella se paseaba por el piso tarareó algo que me sonó como a un tango. Luego vi su espalda de alabastro y fui incapaz de resistirme. Que yo la tomara de los hombros y le besara el cuello fue todo cosa de un instante. Y durante la confusión amorosa tuve una variopinta combinación de sentimientos donde preponderaba el deseo, la desesperación y, finalmente, la culpa. Una vez que nuestra pasión fue sosegada, y con el insomnio que me trajo tanta dicha recibida como angustia, tuve una epifanía. Dejé a Judith descansar y me acerqué al escritorio para hacer unas fórmulas que justificaran éste sinsentido. Tomé mi calculadora (una rudimentaria Texas Instruments que me costó una fortuna y que era inferior a cualquier dispositivo de mi presente) y empecé una larga serie de complejos cálculos y razonamientos que no me creí capaz de realizar. Llegué a una desoladora conclusión: Einstein tenía razón, Dios, de existir, no juega a los dados (y si lo hace, están cargados). La mañana siguiente, a Judith le sorprendió más que supiera matemática avanzada y relatividad que encontrarme dormido medio desnudo encima de mi escritorio.

—¿Me podés decir que son todos estos números, che?

—Estudié física antes de cambiarla por la literatura de ficción. ¿No te lo había dicho?

—¿Y que se supone que intentabas calcular?

—Una teoría que se me acaba de ocurrir y que no puedo probar.

—Hay tanto que no sé de ti. Ni siquiera conozco a tus padres.

De nueva cuenta tuve que mentir. Le dije que era huérfano y que ellos estaban enterrados en el panteón francés. Pero también le comenté que, si quería, la presentaría ante unos conocidos que, más que ser mis amigos, eran mis hermanos y, más que mis hermanos, podrían ser mis padres.

—A veces no entiendo nada de lo que decís.

Un día la invité a un pequeño día de campo en compañía de mis futuros padres. Judith, al ver el abultado vientre de mi madre, le dio la enhorabuena y le dijo que ella también quería ser mamá. Obviando toda la extrañeza de la que sólo yo estaba consciente, fue un día feliz.

Lamentablemente, no todo era miel sobre hojuelas y los anónimos que recibí eran cada día más violentos.

Los padres de Judith estaban en el extranjero y, por alguna razón, ella se había distanciado de ellos. Supe que compartía un piso con una amiga que nunca conocí. Todas nuestras entrevistas eran en mi casa. Pasaron algunas semanas para que ella me diera la noticia que confirmara que mi hipótesis era correcta. Sonó el teléfono. Contesté:

—¿Hola?

—Martín…, estoy embarazada —dijo sollozando.

Nunca creí que llegaría a ser padre algún día. Es imposible describir el maremágnum de emociones que sentí. Pero por primera vez tenía un propósito en la vida: traerte al mundo. Le dije a tu madre que fuera al café para discutir, con calma, el asunto.

Conocía de ante mano el terrible desastre que dentro de poco se desataría en la ciudad. Al salir de mi casa sentí que me vigilaban. Afuera llovía.

Tenía que ponerte en un lugar seguro y urdí una compleja estratagema.

A Judith le desconcertó verme sonriente. Le dije que era la noticia más maravillosa que había recibido y que a nuestro hijo no le faltaría nada. Luego de tranquilizarla, comenzamos a platicar de temas más baladíes, entre los cuales estaba el asunto de tu nombre.

—María…, si es niña se llamará María —dije ilusionado.

—¿Y si es un pibe?

—Estoy convencido de que será niña.

—María…, es un bonito nombre, ¿cómo fue que lo escogiste?

Le dije que me lo había susurrado el viento.

Pocos meses después, y conforme al plan para despistar a mis enemigos, exhorté a tu madre para que fuéramos al extranjero, pues había escuchado que se estrenaría una película de ciencia ficción que no iba a tener precedente en la historia. Se titulaba “Volver al futuro” y, tras mucho trabajo, logré convencerla para que fuéramos a verla. Aquí no se estrenó de manera oficial hasta el año 2010, con motivo del 25 aniversario. Recuerdo haberla visto en un momento demasiado amargo de mi vida.

Al terminar la función, le dije que esa era la mejor película que había visto en mi vida. A Judith le pareció demasiado yanqui para su gusto. Luego de almorzar y dar un paseo. La tomé en mis brazos y le dije que el ser que se estaba gestando en su vientre iba a ser la cosa más maravillosa que nos pasaría en la vida.

—Lo dices como si te fueras para siempre.

No quise confirmar más sus sospechas. Al día siguiente, y con todo el dolor de mi corazón, tuve que dejarla sola, son sin antes dejarle un nota y un sobre con dinero. Le advertí sobre dos grandes peligros: uno era que Sorrento quería tomar venganza contra mí, no tanto por haberle robado a su prometida, sino porque él era uno de los afectados por mis cuestionables operaciones bursátiles; la segunda era que, ese año, iba suceder una gran catástrofe: el más grande sismo que se haya sentido en nuestro país, y que era mejor que se quedara ahí. Dejé apuntados la hora y fecha exacta del suceso, amén del epicentro y, para justificar semejante pronóstico, le dije que los cálculos que me había visto hacer eran para predecirlo.

Sé que tu madre debió derramar más lágrimas que yo. Espero que algún día ella y tú lo puedan entender.

No obstante ahora a mí me queda claro tu repentino rechazo y desprecio. Estoy en paz y no guardo ningún rencor.

A ciencia cierta no sé cómo vaya a ser el día de mi muerte, pero tengo una idea aproximada:

Sorrento aparecerá en la madrugada y de un portazo entrará a mi departamento. Me amenazará con una pistola mientras me encuentro esperándolo, con calma, sentado en un sofá y garabateando la cinta de Moebius sobre la hoja donde formulé la demostración del viaje en el tiempo. Él, iracundo, me preguntará sobre cómo pude obtener información tan anticipadamente y yo le contestaré, de una forma que él interpretará como sarcástica, que en realidad soy un viajero en el tiempo. Luego me dirá que no es tiempo para payasadas y que diga mis últimas palabras. Yo, con una gran sonrisa en los labios le diré:

—¿Sabes qué día es hoy? Es el día de mi cumpleaños.

Y antes de que pueda jalar el gatillos, la tierra se sacudirá y el edificio se vendrá abajo sepultando bajo sus escombros a todos sus habitantes. Entretanto, en un lugar de provincia, lejos del sismo, mis padres buscarán un juzgado en donde casarse en secreto, pero el plan se vendrá abajo, pues la fuente de mi madre se romperá, anunciando, así, mi posterior nacimiento.

predestination

Mi muñequita (o el sometimiento de Onfalia)

Hércules y Ónfale

Me miro al espejo y digo, “¡oh, qué linda soy!”, pero inmediatamente se me cae la cara de vergüenza como el seno postizo que no supe ponerme. ¿Dije que era linda? Temo estar faltando a la verdad pues, mientras me acomodo la media en el liguero, levanto la vista y veo una burda imitación del protagonista de Rocky y su show del terror. Luego me digo que no está tan mal: podría pasar por uno de los New York Dolls, aunque creo que el camisón que visto hace que el culo se me vea más gordo… ¡Chingada madre! ¡Qué carajo estoy diciendo!

Será mejor que me explique:

Pamela era mi diosa. Si pudiera pintar una imagen de lo que para mí sería el cielo, haría un óleo en donde ella aparezca luciendo un vestido veraniego en un día de campo.

Como cualquier enamorado caía en cualquiera de sus artimañas: me dejaba embelesar con alguna tierna palabra que parecía escapársele, casi por accidente, de su boca; otra veces me devolvía mis tan pisoteadas esperanzas con un cálido abrazo cuando recibía un presente mío, y, asimismo, hubo ocasiones en que me coqueteaba descaradamente para que, al final, recalcara que sólo podíamos ser amigos. En cambio yo esperaba, sin ninguna garantía, a que llegara mi turno en aquella larguísima fila de amantes; pues soportaba con estoicismo la liberalidad que en el amor ella tenía con todos menos conmigo. Cambiaba de pareja como de ropa (que toda en ella lucía divina), mientras yo, en mi vana devoción, sentía que aventajaba a mis rivales por mi paciencia y fidelidad. Para qué negarlo, su desmedido deseo es incorregible, sólo basta leer la poesía erótica que a veces me comparte.

Un día ella me encontró mientras revisaba un puesto de libros callejero. Lo normal era que Pamela fingiera demencia y pasara de largo al verme o, en el caso más general, que ella me instara a dejarla sola con palabras no precisamente corteses. Pero ese día fue ella la que me tocó la espalda y me saludó. Al voltear a verla vi que estaba más radiante y rosada que de costumbre y que, además, se había escotado la blusa a propósito. Traté de ocultar, lo mejor que pude, la emoción que me causaba verla y me ofrecí a acompañarla. Ella aceptó que la encaminara hasta su destino. Hacía un día espléndido y caminamos un rato alrededor de un parque, entretanto yo me moría de deseo por ella. Durante el trayecto me confesó algo que fue un golpe de gracia para mi desdichada vida: ella estaba enamorada…, pero de una mujer. Esto para mí no era nuevo, pues estaba al tanto de su bisexualidad, aunque hasta ese momento nunca la vi en una relación lésbica. Tuve que dejarla en donde la estaba esperando su novia que, ¡ay!, le segundaba en belleza a Pamela, quien era la primera para mí en hermosura. Después de ver cómo se comían a besos en una banca, tuve que rentar una cabina y, con lágrimas en los ojos, fantasear con el amor que tenía vedado.

Amargo es el consuelo que uno tiene con obsesionarse con el trabajo o en evadirse con pasatiempos infantiles. No tenía esperanzas: si ella era feliz así, ¿qué podía hacer yo? Soñaba con que tal vez podría ser su amante heterosexual; que, como premio a mi sufrimiento, me invitaría a un ménage à trois con su novia o que, tal vez, ésta era una fase y que pronto llegaría mi ansiado turno. No obstante, tuve que soportar el duro puñetazo del desengaño pues llegaba a encontrármelas, por casualidad, en la calle y era notorio que estaban muy enamoradas la una de la otra.

Pasaron unos cuantos meses sin que viera a Pamela, pero pareciera que una misteriosa liga invisible me ata a ella y hace que la encuentre, en contra de mi voluntad, en los lugares más inesperados. Un día que estuve harto de caminar sin ningún rumbo haciéndome las grandes preguntas a las que la humanidad no ha dado respuesta, me dirigí hacia un café. Justo cuando tomé asiento, cual va siendo mi sorpresa ver a Pamela atendiendo mi mesa. Me sorprendió aún más no verla salir huyendo o disgustada por mi presencia; todo lo contrario, parecía estar feliz de verme. Ordené y me complací con admirarla. Después de pagar mi consumición, ella se acercó a mí y me susurró al oído que, por favor, la esperara después del cierre. Aquella tarde se me hizo eterna y, aunque maté las horas en un billar que estaba cerca de ahí, ansiaba con vehemencia verla de nuevo.

Puntualmente fui al café y la esperé. Ya era de noche y la cortina metálica estaba corrida, aunque por los murmullos supe que aún los empleados del local no se retiraban. Silbé para atenuar mi impaciencia. La primera en salir fue ella. Aunque me sonrió, la vi ojerosa, pálida y un poco triste. ¡Y, por increíble que parezca, era todavía más hermosa así! Me pidió que la acompañara hasta su casa, pero, de improviso, no sentamos en las bancas de una arboledas y comenzamos a charlar. Luego de hacer gala de mi conocimiento inútil y de que ella me platicara sobre cosas insustanciales, observé, gracias a la luz de un farol, que varias lágrimas escurrían sobre su precioso rostro de niña. Ella notó que sabía que estaba triste y, sin que yo se lo pidiera, posó su cabeza sobre mi hombro. Sentí cómo cada centímetro de mi piel hormigueó al tenerla cerca de mí y me dijo:

—Rompí con ella: nunca antes había amado tanto a alguien—y se soltó a llorar.

No supe qué decirle y comencé a apapacharla. Luego nuestras miradas se cruzaron y, sin que yo se lo pidiera, comenzamos a besarnos con desesperación al mismo tiempo que llorábamos: ella de tristeza, yo de felicidad. Fuimos a su casa y el momento más feliz de mi vida transcurrió como si hubiera ocurrido en un sueño o alguien más.

La mañana siguiente, mientras estábamos muy acaramelados en el sofá desvencijado de su apartamento, me confesó que:

—Aunque me siguen gustando las mujeres, no quiero saber nada de ellas: son complicadas y para locas, conmigo es suficiente —mudo quedé ante su sinceridad, pero la cosa se puso peor—: La pasé bien contigo, pero me cuesta trabajo disfrutar…

Ella notó que eso hirió mi orgullo, pero de inmediato añadió que:

—No me malinterpretes. No es tu culpa. Soy yo: descubrí que las chicas me excitan más. Por cierto, eres bien parecido…, si te afeitaras y te depilaras yo creo que… ¡No! ¡Es una locura!

—¿Qué es una locura?

—Creo que puedo cambiar. Sin embargo, pienso que disfrutaría más si…

—¿Si qué?

—Si te vistieras como mujer.

Quedé muy desconcertado ante su petición; pero más miedo tenía de quedarme solo. Tragué saliva, di unas vueltas por su paupérrimo piso y pregunté:

—¿Qué fue lo que dijiste?

—¡Ay! ¿Sabes qué?, olvídalo…

Me dio la espalda, tomó sus cosas y me señaló la salida. Al darme cuenta que la estaba perdiendo, le respondí:

—Haré lo que quieras; pero esto sólo se quedará entre tú y yo. ¿Sale?

Sonrió y, como ella es imparable, ordenó que la visitara esta misma noche ya depilado y con la lencería adecuada para la ocasión. Pamela dijo que esto sería la mar de divertido y que en el amor siempre se debe tener la mente abierta.

Salí a la calle confundido y sin estar seguro de si era capaz de hacer algo semejante.

Primero tuve que soportar la horrorosa tortura de la depilación, pues sentía que se llevaban una parte de mi piel cada vez que me arrancaban el vello con la cera derretida. Rato después, tuve que entrar, con el temor de pasar por alguna clase de pervertido, a una tienda de lencería. Tenía que comprarla yo: no podía pedirle semejante encargo a una hermana, a una amiga o a mi propia madre ya que, ¿cómo quedarían ante sus ojos si tratara de explicarles mi situación? Traté de imaginarme que, en realidad, estaba comprando algo para Pamela. Al principio me entusiasmó escoger toda suerte de ligueros, camisones, medias, sujetadores y bragas de encaje hasta que recapacité que todas esas cosas tendría que ponérmelas yo en lugar de ella. Luego, una dependienta, al verme indeciso entre un camisón con corsé y uno un poco más holgado, me preguntó:

—¿Puedo ayudarle en algo, caballero?

—¿Tendrá éste mismo modelo, pero en negro? —dije sólo para no quedar como un imbécil.

—Claro, ¿qué talla es la que busca?

—Mi novia es aproximadamente de mi complexión —la respuesta fue poco acertada y abría la puerta para interpretaciones erróneas.

La dependienta me sonrió, hizo un gesto de aquiescencia que me hizo sentir incómodo y dijo:

—Permítame, entonces, enseñarle algunos modelos.

Y puso varias cajas encima del mostrador y me instó a que apreciara la calidad de los materiales. La suavidad de la seda me gustó sobremanera y deduje que, para esa cita de amor, tendría que llevar algunos complementos.

—Me lo llevo, por cierto, ¿tendrá también medias, guantes y calzones de encaje?

—El caballero sabe lo que quiere —y, con una complicidad implícita, me guiñó el ojo.

Salí de la tienda, ocultando la mercancía que acababa de comprar en otra bolsa y, al pensar en los detalles que podrían faltarme, fui a una tienda de zapatos de mujer y compré unos tacones con el subterfugio de que eran para mí madre.

De nuevo la esperé afuera de su trabajo. Pamela se alegró de que me hubiera molestado en satisfacerla y, sin más dilación, fuimos a su departamento. Durante el trayecto estuve indeciso entre hacerlo o no, pero al verme caminando de la mano al lado de la cosa que más amaba, hizo que me decidiera. Una vez adentro y antes de que me travistiera, me pidió que, por favor, me dejara maquillar. Dejé, pues, que sus delicadas manos me metamorfosearan y, una vez que finalizó, me dio una peluca que había reservado para la ocasión. Después me metí al baño y di inicio al complejo cambio. Hice lo mejor que pude para que mi cuerpo cupiera en las ajustadas prendas y, en más de una ocasión, terminé apretándome los testículos un poco más de la cuenta. Ya cuando terminé la faena, me miré al espejo y, voilà, ahí estaba mi yo travestido. Asimismo, observé que la peluca que me había dado se asemejaba al cabello de su exnovia pues era largo y quebradizo. No sé por qué me dio la impresión de que travestido me veía sexy, así que puse una mano sobre mi cadera e intenté hacer una mirada provocativa para un espectador inexistente. Opté por no tomar el juego en serio y salí del baño. Pamela me esperaba en la cama. Lo único que tenía puesto eran unas medias negras (ese fue nuestro trato). Aunque lucía complacida, me hizo una observación.

—Escóndete mejor la verga, que mientras calentamos preferiría no verla.

No dejaba de sorprenderme que ella, una chica que a simple vista parecía dulce y tierna como una muñeca de porcelana, tuviera lapsos de vulgaridad y una sed de sensualidad incontenible.

Una vez que el amor nos agotó, ella me reveló mi nuevo y vergonzoso apodo:

—¡Te quiero, muñequita!

El sobrenombre le iba mejor a ella, pero a Pamela no le gustaban esas cursilerías y siempre me pedía que la llamara por su nombre.

Mientras ella estuviera satisfecha, yo era feliz. Con tal de que ella me quisiera era capaz de tolerar cualquier humillación. Pero tuve que resistir varios atropello a mi dignidad sólo para mantener la llama de la pasión encendida. Muchas veces se me olvidaba desmaquillarme y, cuando tenía que dar clases, no me explicaba las furtivas y extrañas miradas de mis alumnos hasta que iba al sanitario y, muerto de vergüenza, veía mis párpados aún ensombrecidos. También llegué a olvidarme, por las prisas, quitarme una media o un guante de seda, y este errado comportamiento por mi parte comenzó a despertar sospechas entre mi círculo de mi amigos. Pero todo me importaba poco con tal de estar con Pamela. Había noches en las que veíamos porno lésbico juntos, lo cual me hubiera parecido fantástico de no ser que ella parecía disfrutarlo más que yo, llegando a masturbarse impacientemente o a pedirme que le hiciera un cunnilingus, aun en las ocasiones en que su aseo íntimo dejaba mucho que desear. No siempre estaba dispuesta a realizar el coito y, en una ocasión en que por lástima accedió a mi deseo, no sé si por costumbre o diablura, me metió un dildo en el culo. Grité de dolor y ella se excusó argumentando que solía meterle juguetes sexuales a su novia por ese orificio. En consecuencia, no pude sentarme sin incomodidad durante un mes.

A pesar de todo, Pamela parece empeñada en seguir siendo lesbiana, pues ya la he visto coquetear con otras mujeres. No está lejos el día en que me mande al carajo. Intento por todos los medios que me son posibles, y aun a costa de mi dignidad, sofisticar nuestro juego. No hay noche en que no me humillé ante ella y me sienta como un simple juguete. Así que me arrodillo, vestido como un puto, y comienzo a lamer, con lágrimas en los ojos, el objeto de mi deseo mientras ella, regocijada y altiva, grita lo siguiente para acentuar mi ignominia: “lame un poco más arriba, mi querida muñequita”.

La odisea de Filóstrato y Dánae I

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El santo patriarca de la iglesia ortodoxa, Focio, en uno de sus resúmenes, nos da cuenta de la que para él es “la novela griega más degenerada, obscena, lasciva, estúpida y desvergonzada de cuantas se escribieron de ese género”. Menciona que se intitulaba “historia de Filóstrato y Dánae” y que, por su estilo, su autor trata de ser un imitador de Aquiles Tacio, Longo y Caritón de Afrodisias. Pero en su resumen, más que ofrecer una amplia sinopsis como acostumbra, se la pasa tildando de analfabeta, idiota y pervertido a su autor, un tal Demetrio de Crepito, bolero del recadero del secretario de Policarpo LXIX. Desgraciadamente, el papiro original se perdió y sólo hemos hallado fragmentos sueltos sin aparente continuidad. No obstante, el sabio y verídico historiado novohispano de los carmelitas descalzos, fray Cristóbal Giménez Galán, en un fragmento de su libro “Diez días en el jardín” (obvio plagio al…

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Guión rechazado #1: Snufkin el magnífico

Escena: 57392495623

Int- En un salón de la “Satélite Güey School” – Día

GINA (la dientona sexy que tiene el protagónico) y CLAUDINE (la sensual estudiante de intercambio francesa), se encuentran dándose un profundo beso lésbico. Durante el faje no paran de acariciarse, ambas, el escote. En toda la escena se escucha la canción “Goin’ out of my head” de “The Zombies”. CLAUDINE le afloja la corbata a GINA, le muerde los labios y comienza a besarle el cuello muy despacio. Después de un rato, CLAUDINE, con su mano derecha, comienza a tocar las piernas de GINA y, luego, el coño. Close-up al rostro de GINA, que disfruta sobremanera eso. GINA cierra los ojos en total éxtasis y abre su boca para dejar escapar un pujido y volver a probar la húmeda y suculenta lengua de CLAUDINE. Entra un PROFESOR (sombrero de fieltro, cincuentón, lentes bifocales, en una mano lleva su maletín y en la otra un paraguas) al salón azotando la puerta. La música se interrumpe con un estrepitoso Scratch. Las chicas paran su forcejeo y voltean a verlo.

PROFESOR (enojado)

¿Qué se supone que están haciendo?

CLAUDINE (cínica)

La tarea, profesor (ríe).

El PROFESOR tira sus cosas al suelo y se baja los pantalones. Las chicas miran con terror su flácido miembro.

PROFESOR (lujurioso)

Si continúan con lo que estaban haciendo, les doy puntos extras.

GINA (resignada y mostrando la sonrisa dientona que ella tiene)

Como usted ordene, profesor Aquiles Pico.

CLAUDINE (Furiosa)

¡Pero qué puta eres, Gina! ¡Yo no voy a toquetearte frente a ése (lo señala) viejo verde!

GINA

¡Pero deben ser como mil puntos extras sobre el examen final, Claudine!

CLAUDINE

No, no, y no. Nunca frente a este tipo. Gritaré en caso de que se atreva a tocarme.

PROFESOR (aprehensivo)

Si ambas se resisten, me veré obligado a reportar sus actos lascivos e inmorales a la dirección.

CLAUDINE

¿De qué actos lascivos e inmorales habla usted?

PROFESOR

Olvidas que estás actuando en una telenovela de “telerrisa” y, cualquier comportamiento abiertamente homosexual, es censurado por nuestro rígido código de moral, ética y buena conducta. Verbigracia: No permitimos que judíos, negros y mejicanos prietos sean los héroes. Las escenas de corte erótico deben ser con parejas heterosexuales bien parecidas y que se hayan acostado…, digo, que las haya aprobado el productor de la serie. Estos apartados, y otros más, los diseñó nuestro amo y señor, “el minino Azcárraga”. Así que flojitas y cooperando si no quieren que te deportemos a ti, Claudine, y que a Gina la expulsen de su colegio de niños bien, la “Satélite Güey School” y termine, no sé, en un CCH por ejemplo.

GINA (alterada)

¡En un CCH! ¡Al lado de esos nacos que no viven en el pedregal, que no tienen piscinas ni jacuzzis en sus casas, que comen frijoles y arroz todos lo días y que son todos prietos como la tierra!

CLAUDINE (interrumpiéndola)

Seguramente tu estarás bien pinche güera, Gina.

GINA

¡El tono de piel que yo tengo es por el bronceado que me di la semana pasada en el “spa”, Claudine! ¡No, qué oso, prefiero ir al infierno antes que entrar a una escuela pública!

PROFESOR

Entonces les ordeno que una me chupe el rabo, hasta que quede bien duro, y que la otra me limpie las pelotas con la lengua.

SNUFKIN (bizarro y perspicaz)

Al único al que le van a chupar el rabo y a lamerle las pelotas estas doncellas, va a ser a mí, y no a usted, profesor Aquiles Pico.

GINA y CLAUDINE (gritan emocionadas)

¡Sunfkin!

Aparece de la nada el galante héroe de esta historia: SNUFKIN. SNUFKIN es pelicastaño, lleva el cabello largo hasta los hombros, viste saco sport verde pistache, un suéter de un verde un poco más oscuro que el de su saco y unos pantalones de pana café. Se encuentra en uno de los pupitres que están hasta el fondo del salón. Lo encontramos sosteniendo una guitarra eléctrica Gibson Les Paul Goldtop y se avienta un requinto gruesísimo con Hammerings, pull-offs, sweep pickings y demás trucos. Deja la guitarra a un lado. Se acerca al PROFESOR. Lo patea en las gónadas y le da un golpe en la mandíbula que lo deja noqueado. Las chicas se excitan y mojan su ropa interior de la emoción.

GINA y CLAUDINE (aún emocionadas)

¡Snufkin, eres lo máximo!

Comienza a sonar “Tell her no” de “The Zombies”.

SNUFKIN (galante)

Entonces… ¿Gustan entrarle a un ménage à trois?

GINA

¿Y eso qué es?

CLAUDINE

Mira y aprende.

GINA y CLAUDINE, impacientes, se entregan a SNUFKIN y comienzan un orgiástico beso triple. SNUFKIN no puede decidirse por ninguna de las dos chicas. No obstante, se decide por CLAUDINE y es por eso que la come a besos y la lleva al escritorio para hacerle el amor. Ahora lo que vemos es un montón de tomas difusas de SNUFKIN haciéndole el amor a las dos colegiales en un montón de posiciones sexuales en un montaje frenético (¿alguno de ustedes ha visto “Naranja Mecánica”?), al grado que ya no sabemos a quién le está tocando y lamiendo las tetas, chupándole el coño o revolcándose encima del escritorio o el piso. Fondo negro. Comerciales.

La odisea de Filóstrato y Dánae I

El santo patriarca de la iglesia ortodoxa, Focio, en uno de sus resúmenes, nos da cuenta de la que para él es “la novela griega más degenerada, obscena, lasciva, estúpida y desvergonzada de cuantas se escribieron de ese género”. Menciona que se intitulaba “historia de Filóstrato y Dánae” y que, por su estilo, su autor trata de ser un imitador de Aquiles Tacio, Longo y Caritón de Afrodisias. Pero en su resumen, más que ofrecer una amplia sinopsis como acostumbra, se la pasa tildando de analfabeta, idiota y pervertido a su autor, un tal Demetrio de Crepito, bolero del recadero del secretario de Policarpo LXIX. Desgraciadamente, el papiro original se perdió y sólo hemos hallado fragmentos sueltos sin aparente continuidad. No obstante, el sabio y verídico historiado novohispano de los carmelitas descalzos, fray Cristóbal Giménez Galán, en un fragmento de su libro “Diez días en el jardín” (obvio plagio al Decamerón de Boccaccio), reproduce punto por punto esta historia que, a continuación, transcribimos.

I

En una hermosa quinta de algún lugar de Italia se encontraba un grupo de jóvenes y galantes cortesanos que huían de una peste, de una guerra civil y de una invasión morisca. Y, para alejar sus pensamientos de las grandes calamidades y desdichas que habitaban su realidad, se solazaban en aquel palacio del bucolismo que era su precioso jardín en donde tañían muchas canciones, jugaban a muchos juegos, realizaban suntuosos banquetes y llevaban acabo pecaminosas actividades que por mi natural decoro no me molestaré en relatar. Pero ninguna de estás cosas (salvo la recreación que no nombré) les causaba más placer que escuchar historias. Es pues que, a la hora de la nona, se sentaban bajo el amparo de la sombra de los árboles y comenzaban a relatar muy honestos y ejemplares cuentos. Tocaba el turno de un muchacho, laudista y algo guasón, de relatar y todos prestaron oídos a su historia que comenzaba de esta manera:
Corría la época en que nuestros ancestros creían en los engañosos dioses gentiles. Y, en una isla que llevaba por nombre Colonne, vivía Telonio, un noble de descendiente de la casa de Aquíles que tuvo la desgracia de tener un único hijo con su primera esposa, al que le puso el nombre de Filóstrato. Digo desgracia, porque Filóstrato era un inútil. No servía para la guerra, era el peor en el gimnasio y sus ideas filosóficas a nadie le importaban. No obstante, era famoso por tocar el harpa para citar los versos de Homero, arte que desempeñaba de forma aceptable, convirtiéndose, así, en un rapsoda.
Encontramos, pues, a Filóstrato tumbado en la cama, como era su costumbre, llorando; pues su querida Lisístrata lo había dejado por un bárbaro. Y que ella prefiriera a un bárbaro antes que a un griego libre, no hablaba muy bien de él que dígamos. Vino, pues, a consolarlo su amigote Darío, hombre festivo, liberal y compañero en sus correrías. Al verlo entrar, Filóstrato le ordenó:
—Cierra la persianas, ¡oh mi único y gran amigo!, para que este cuarto se asemeje a las penumbras del Tártaro. Que el desdén de esa enemiga mía, de la que nunca recibí un beso o ya siquiera un mirada que no estuviera cargada de desprecio, ha enfermado mi alma. ¡Maldigo tu mal tino, oh gran dios Amor, hacedor de desgracias y desventuras!
A lo que Darío respondió:
—Inútil es lamentarse, oh desdichado e infeliz colega, más cuando hoy toca hacer una libación al templo de Dionisio. Ea, levántate de tu lecho, que las lágrimas no vienen bien en un hombre libre y noble como tú, además que tengo una noticia que te interesará mucho. ¿Recuerdas a la sobrina del duque de Atenas?

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Aquí interrumpió la historia un espectador muy preocupado por la verosimilitud:
—Amigo Gerardo —que así se llamaba el farsante—, ¿vos estáis seguro de que en la antigüedad existían títulos nobiliarios como el de duque? Pues nunca escuché de ellos en la Poética de Aristóteles ni en la República de Platón.
—Si eso no le preocupó a Shakespeare, mucho menos a mí.
Y continuó:
—¿Hablas de mi amiga de la infancia Dánae, Darío?
—La misma. He escuchado que vino a resguardarse, en compañía de su madre y de sus tías, a nuestra isla pues los atenienses están en guerra, para variar. Aunque está comprometida con un tal Ulises, éste se encuentra luchando. Ve a saludarla y preséntate en el templo como el ilustre ciudadano que eres.
Un súbito júbilo le hizo levantarse. Así que tomó su harpa y fue para allá.
Ya en el templo le pidieron que cantase algo de provecho y él, con mucho beneplácito, recitó aquel pasaje que Homero pone en boca de Helena y que dice:

¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo llorando.

Como todos ya estaban bajo el efecto del dios, aplaudieron aquel pasaje sin darse cuenta de que no venía muy a cuento para la ocasión. No obstante, una joven que acababa de llegar, escuchó conmovida su canto. Filóstrato, aún sin poder olvidarse de su Lisístrata, quiso refugiarse en donde pudiera estar en compañía de su soledad; pero una nívea mano tocó su espalda y, al voltear a verla, éste se hincó en el piso y dijo:
—¡Aún no bebo ni una gota de vino y ya estoy viendo visiones! ¿Eres acaso Afrodita o una ninfa del bosque?
La joven rio ante sus simpleza y le contestó:
—¡Qué gracioso eres! ¡Vamos, levántate, Filóstrato!
—¡No puede ser! ¡De verdad estoy delirando! ¡La diosa conoce mi nombre!
—No te avergüences más y compórtate ante una dama —le reprendió su padre—, que ella no es ninguno de los disparates que tú dices sino Dánae, tu amiga de la infancia, ¿qué no la recuerdas?
Mudo quedó de la impresión pues en ella Afrodita había puesto todas sus virtudes…
(Aquí el narrador volteó a ver a una de las mancebas de las que estaba enamorado y que respondía al nombre de Amanda).

… que eran las que, a continuación, voy a relatar: su piel era blanca y competía en palidez con el mármol; su cabello, un río de fuego y, por último, sus labios eran dos pétalos de rosa que flotaban sobre un lago de demencia. Llevaba puesto un vestido púrpura muy ceñido que, por no faltar a la verdad, apenas y se podía decir que la cubría. La vista del bueno de Filóstrato se perdió en aquella engañosa cordillera que era su escote, y digo engañosa, porque prometían ser dos volcanes más ardientes que el propio Etna. Estupefacto quedó el rapsoda y más aún cuando su señor padre le informó:
—Dánae y su parentela se quedarán con nosotros en lo que terminan las hostilidades.
De no aparecer convenientemente su amigo Darío para socorrerlo, su hubiera roto la frente del sorpresivo desmayo que le dio. Los siguientes días que pasó Filóstrato fueron el infierno más dulce que pudiera imaginarse, pues ella y él se intercambiaban furtivas miradas cuando coincidían en alguno de los pasillos de la casa. A la hora de la comida sus pies se tocaban bajo el amparo de la mesa y, en las noches, Filóstrato tocaba a deshoras, y con no muy templada voz, canciones que todos creyeron que eran de su invención; pero la verdad es que Amor, más que inspirarlo, lo instaba a que revolviera los versos de la Ilíada con los de la Odisea, convirtiéndolo todo en un batiburrillo que ni su falso dios Zeus entendía.
Volvió a refugiarse en su lecho (no precisamente para llorar), hasta que Darío vino para reprehenderlo por su timidez y cobardía.
—¡Oh miserable y amanerado amigo! Deja de buscar sustitutos baratos para tu deseo y mejor vámonos a un lupanar, ya que te niegas a mojar con la lluvia de tu pasión a esa sedienta de amor que se aloja en tu casa. ¡Valiente fue nuestro padre Zeus que, transformándose en lluvia, concibió, en el vientre de la mitológica Dánae, a un Perseo para que el mundo tuviera un héroe con qué regocijarse! ¡Anda, levántate y haz algo de provecho!
—¡Oh grande y preocupado Darío! Que a la única que quiero es a Dánae, mas, ¡ay de mí! Ésta está comprometida con un general ateniense y mi madrastra, una lacedemonia que es casi una bárbara, quiere que me case con una de sus, inferiores a mí, sobrinas. Pero desde que llegó ésta amiga de mi infancia, con la que solía trepar en los árboles y chapotear en los estanques, mi mente no se aparta un instante de ella. Sus labios son la única medicina que puede curar mi abrasadora dolencia. Pues yo Dánaeo soy y a Dánae adoro, en Dánae creo y a Dánae amo.
“Estas palabras me suenan muy familiares”, dijo un envidioso para interrumpir la narración. A lo que Gerardo respondió: “Esta historia es anterior al nacimiento de nuestro Señor, por lo que creo muy probable que el autor de la Celestina se inspirara en ella. Ahora, si me hacéis el favor de dejar de interrumpirme…”
—¡Deja de blasfemar en el nombre de nuestro dioses y ocúpate en algo! Que para ti no valen sabios consejos ni prudentes órdenes. Acompáñame mejor a cazar, que empiezo a creer que los asuntos de Eros son demasiado para ti.
Filóstrato tomó su arco y carcaj y se fueron a un hermoso vergel en donde sobraban las reses, pero Darío, que no desaprovechaba una ocasión para imitar a los sátiros, fue al acecho de una esclava que paseaba por ahí y que de inmediato sedujo (u obligó, que en el caso de una de su condición daba lo mismo). Mientras que Filóstrato se extravió, y en lo que hallaba el camino a casa, se le apareció la visión más hermosa que hubiera visto:
Refrescándose del caluroso estío que azotaba a la isla, se encontraba Dánae, en compañía de unas amigas suyas, bañándose en un lago. Aun el imponente verdor que circundaba aquella piscina natural no podía opacar la imponente blancura de la musa del rapsoda. Sucedió, pues, que Filóstrato las espío escondido en un matorral, creyendo que se trataba de la aparición de unas ninfas como él mismo relató momentos después. Si bien todas eran hermosas, ninguna le hacía competencia a Dánae, dueña de la más absoluta belleza y sensualidad. Filóstrato, ebrio de tanta hermosura, comenzó quizá a agitar el arbusto más de la cuenta, cosa que no pasó desapercibido para la vista de las doncellas.
—¿Quién nos espía?
Sintiéndose descubierto y sin encontrar otra salida. Salió de su escondite, para sorpresa y espanto de todas (excepto Dánae). Y para calmarlas de su pánico, dijo:
—Descuiden, señoras mías. Soy solo un extraviado cazador…
Y como no se fijó en donde pisaba. Resbaló, cayó al agua y, como queda dicho en esta verídica historia, Filóstrato no sabía hacer nada: mucho menos nadar. Así que estuvo chapoteando de forma estúpida un rato hasta que terminó sumergido en el agua. Por poco muere ahogado de no ser porque alguien lo puso en tierra firme y le dio el delicioso beso de la vida. Una vez que expulso toda el agua de sus pulmones, vio, borrosa y diáfana, el hermoso rostro de la mitad de su alma. Filóstrato, no tan tonto como se podría suponerse, fingió no haberse recuperado del todo. Dánae, quizá también fingiendo preocupación, volvió a darle respiración de boca a boca. Una vez que sus bocas se unieron, sus lenguas se engarzaron en una placentera lucha en donde no hubo un ganador. La tomó en sus brazos y, como éstas parecían tener vida propia, bajaron con parsimonia hasta las nalgas. Ella las apartó de ahí y con aparente molestia, le dijo:
—Sé más galán, oh noble Filóstrato.
—Disculpa, oh hermosa Dánae. Pensé que un súcubo me había visitado.
Excitados quedaron los caballeros y sonrojadas las damas al escuchar la anterior escena. El narrador continuó para que el publico se sosegara.
Anochecía, mas la argenta y clara luz de la luna, que en brillo con el sol competía, traspasaba la espesura del bosque y, asimismo, comenzaba a refrescar. Dánae fue a ponerse su túnica mientras Filóstrato la esperaba en un rincón, con la cabeza dándole vueltas y las entrañas hirviéndole de deseo. Una vez que terminó de arreglarse, ella lo tomó de la mano y caminaron juntos hasta la casa. Durante el trayecto, Dánea preguntó:
—¿Cazaste algo?
—Ni una condenada liebre.
Rio como si estuviera presenciando una comedia de Aristófanes (porque las de Lope de Vega no dan risa) y le respondió:
—No podía ser más oportuna tu intromisión con tu arco y carcaj, pues, para proteger tu identidad, les dije a mis amigas que tú eras una aparición de Amor y que querías dispararnos a todas para hacer una de esas orgías de mujeres que son tan famosas en Lesbos. Salieron corriendo y gritando como si estuvieran locas.
La soledad del paraje junto con el irresistible aroma de su piel mojada casi hacen que Filóstrato perdiera la razón y, de rodillas, le suplicó lo siguiente:
—¡Oh hermosa Dánae, en todo semejante a Afrodita! Noble soy y nuestros linajes van a la par sin que uno sea mejor que el otro. Te amo, incluso más de lo que Menelao y Paris amaron a Helena. Desde que llegaste vivo con una ardiente melancolía que no me deja comer ni dormir ni levantarme de mi lecho, todo por culpa de esa convalecencia que todos llaman amor. Unámonos, pues, en el deleite de Afrodita y juro por el que según dicen es mi ancestro, Aquiles, que te tomaré por esposa, aun en contra de la voluntad de nuestros padres—y comenzó a besarle la mano, pero más bien parecía que se la comía.
Por increíble que parezca, mucho enterneció está confesión a Dánae. Empero, le contestó lo siguiente:
—Levántate, por favor, ¡oh querido y nunca olvidado amigo de la infancia!, que no es honorable para un hombre libre humillarse ante una doncella. Tus dulces palabras me halagan, así como tus cantos. Pero no puedo corresponderte de la manera que deseas. Mucho quiero a mi prometido Ulises y no sería justo que, mientras él está en fiera y desigual batalla, yo me esté refocilando con un rapsoda (que, me es amargo decirlo, hay una gran diferencia entre las armas y las letras). Además que, siendo éste muy celoso, violenta tormenta se desatará contra nosotros si llegará a descubrir que no mantuve mi virginidad. Por nuestra seguridad no accedo a tus deseos, no obstante…
Y le dio un rápido beso en los labios que fue casi como una sanguinaria y dulce puñalada en el pecho.
—Guarda este beso en tu memoria y solázate con él cuantas veces quieras.
Luego de caminar pocos estadios, llegaron a casa y, después de cenar, cada uno se fue a su habitación. Turbaron más de la cuenta los anteriores incidentes a Filóstrato y, dando vueltas en su solitario lecho, soñó que se encontraba en una habitación bellamente emperifollada y, en el centro y recostada sobre un diván, estaba Dánae, vestida con una sugerente túnica roja llena de joyas y rodeada de sirvientes que la refrescaban. Su cabello estaba recogido hacia arriba y comía de un racimo de uvas. Él se puso a sus pies y ella le convidó de su racimo y se puso a jugar con él como si fuera un rapaz (o peor aún, su faldero). Posteriormente, Dánae enjabonó a Filóstrato y se bañó con él sin que nada pasional sucediera. Finalmente, lo acostó en una diminuta cuna, le besó la frente y le dijo:
—Te quiero porque eres mi eunuco favorito.
Despertó el pobre gritando y sudando frío y, para cerciorarse de que todo fue una pesadilla, se tocó sus partes pudendadas. Respiró con alivio cuando las halló.
Cuando platicaron en los baños, recibió gran regocijo Darío al escuchar lo del incidente en el lago. Rato después, su amigo le sugirió que consultarán al oráculo para obtener una respuesta a su desesperado dilema, pues así eran de supersticiosos los antiguos, quienes tomaban por verdadera ciencia la adivinación. Ya en el templo, recibieron el siguiente mensaje de su falsa divinidad:

¡Piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte a las deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de los hombres que andan por la tierra.

Incrédulo, Filóstrato protestó:
—¡Y eso, por Zeus Hospitalario, qué tiene que ver conmigo! Además, eso es un fragmento sacado de la Ilíada.
—No te alebrestes, querido Filóstrato, que el mensaje es más claro que las aguas en donde Narciso se miró por vez primera. Lo que los dioses quieren decirte es que tienes que escurrirte en el lecho de Dánae, durante la noche, para hacerla tuya a la fuerza.
—¡En qué parte del mensaje se puede interpretar eso!
—Tú hazme caso, pues tienes la cabeza tan llena de aire que no comprenderías la sutileza del lenguaje divino de las deidades del Olimpo.
La tarde siguiente se celebró otra festividad pagana en la isla. Telonio realizó un gran convite y, mientras lo demás hacían libaciones y sacrificios en loor de sus profanas deidades, la pareja se sentó en una apartada mesa para tomar vino de una misma copa: Ella bebía de un lado, luego se la pasaba a Filóstrato para que el posara sus labios en el mismo sitio en donde habían estado los suyos y así sucesivamente se intercambiaban la copa, pues experimentaban un deleite parecido al que se obtiene de un beso verdadero. Ninguna otra noche hubiera estado más dispuesta a romper su voto de castidad, pero Fortuna, siempre esquiva en complacer nuestros deseos, asestó un duro golpe a los jóvenes amantes. Justo cuando las miradas de Dánae no podían ser más indiscretas, sucedió que un mensajero vino a darle una mala nueva.
—¡Oh estimada y alta doncella! Vengo a traeros la lamentable y triste noticia de que Atenas ha sucumbido ante sus enemigos y ha sido saqueada (para variar). Tu señor padre y tu prometido, que pelearon valientemente por su patria, han muerto. Mi señor, el duque —u otra figura de rango equivalente de la antigüedad—, está tratando de negociar la paz en medio del caos.
Mucho le pesó la anterior noticia a la pobre sinventura, que terminó hecha una inagotable fuente de llanto. Pero más la lamentó Filóstrato que, de nueva cuenta, veía sus deseos esfumarse enfrente de él.
Pasó diez días Dánae encerrada, lamentándose en su lecho. Y, compadecido de su desgracia, al mismo tiempo que sus bríos se renovaban al encontrarse ya sin rival, Filóstrato quiso visitarla, pero la puerta de su recámara estaba cerrada con llave, e insistía en no recibir más visitas que la de sus parientas y esclavas. Optó, pues, por hacerle una furtiva visita nocturna para curarle su melancolía. Así que el joven esperó a que todos estuvieran bajo los brazos de Morfeo, salió hasta donde se encontraba el balcón de la habitación de su amada y, con mucho esfuerzo, comenzó a trepar la enredadera que cubría los muros de esa parte de su casa. Tal es el poder de Amor que, incluso a los más cobardes y enclenques, infunde valor y determinación. Llegó, por fin, al su anhelado Olimpo personal, pero, a un lado suyo, estaba otro sujeto al que se le había ocurrido la misma industria y, agachado y aún indeciso, dijo con voz queda y frotándose las manos.
—¡Ay! Creo que ya es momento de tomar por sorpresa a la moza.
—¿Qué hace usted aquí, señor estratego?
Éste casi se cae de bruces cuando Filóstrato lo abordó. El viejo verde, pues ya no estaba en edad para hacer semejantes lances, pretextó:
—¿Qué esta no es mi casa? ¡Por el poderoso Heracles! ¡Que me he confundido! Disculpa, oh joven Filóstrato, que las copas hacen que confunda mi propio domicilio con los de otros! ¿Por dónde es la salida?
Le dijo que saliera por donde vino y el viejo, apenado, se retiró, haciendo temblar la tierra pues cayó al piso. Trémulo de la emoción, dio un paso adelante, hasta que una mano se apoyó en su hombro y le susurró al oído.
—¡Bien hecho, oh grande amigo, pensé que nunca te decidirías!
Filóstrato reconoció la voz de inmediato y susurró:
—¡Darío! ¿Tú aquí?
—Ante tu vacilación, quise también asaltar el lecho de Dánae, pero al ver esta muestra de coraje te reservo ese privilegio. Ahora, si me disculpas, sacaré por ti a otro que se esconde atrás de las persianas.
Darío fue por él y lo defenestró. Ya una vez que se encontró, por fin, solo en la habitación, vio que su somnolienta dama dio una vuelta en su cama, descubriendo, así, su marmórea y sugerente espalda. Ya no pudo resistirlo más y, con mucho sigilo, se acostó cerca de ella. Delirando de gusto, sintió sus firmes nalgas con lo que es menester sentirlas y, musitándole con dulzura en el oído, le dijo.
—Despierta, bien mío, que vengo a ofrecer remedio a tu pesar.
Despertó y, al voltear a verlo, le dijo:
—Antes de consumar nuestro amor, bésame despacio y acaríciame con delicadeza. Que la mucho prisa en el amor redunda en deseo insatisfecho.
Comenzaron a comerse a besos y, cuando todo parecía dar pie a algo más. Escucharon veloces y apresurados pasos que se aproximaban hacia la recámara. Filóstrato, deprisa y a punto de morirse de frustración, tuvo que esconderse debajo la cama. Se abrió la puerta y apareció la madre de Dánae quien, después de la muerte de su esposo, se le dificultaba dormir y de ordinario tenía pesadillas. Le comentó que había soñado que a Dánae la raptaba un cíclope y que éste la tomaba de las piernas y la partía en dos. Terminó acostándose junto a su hija, y esto fue muy contraproducente para Filóstrato, pues la señora era de complexión robusta. Y terminó atrapado, como una liebre en un hoyo muy angosto, ya que el colchón se hundió con el peso y, si no terminó asfixiado o convertido en una estampa, fue porque uno de sus falsos ídolos se apiadó de él. Luego su madre la palpó y, al notar que su cuerpo estaba más cálido de lo normal, pensó que su niña tendría temperatura y mandó a llamar a toda la servidumbre. Le trajeron agua fresca, la abanicaron toda la noche y, para que le diera sueño, le recitaron el muy famoso mito de “La bestia alterada”, que era un poema épico con más de 5000 versículos y que nuestra Señora de Santini tradujo al latín siglos después. Así estuvieron toda la noche y, cuando apenas despuntó la aurora, dejaron el cuarto, permitiendo, por fin, que un otrora apretujado Filóstrato pudiera salir y, como la falta de sueño y el deseo insatisfecho nublaron sus sentidos, terminó cayéndose por el balcón. Afortunadamente, los cuerpos de sus competidores amortiguaron su caída.
—¡En mal signo naciste pues los dioses te odian, Filóstrato!—le comentó Darío cuando lo vio en el gimnasio—. Sólo queda una alternativa y es que tú y ella se escapen.
—¿Y adónde iríamos? —contestó, haciendo gestos y rojísimo del esfuerzo que le causaba levantar la pesa de menor peso. Huelga decir que no levantó ni un ápice.
—Yo conozco un lugar, no muy lejos de aquí, en donde podrán dar rienda suelta a su amor: A pocos estadios de distancia existe una pequeñísima isla desierta con apenas lo básico para la supervivencia, razón por la cual no ha sido poblada. Yo puedo guiarlos hasta allá, sólo es cuestión de que se lo comentes a tu amada y organicemos la huida.
Le pareció una idea maravillosa pero, al salir del gimnasio, un cuervo* muerto cayó del cielo hasta sus pies y, como era natural en su supersticiosa civilización, se dijo que eso era una ominosa señal de sus inexistentes dioses. Trató de no darle mucha importancia y, como era un consumado blandengue, fue primero al bosque a recoger flores para dárselas luego a su amada. Una vez que terminó esa faena, se dirigió a la playa, pues ahí siempre se reunían Dánae y sus amigas para recolectar conchas marinas. Sucedió, pues, que una vez que llegó a la playa vio un sangriento crepúsculo y, asimismo, escuchó cómo las olas se rompían con rabia. Sintió temor: de nueva cuenta sus dioses querían evitar que consumaran su amor. Pero todo se le olvidó una vez que vio a Dánae a lo lejos. Ella, después de recoger una caracola, lo reconoció también y se saludaron en la distancia. Él deseó tener las alas de Amor para poder ir volando hasta ella; mas tuvo que conformarse con sus delgadas y lentas piernas y se puso a correr. Ardía por informarle sobre el remedio a su dilema. Pero esa cosa que llaman Fortuna le volvió a asestar otro golpe en la entrepierna y sucedió lo que a continuación escucharéis:
No muy lejos de ahí navegaba, amenazadoramente, una nave bárbara. Y, en un santiamén, bajaron de ella unos piratas. Raptar a las doncellas y salir huyendo deprisa fue todo una misma cosa. Filóstrato, que vio todo esto horrorizado, terminó hincado en la orilla de la playa, pues la tristeza que le causó no poder hacer nada por su Dánae fue mucha. Ambos alargaron sus brazos, como si estos pudieran estirarse una gran distancia, y gritaron sus nombres. Luego la nave se perdió en el horizonte. Darío y un pequeño ejército fueron allá cuando recibieron noticias de una posible amenaza bárbara, pero llegaron demasiado tarde. Filóstrato no pudo hacer otra cosa más que arrancarse las ropas, descubriendo así su lánguido y lampiño y pecho, mientras vociferaba “¡Dánae!” a los cuatro vientos y soltaba amargas lágrimas.
Ante el repentino silencio de Gerardo, las doncellas también lloraron la abrupta separación de los amantes de su historia y, como ya oscurecía y hacía hambre, prometió darle fin a su relato el siguiente día.

*Algunas versiones dicen que en realidad fue una cagada de azulejo. N. del T.