Nieve Dorada V

V

Salimos para estirar las piernas y vimos que el café de la estación estaba abierto. Entramos.

Habíamos parado en la estación de Pamanuck. Un pueblo que, antes de que llegaran los ingleses, fue descubierto por el explorador novohispano Gerardo Ordaz López a finales del siglo XVIII. Cuenta la leyenda que él y su séquito murieron bajo las fauces de unos lobos hambrientos durante un cruento invierno. Quizá sea por eso que la localidad tiene fama de estar maldita. Lo cierto es que apenas y sucede algo ahí. Salvo por su rebuscada arquitectura victoriana que adorna el pueblo y que da la ilusión de estar atrapado en un pueblo inglés, no hay nada.

El local me gustó mucho por su modestia. Parecía como si estuviera pausado en algún momento de la posguerra. De hecho, me recordaba mucho al plató de una vieja película británica en blanco y negro cuyo nombre no recuerdo. Cerca del mostrador había un árbol de Navidad. Tomamos asiento y pedimos té y emparedados. De las bocinas de un equipo de sonido se escuchó un concierto de piano. Madelaine reconoció la pieza:

––Es el concierto para piano y orquesta número dos de Rachmaninoff, lo escuché una vez en el Royal Albert Hall.

No recuerdo haber probado, antes, un té más delicioso ni haber estado en compañía más exquisita. Traté de no desanimarme ante el inevitable fin de nuestro viaje. Pasamos aquella hora hablando de temas menos personales y más superfluos. Fue un instante de felicidad que me pareció muy breve. Afuera nevaba.

Era ya muy noche. El café cerró antes de que nuestro tren se retirara. Nosotros nos quedamos sentados en una banca admirando las pequeñas luces de una ciudad en el horizonte. Estornudé y, luego de limpiarme, levanté la vista y noté que pendía del techo un muérdago. Supe que tenía que aprovechar la ocasión que se me presentaba. Le comenté mi hallazgo a Madelaine y, ruborizada y sonriente, me dijo:

––¿Quieres acaso contagiarme tu catarro, Peter?

Y en un acto de desmañada galantería contesté:

––Créeme que valdrá la pena.

Le hizo gracia lo anterior, musitó un “¡Ay, Peter!”, nos tomamos de las manos, cerramos los ojos y principiamos el beso. Aun en un clima gélido como aquel sentí la tibieza de sus labios.

Luego dijo algo que, aún el día de hoy, me da vueltas en la cabeza:

––Me da mucho gusto haberte conocido.

Yo pedí disculpas por los malos entendidos que tuvimos a lo largo de nuestro viaje. Ella me contestó diciendo que no fuera tonto y que eso era parte del trayecto.

Y juntos y cogidos de las manos regresamos a nuestro vagón.

Ya adentro, Madelaine se sintió cansada y se recostó en su asiento. Le di un beso de buenas noches y el resto del viaje lo pasamos muy acurrucados, compartiendo una cobija y con nuestros meñiques engarzados debajo de ella. Tal vez no la había gozado como lord Andrew, pero para mí éste era un momento hermoso.

Tuve que despertarla con delicadeza durante la madrugada, pues ya estábamos por llegar a Reindeer Town. Madelaine se desperezó y me preguntó que qué ocurría. Le informé que faltaba poco para llegar a su destino. Ella se despabiló y me dijo:

––Supongo que es aquí cuando nos despedimos, querido.

––Madelaine, amor. ¿Te volveré a ver?

––Tal vez… Quizá… No sé…

––Podemos vernos en estos días: St. Lorenz no está muy lejos de Reindeer Town.

––¡Oh, querido Peter! No sé ni cuánto tiempo voy a estar ahí o si regresaré a Inglaterra antes de Navidad. Además, todos en mi familia son una bola de estirados.

––¿Ahora me rechazas porque soy un plebeyo?

––¡No digas tonterías, Peter!

––Entonces dame tu número de celular o algo para que podamos seguir en contacto.

––No lo recuerdo; nunca me marco a mí misma.

Quise tener control de mí mismo, así que crucé los brazos, desvié la mirada y le contesté:

––Entonces no me resta más que desearle una feliz Navidad a usted, lady Madelaine.

Al ver que faltaba casi nada para llegar a la estación, ella intentó consolarme diciendo:

––Peter…, sé que jamás podremos moldear la realidad conforme a nuestros deseos. Este ha sido un viaje maravilloso y si tú no hubieras estado en él hubiera sido muy amargo. Agradezco mucho tu compañía, en serio. No volvamos de esto un recuerdo funesto y dejémoslo así. Será mejor reencontrarnos en una mejor ocasión. Por favor, trata de entender que esta no es la mejor circunstancia y que yo tengo una vida en Inglaterra.

––¿Nada de lo que vivimos significó algo para ti?

––Mira…, ¿por qué no nos prometemos una cosa? Recuerdas ese maravilloso café de la estación de… ¿cómo dices que se llama ese pueblo?

––Pamanuck…

––¿Qué te parece si nos volvemos a ver, dentro de un año, a la misma hora y a la misma fecha, en ese mismo lugar?

El tren paró, como esa era la única esperanza a la que me podía aferrar, acepté el trato.

––¿Juras, querida Madelaine, que nos volveremos a encontrar en ese lugar?

––¡Claro que sí, amor!

Antes de acompañarla a la salida, la abracé con mucha desesperación. Nos besamos por última vez y, a través de mi ventana, vi como salía de la estación y se perdía en el horizonte…

Y al sentirme solo de nuevo, todo lo que me sucedió, desde que salí de casa hasta la despedida de Madelaine, cobró un cariz ficticio.

Llegué por fin a la casona de mi clan. Mi abuela y mis tíos me recibieron con mucha alegría. Disimulé lo mejor que pude el desconcierto que me provocó el viaje y, asimismo, decidí olvidarme de todo: de Lizzie, de Madelaine y de toda esta puta vida. En Noche Vieja comimos haggis, y en Navidad, con el kilt puesto, me di la borrachera de mi vida. Luego de recuperarme de esa congestión alcohólica, mi tío Seamus fue a verme a mi cuarto para ver cómo estaba. Al observarme algo más descompuesto de lo normal, me preguntó:

––¡Peter, pequeño canalla! ¿Se puede saber por qué andas con el ánimo tan apagado?

Mi tío fue a la única persona que le conté mi historia. Una vez que terminé de relatar, se carcajeó, me dio una palmada en la espalda y dijo:

––Sé que no es lo mismo, pero eso me recuerda a mis días en la universidad de Edimburgo. Yo practicaba canotaje. Un día realizaron una competición cuyo premio sería pasar una agradable velada (ya sabes de lo que hablo, ¿verdad?) con una muchacha que habían rentado para la ocasión y que escondieron en una especie de granero. Con semejante motivación remé como nunca y gané. Entré, pues, al granero a reclamar mi premio. Ya ahí, admito que la sorpresa fue mayor de la que esperaba pues, para ser una mujer de mala nota, ella era hermosa. Era de cabellos dorados como tu Madelaine. Aunque la ilusión se disipó un poco cuando comenzó a hablar y detecté un acento cockney muy marcado (¿tú chica no será en realidad una de esas?). Como sea, hice lo que tenía que hacer y ya cuando me retiré no dejé de tener lástima por la pobre chica. Una vez me sentí tentado a viajar a Londres para buscarla, pues había pasado un momento increíble con ella, pero, a final de cuentas, llegué a la conclusión de que un buen polvo es un buen polvo y pensar que algo se va a repetir como la primera vez es pensar puras pendejadas. Un día que vayamos a Escocia te invitaré una puta.

Curiosamente, esa peregrina plática me ofreció mucho consuelo.

Regresé a casa sin olvidar, durante todo el año, la promesa que Madelaine y yo hicimos. Los días transcurrieron con parsimonia. Hubo muchos descontentos, la mayoría relacionados con Lizzie, pero la vida siguió su habitual rutina. No fue un mal año del todo, pero la esperanza de reencontrarme con Madelaine hizo tolerable todos los fracasos. Volvieron las vacaciones de invierno y, de nuevo y más impaciente que antes, hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Esta vez no hubo tan mal clima, aunque tuve que compartir asiento con una vieja loca y su gato. El viaje fue incómodo, sufrí inexplicables retrasos y tuve momentos de amarga impaciencia al sentir que no llegaría a tiempo a la cita prometida. Sin más preámbulo y con un poco de retraso, llegué a la estación de Pamanuck. Noté algo diferente el lugar y ya no me gustó tanto. Tomé asiento en la mesa que, según yo, nos habíamos sentado el año pasado. Mi pierna no dejó de temblar. Luego divisé una silueta que se me figuró a la de Madelaine. Cuando le toqué el hombro y ella me volteó a ver, me entristeció encontrarme con un rostro que, aunque era igual de hermoso que el de Madelaine, no era ella. Le pedí disculpas y ella me dijo que no tuviera cuidado. Por alguna razón me hizo compañía y me dijo que se llamaba Audrey Ledoux y que esperaba a su esposa (un tal Ernest). Recuerdo que llevaba un niño en los brazos. Llegó su marido, que tenía apariencia de ser un médico, y se retiraron. Esperé hasta que el café cerró. Esperé un poco más, con un frío de los mil diablos y exponiéndome a pescar una pulmonía, en el andén de la estación. Abordé el último tren para pasar rápido a la casa de mi abuela y, ya estando ahí, inventar un pretexto y regresar, en la mañana, a la estación de Pamanuck. Hice eso y al llegar al café de la estación, desayuné un té y una magdalena con tranquilidad, pues ya estaba resignado a la idea de que Madelaine había roto su promesa.

Nunca llegó.

Me deprimió el hecho de que un momento que había significado todo para mí, para ella no significara nada.

Nieve Dorada IV

IV

––¿Tienes una historia? ¿También huyes de algo?

Preguntó Madelaine. Nada de lo que me contó podría compararse con cualquier anécdota mía. Sin embargo, y ya que me había relatado algo tan íntimo, pensé que sería una inconsideración no hacer lo mismo:

––Algo así. Todas las vacaciones de diciembre voy a St. Lorenz y siempre lo paso bien ahí. Pero esta vez el semestre se me hizo eterno y desee que el invierno llegase lo más pronto posible. Verás: desde el año pasado estoy enamorado de una chica llamada Lizzie Smith. No es muy guapa y, aunque se ufana de ser única y extravagante, lo cierto es que eso es más una impostura que un hecho. No obstante, la quiero por se quien es. Punto. La conocí en el club de aficionados a la animación que tenemos en la secundaria. Ahí realizamos debates, discutimos la horrible decadencia de los estudios de animación nacionales (¿has visto la caricatura “Los secretos de Moville”?) y nos prestan el salón de audiovisuales y su proyector para ver las películas y cortos que nos gustan. Es un buen lugar para conocer inadaptados. En la primera reunión, si bien no sucedió hace mucho pareciera que ocurrió hace más de medio siglo, recuerdo que la vi sentada en los asientos del fondo del salón. Parecía como que no quería ser notada; pasar desapercibida ante todos. Asimismo, iba en compañía de su amiguita lesbiana cuyo nombre nadie sabe pero es por todos conocida como “Star”. Apagaron las luces y proyectaron la película Akira. Después de la función tuvimos un encarnecido debate en donde defendí mi postura acerca de la enorme deuda que tienen los japoneses con el cine de Ridley Scott y Terry Gilliam (más concretamente las películas de Blade Runner y Brazil). Creo que mi opinión no fue muy popular, pero recuerdo que Lizzie me miró con admiración. Desde ese día no paré de seguirla sin decidirme a hablarle. Era tanto su misterio que sentí miedo de que la idea que me estaba haciendo de ella no coincidiera con la realidad. Pero una tarde después de clases la encontré, por casualidad, fumando con Star adentro de las gradas de fútbol y me decidí. Dije que quería hablar con ella. Star refunfuñó algo y Lizzie dijo que estaba bien y que aceptaba charlar conmigo. Su amiga se fue y nos quedamos solos. Estábamos como en una penumbra y casi no podía verla a la cara. Le dije mi nombre, ella me dio el suyo. Le compartí de uno de mis chocolates que me compró mi mamá y ella aceptó. Hablamos de videojuegos, caricaturas extranjeras, grupos de rock, cine y de todas aquellas cosas que podrían parecerte infantiles pero que, para nosotros, significaban algo más. Lizzie no era lo que soñé, aunque tampoco se distanciaba mucho de mi ideal. Recuerdo que le comenté que en la mañana había roto una cuerda de mi guitarra al tratar de afinarla y ella me confesó su sueño de viajar a Japón y dedicarse a dibujar mangas. El resto fue silencio. Luego la acompañé hasta la estación de autobús más próxima y ahí nos separamos. La música es parte integral de cualquier persona y, en mi caso, al escuchar el estribillo de la canción de Interpol Obstacle 1 (el que dice “She can read, she can read, she’s bad”), me acuerdo de ella.

No sé si Madelaine me ponía atención. A ratos me miraba fijamente; a ratos sacaba su espejo y se acomodaba un mechón. Sin embargo, sentí consuelo al desahogar mi cuita y, sin saber si me escuchaba o no, continué:

Desde ese día comencé a esperarla a la entrada de la escuela para acompañarla hasta su salón. Esto llegó a molestarla y me lo expresó, muy molesta, una de las tantas veces que lo hice. Ya no supe qué hacer y durante las reuniones del club ella me trataba fríamente. Los celos son algo nefasto y comencé a darme cuenta de que no era el único que estaba enamorado de Lizzie; esto me atormentó hasta lo indecible. Fue tanta mi desesperación que escribí una obra de teatro escolar que recibió moderados aplausos en su primera y única representación. Ella comenzó a tratarme como la mierda (perdón por la soez palabra) y la chica soñada se convirtió en una pesadilla. Me distancié, pues, de Lizzie y, a lo lejos, vi su desfile de novios ocasionales. Inclusive una vez tuve una confrontación con Star. Seguramente ella me vio como un rival y comenzó a increparme de un montón de cosas en las que yo no tenía nada que ver, sin embargo, al final me dijo algo muy extraño: “sigue así y quizá te haga caso en cuarenta años”. Terminé, desde luego, muy confundido. Luego que rompió con su último novio, y, sin ser precisamente amigos (Lizzie sólo te admite en su cerrado círculo de amistad si logras comprender su “locura”), comenzamos a tratarnos civilizadamente. En el club continué con mis apasionados argumentos y Lizzie me contradecía o apoyaba dependiendo la ocasión, aunque siempre sin mala voluntad. Una vez que jugamos a “la botella” la besé. Fue más un choque de labios que otra cosa: un beso hecho sin ningún arte, pero un beso a final de cuentas. Aun con la férrea voluntad que puso en no corresponderme, el recuerdo más dulce que tengo de ella es el siguiente: Fue en octubre, el mes en que cumple años. Conozco sus gustos, así que no fue difícil para mí saber qué regalarle. Llegó el día. Yo la esperé, impaciente, en el salón de audiovisuales. Entró. Le entregué el presente, sin esperanzas, sin esperar nada a cambio. A ella le conmovió que recordara su onomástico. Al abrir su regalo, pegó un brinco y gritó emocionada: “¡Oh, por Dios!” Luego, puso el disco que le regalé encima de un pupitre y, en contra de todo pronóstico, me abrazó con todas sus fuerzas. Yo me sentí como mantequilla en medio de sus brazos y, por un segundo, fui el hombre más feliz sobre la tierra. Al separarnos y declarármele pensé que de ahora en adelante nuestras almas serían, como dice un cuento de Baudelaire, una sola. Mas ella me desengañó, ¿por qué me elevaba a los cielos y, de pronto, me dejaba caer a pique? Lizzie se dio cuenta que mi cerebro era incapaz de procesar tanta dicha combinada con tanta pena y me exhortó a que me calmara. Lo tomé lo mejor que pude y pensé que, a pesar de todo, el ansiado noviazgo no estaba muy lejos. Durante el viaje de regreso a mi casa en ómnibus, cerraba los ojos y me abrazaba a mí mismo para recrear tan maravillosa experiencia. No tardó mi existencia en convertirse un infierno cuando la vi en la calle de la mano de un hombre un poco mayor. Quise agarrarme a golpes contra él, pero sabía que no tenía ninguna oportunidad. Los siguientes días me porté muy grosero y eso, en consecuencia, causó un serie de malos entendidos que no sé si tendrán solución.

El tren paró en una estación y, antes de apearnos, Madelaine comentó:

––Veo que ambos sufrimos por el amor.

––Yo no sufro por eso. Simplemente estoy solo.

Nieve Dorada III

III

Apenas volvimos a nuestro vagón, el tren se puso en movimiento. Como me sentía muy avergonzado por lo ocurrido, le sugerí a Madelaine que solicitáramos un cambio de lugares si no se sentía cómoda con mi compañía. Ella arguyó que no había ningún problema conque continuáramos el viaje juntos y que me debía una explicación. Tomamos asiento y me relató lo siguiente:

––¡Oh, Peter! No tienes ni idea del gran pesar que tengo. No he parado de huir de todos y, principalmente, de mí misma. Hasta hace apenas unos días conservaba en mi fuero interno eso que llaman esperanza, pero ahora…

Se soltó a llorar. Intenté consolarla mientras mojaba mi abrigo con sus lágrimas. Se tragó su llanto y continuó:

––Puede parecerte una niñería lo que te voy a contar, pero es increíble lo que una mujer puede hacer por amor. En mi relicario conservaba la foto del caballero al cual le entregué todo lo que una jovencita enamorada, como yo, puede dar. Su nombre es lord Andrew y lo conocí un verano durante el campeonato de Wimbledon del año pasado. Yo iba en compañía de unas compañeras del internado que estaban enamoradas de uno de los contendientes. Practico un poco de tenis, más para mantenerme en forma que por afición. Para mí el torneo era un excusa para conocer a gente nueva. Aunque el partido no despertó mayor interés en mí, el rebote de la pelota hizo su efecto hipnótico y no paré de seguirla con la vista. También recuerdo que hacía un día soleado lo cual es un verdadero milagro en un lugar como Londres. Cuando terminó el primer set, escuché que alguien me preguntó: “Un juego reñido, ¿no le parece?”. Volteé la vista y lo vi. Sentado muy cerca de mí estaba un encantador y gallardo caballero del cual me quedé instantáneamente prendada. No supe qué responderle para no quedar como una tonta y le dije que me daba igual quién ganara. Me sonrió y me dijo que también para él era un partido mediocre. Yo estaba atónita de que un hombre como él me dirigiera la palabra pues me sentía insignificante en compañía de mis amigas. A comparación de ellas yo soy un poco rolliza de complexión y también un poco infantil (aún me gusta usar pijamas con unicornios y esas cosas). Sin embargo, me sentí contenta de tener alguien con quien conversar ya que mis compañeras estaban demasiado ocupadas babeando por su tenista. Durante el juego intercambiamos información: él me dijo quién era y yo hice lo mismo. Resultó que teníamos amistades similares. El corazón casi se me parte en mil pedazos al ver su anillo de matrimonio, ¡pero qué tonta me sentí! ¡Y cuánto sufrí aquel detalle después del partido! Después que terminó el partido, se ofreció a invitarnos una taza de té a mis amigas y a mí. Aceptamos encantadas, por supuesto. Recuerdo haberme visto en el espejo del sanitario y sentirme ridícula: no iba muy arreglada y estaba tocada con una ridícula visera. A mi favor diré que mi camisa hacía muy poco por ocultar el tamaño de mis pechos, que sin cirugía eran más grandes que los de mis compañeras. La charla fue amena y el té espléndido, pero tuvimos que dejarlo pronto pues habíamos programado para ese día una agotadora sesión de compras. Lord Andrew se despidió de nosotras con mucha cortesía y yo me despedí de él con el ardiente deseo de volver a verlo. “Menudo ligue te anotaste, africana”, me dijo Casandra, la compañera más puta que tengo y que se ha acostado con media Inglaterra. Yo intenté negarlo y hasta saqué a la luz el detalle que estaba casado; eso evidenció todavía más el hecho de que estaba interesada en él.

Su relato se vio interrumpido porque uno de los revisores nos preguntó por nuestros billetes. La inesperada intimidad que había tenido con Madelaine nunca la tuve con Lizzie. Con la primera no tenía nada en común y, no obstante, quien nos viera de lejos y no nos conociera creería que éramos amigos de toda la vida e, inclusive, amantes. Con la segunda me unían tantas cosas que aun el día de hoy me sorprende que seamos poco menos que conocidos. Luego que le mostramos los billetes al revisor, ella continuó:

––Creo en el destino; más de una vez he comprobado esta afirmación que no puedo explicar con simples palabras. Como fui educada bajo los más firmes valores anglicanos, creo fuertemente en la predestinación. Un día una amiga me invitó a una fiesta que se celebró en una exclusiva mansión de la campiña. Fue una alegre reunión, nada del otro mundo, hasta que volví a ver a lord Andrew. Me lo encontré mientras intentaba hallar la salida de un laberinto de pasto. Él estaba admirando unas estatuas grecolatinas que adornaban la fuente ubicada en el centro. Me sobresalté al verlo y tiré la copa de champán que me estaba bebiendo. Se veía espléndido con su esmoquin. Él me saludó con una reverencia y yo le respondí de igual manera tocando los pliegues de mi vestido rosa con mis guantes blancos. Pregunté por el camino de regreso, pero él insistió en que lo acompañara y que, juntos, halláramos la salida. Sería imposible explicar la enorme emoción que sentí al agarrarme de su brazo. Platicamos de nimiedades. Una vez que salimos del laberinto, él me invitó a que pasara las vacaciones de invierno en su casa y, como éramos parientes, no fue difícil convencer a mis padres a la hora de solicitar su permiso. Aquel semestre en el internado fue para mi eterno, pues no paraba de contar los días para reencontrarme con mi adorado lord Andrew. Soñaba con casarme con él y formar una familia. Después de esa tortuosa espera, llegó el día y conocí a su hermosa familia. Su esposa y sus hijos eran encantadores. Sentía felicidad en medio de mi desdicha. Era feliz siempre y cuando estuviera cerca de lord Andrew.

El mensaje de un altavoz interrumpió su relato: Nos advertía que, debido a la tormenta de nieve, el paso del tren sería más lento y rogaban porque disculpáramos esa molestia. Ella no se mostró muy impaciente por llegar a su destino y prosiguió:

––Juro que nunca vi un matrimonio más feliz que el que tenían lord Andrew y su esposa. Creí que para él yo no era más que una mocosa; prácticamente una hija. Pero, en aquella mañana de Navidad, recibí un regalo por parte de lord Andrew que me devolvió las esperanzas: me obsequió el relicario que contenía una foto suya; aquel mismo que tiré a las vías. Estaba muerta de amor y, una noche, una en que un ardiente insomnio no me dejaba dormir, salí de la recámara donde me alojaba para tomar un vaso con agua. Recuerdo que nada me sosegaba pues di mil vueltas en mi cama e, inclusive, llegué a realizar solitarias prácticas nocturnas que, aunque no son ajenas a nosotras las mujeres, nos avergüenza admitir que disfrutamos plenamente de ellas. Después de beber agua directamente del grifo, pues tenía mucha sed, y al tomar el camino de regreso a mi habitación, vi que la puerta de la biblioteca estaba abierta. Mi curiosidad fue más fuerte y decidí entrar. Encontré a lord Andrew, vestido con un albornoz y leyendo un tomo bellamente encuadernado de Dickens. ¿Holgará decir que él podría pasar, sin ningún problema, como mi padre y que, de hecho, fueron compañeros en el internado Eton? Sería más revelador, en todo caso, relatar mi poca decorosa apariencia: llevaba puesto un camisón que hacía muy poco por ocultar lo que es conveniente que no se vea de una jovencita. Él se desconcertó por mi inesperada intromisión y yo le contesté que fui por un vaso de agua, asimismo, le dije que no tenía sueño y que si podía disfrutar un poco más de su compañía. A él le encantó la idea y notó que en mi cuello llevaba el relicario. Le dije que me había encantado. Platicamos. Una cosa llevó a la otra. Yo le confesé mi amor. Él me llenó el cuello de besos. Cerró la puerta de la biblioteca y yo le entregué aquello que una mujer da y ya nunca vuelve a recuperar. Llegó el amargo día en que tuve que regresar a mi casa y lord Andrew, naturalmente, se ofreció a llevarme a la estación. Como una forma de despedida, terminamos haciéndolo, también, en los asientos de su Rolls Royce. De regresó al internado ya no era la misma. Sabía que mi amorío no conduciría a nada. Me sentía rota por dentro, sin embargo, tuve algunos encuentros fortuitos con lord Andrew: siempre que estaba en Londres, me escapaba de mi cautiverio, cenábamos y terminábamos en un hotel de Piccadilly Street. A veces, mientras contemplaba, sola, las calles a bordo de un ómnibus carmesí, no dejaba de sentirme sucia y vacía. Hubo una temporada en que no supe nada de él y sentí que la vida se me iba. Disimulé lo mejor que pude mi estado de ánimo cuando estaba con mis compañeras para que no sospecharan. A nadie, excepto a ti, le he confesado esto. Pero lo que realmente me destrozó el alma sucedió hace poco y es por eso que ando de fugitiva. Estoy en el Canadá porque mis padres quisieron visitar un pueblo montañés que es muy frecuentado por los aficionados al esquí. Ya adentro del hotel, mis padres y yo bajamos a la recepción y ahí nos encontramos, ¡oh, qué pequeños es el mundo!, a mi lord Andrew. Él se portó encantador con mis progenitores, como es natural, y nos invitó a una fiesta que se realizaría en una finca suya muy cerca de donde estábamos, a la cual aceptamos ir muy complacidos. Se despidió de ellos como el perfecto modelo de cortesía y caballerosidad que es, y de mí, con una genuflexión y un abrasador beso en mi helada mano que la calentó más que todo el calor de la chimenea. La vida casi se me fue con un suspiro, pero noté algo inusual: no vi ni a su esposa ni a sus hijos.

Hizo un pequeño mutis. Recuerdo su perfil enmarcado por la ventana (una ventana que era como la nada misma pues todo se veía obscuro a través de ella) y se me asemejó al de una estatua grecolatina de mármol. El tren llevaba horas sin moverse, pero no las noté. Al lado de Madelaine era incapaz de percibir el transcurso del tiempo.

––Ilusionada, me vestí con mis mejores galas. Quise realizarme un cambio de look y me hice este tocado alto que ves. Abordo del coche de mis padre, y desde mi ventana, vi a una cierva trotar por un umbrío bosque. Llegamos a la finca. Hacía una maravillosa noche estrellada. Entramos a la estancia. El salón estaba atestado de las mejores familias de Inglaterra y Canadá. Conocía a todos y ellos también me conocían. Pero no encontraba a lord Andrew. Desesperada, tomé mi abrigo y salí a buscarlo. El álgido viento del exterior lastimaba mi cutis. Temía pescar un resfriado, pero nada me importaba con tal de verlo una vez más. Entré, por pura casualidad, a una caballeriza y, en medio del establo, escuché ruidos casi animales. Mi sorpresa aumentó al ver que se trataba de lord Andrew disfrutando de mi compañera Casandra. Me llevé la mano a la boca, pero no pude reprimir un gran sollozo. Al sorprenderlos infraganti él gritó ¡Madelaine! y ella ¡africana! Salí de ahí dejando un rastro de lágrimas. Fingí ante mis padres tener una indisposición y regresamos a nuestro hotel de inmediato. No recuerdo noche más amarga que la que pasé ayer. Lloré hasta caer dormida. Desperté en la madrugada. Sentí la urgencia de huir, escapar. Dejé una nota en mi recámara advirtiéndole a mis padres que me iría a la finca de mi tío el duque. Abordé un taxi que me dejó en la estación de trenes más cercana y, como no tenía mucho efectivo y mis tarjetas estaban sobregiradas, compré un boleto en clase económica. Encontrarnos quizá fue algo fortuito, pero… ¿qué en la vida no lo es?

Nos quedamos en silencio un rato. Luego, el tren comenzó a marchar.

Nieve Dorada II

II

Eran las cinco de la tarde. Afuera nevaba y hacía un frío de los mil diablos. Aún faltaba mucho para llegar a Reindeer Town y un poco más para St. Lorenz. Entré a la cafetería de la estación de Vermillon (que fue en la que paramos). Me sacudí la nieve que se había acumulado en mis hombros, mas, ¡ay!, encontré uno de sus delgados hilos dorados y lo guardé en mi bolsillo. El local estaba lleno porque habían parado ahí un grupo de cazadores. En el mostrador ordené un café americano, sin embargo, tuve que repetir mi orden pues Vermillon es un pueblo de franchutes y no me entendieron a la primera. Busqué un lugar que estuviera desocupado y el único vacío que encontré era en la mesa donde estaba sentada mi compañera. Pensé que ante mí se hallaba una oportunidad única. Fui a su encuentro y le pregunté:

––Disculpe… ¿Puedo tomar asiento?

Ella volteó a verme. Sus ojos estaban enrojecidos. Estuve a punto de marcharme cuando ella misma me detuvo.

––Puede sentarse si usted gusta.

––Temo ser inoportuno, señorita.

––No se preocupe. Es sólo un poco de conjuntivitis; nada grave.

El subterfugio era absurdo, pero fingí incredulidad. Tomé asiento y ella me ofreció de sus caramelos. Acepté uno con mucho gusto.

––¿Viene muy seguido a Canadá?

––¿Eh? Sí…, pero es la primera vez que lo hago sola. Me fugué de una fiesta, ¿sabe?

––Debió ser una muy aburrida.

––No tiene idea ––si bien esbozó una pequeña sonrisa, presentía que algo la angustiaba. Tomó un caramelo y lo paladeó con desgana.

––Pues bien, ya que vamos a ser compañeros de viaje durante un largo rato, sería bueno que nos presentáramos. Soy Peter, Peter MacLeod. Un placer.

––Yo soy lady Madelaine. Encantada.

Cómo no sabía si se estaba inventando un título nobiliario (¿para impresionar a quién?, ¿a mí?), de todas formas, le besé la mano, hice un reverencia y la traté de “alteza”. Ella, un poco azorada, me dijo que tampoco era para tanto, que por favor le hablara de tú y que si pertenecía a la nobleza era por una línea consanguínea muy rebuscada, que ni ella se molestó en describir ni yo intenté, tiempo después, en indagar.

––¿Y cómo es la vida allá en la madre patria?

––Terrible. Me la paso en un estricto internado para señoritas y, cuando salgo de vacaciones, tengo que asistir a reunión tras reunión de estirados. A veces es divertido, pero otras veces… ¿Sabes? Aunque me crié en Londres, nací en Sudáfrica. Mis compañeras me molestan diciéndome la africana, es estúpido, ¿no te parece? ¿Y cómo es la vida aquí? ¿Se divierten, hacen cosas interesantes?

––Aquí la vida es igual de aburrida que ver crecer el pasto.

––¿Pero no tienes, digamos, sueños, aspiraciones?

––Sueño con algún día visitar la tierra donde nació mi tatarabuelo: Inverness. Y la única aspiración que tengo es terminar el instituto y estudiar arquitectura o algo así.

––Desearía tener un sueño; no recuerdo si alguna vez tuve uno… ¿Dices que quieres viajar a Inverness? Yo he estado ahí. Es maravilloso pasear en bicicleta por el campo y ver los castillos. Pero lo que no soporto es el ruido de las gaitas: cada vez que escucho una imagino que están asesinando a un ganso. Por cierto, ¿crees en el monstruo del lago?

––Aún creo en Santa Claus.

Rio.

––Hablo en serio, Peter. Porque yo sí creo que ahí hay una bestia marina.

––¿También crees en Santa Claus? Frank Baum hizo una biografía bastante confiable y verídica sobre él; con una evidencia tan fuerte no se puede discutir.

––Yo creí en el padre de la Navidad hasta los siete años: Recuerdo que lo que más quería en la vida era un poni y recibí uno en esas fechas. Se volvió inmediatamente mi mejor amigo. Yo le daba de comer, le peinaba su pelaje y lo llevaba a beber a un abrevadero. El servicio se encargaba de limpiar su establo (¡es de ver la cantidad de popó que fabrican esas criaturitas!). No había mayor alegría para mí que montar sobre mi Estrella (pues así se llamaba). Lamentablemente, el gusto de tener un poni me duró poco pues enfermó. El día que murió estuve inconsolable, ¿por qué Dios me quitaba lo que más quería? Fue terrible enfrentarme a la idea de la muerte a tan temprana edad. Luego, no sé por qué, pensé que era estúpido que Santa Claus fuera capaz de meter un poni adentro de la chimenea. Lo cierto es que ningún otro regalo pudo superar aquel y, en consecuencia, perdí la ilusión en las fiestas decembrinas. Debo parecerte un tonta, ¿no es así?

––Para nada.

El choque de los cubiertos, los murmullos en francés y una extraña canción campirana franco-canadiense que sonaba en la rocola hizo que me sintiera como en otro país, incluso pude notar que Madelaine lo disfrutaba. Aunque nunca dejó de inquietarme su melancolía, no obstante, creo que nuestra pequeña charla la tranquilizó.

––Si te soy franca, nunca he podido entender el francés canadiense: Para mí suena como a griego. ¿Te importa si salgo a fumar? De todas maneras creo que ya es hora de que regresemos al tren.

Dije que la alcanzaría en nuestros lugares pues quería comprar chucherías para el viaje. No comprendía lo que me estaba sucediendo. Ella me gustaba pero sus abruptos cambios en el hilo de su conversación me desconcertaban sobremanera. Al menos ya no pensaba en Lizzie lo cual, para mí, ya era una ventaja. Terminadas las transacciones, salí al andén. Luego, vi a Madelaine de espaldas dirigiéndose hacia la dirección contraria. Escuché el silbato de un tren. Ella había rebasado la línea de seguridad. No me pareció que estuviera consciente de lo que hacía. La máquina rugía, cada vez más cerca. Tiré mi bolsa de plástico y corrí en pos de ella. Entretanto, Madelaine extendió sus brazos como un Cristo crucificado; como si estuviera a punto de saltar de un trampolín. La tomé de la cintura y la aparté de ahí, sin embargo, ella puso resistencia. El tren paró su marcha sin mayor consecuencia mientras yo forcejeaba en el piso con una loca.

––¡Suéltame imbécil!

––¡Madelaine! ¿Te encuentras bien?

––¡Quita tus sucias manos de mí! ¡Pervertido!

No supe qué responderle y, para mi mala fortuna, llamamos la atención de un revisor y de la gente que acababa de apearse. Me separé de ella y un policía me levantó del piso, me tomó del cuello y me pidió que le diera una explicación antes de llevarme a la comisaría. Muerto del miedo, aunque en mi fuero interior sabía que era inocente, grité:

––¡Ella quería tirarse a las vías!

––¿De qué estás hablando, idiota? ––respondió Madelaine llorando.

Cuando volteé a verla, noté que de su cuello ya no pendía el relicario con forma de corazón. Tenía que esclarecer el malentendido si no quería recibir una injusta amonestación.

––Bueno, creí que ella iba a tirarse a las vías ya que había sobrepasado la línea de seguridad. No sé si en Inglaterra tienen la costumbre de esperar el tren casi rebasando la orilla, pero yo actué conforme a los valores éticos con los cuales me educaron mis padres. Acepto que pude malinterpretar las intenciones de la señorita, así que le pido una sincera disculpa si la importuné, pues no fue mi intención hacerlo.

Mi perorata, más que beneficiarme, hizo que todos los ahí presentes quisieran lincharme.

––¡Eso que te lo crea la puta de tu madre, cerdo degenerado! ––respondió el oficial. Pero, ya cuando me hacía a la idea de pasar la Navidad en una celda, Madelaine abogó por mí:

––Le creo y lo perdono.

Todos los ahí presentes quedaron atónitos.

––¿Está usted segura, señorita?

Sonrió despreocupada y dijo:

––Estoy convencida de que el caballero malinterpretó mis intenciones. Aunque apenas lo conozco, estoy convencida de su inocencia. Verá, señor oficial: yo me acerqué peligrosamente a las vías, no con la intención de poner fin a mi vida, sino para desprenderme de un doloroso recuerdo que me aprisionaba como una pesada cadena.

––¿Puede ser más clara, señorita? Que no entiendo nada de lo que dice.

––En pocas palabras, tiré un relicario en las vías y el caballero, al ver mi ritual de liberación, imaginó otra cosa y actuó como actuó. Admito, yo también, mi descuido: no debí rebasar la línea ni tirar basura a las vías del tren.

El oficial, confundido, me dejó en paz y nos dio un sermón no sin antes desearnos unas felices fiestas.

Nieve Dorada I

Nieve dorada I

And love is like a high prison wall
But you could leave me standing so tall
Fragmento de la canción Gold de Spandau Ballet

When I hear the engine pass
I’m kissing you wide
The hissing subsides
I’m in luck
When the evening reaches here
You’re tying me up
I’m dying of love
It’s OK
Fragmento de la canción Trains de Porcupine Tree

Hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Ya ahí, compré un boleto para St. Lorenz (un pueblo perdido en algún lugar de la Colombia Británica) y mientras esperaba en el andén vi, por uno de los televisores, el informe del clima. Al parecer, iba a caer una tormenta de nieve. No le di ninguna importancia pues, con tal de estar en la mansión de mis familiares, los MacLeod, lo más pronto posible, era capaz de cualquier cosa. Necesitaba con desesperación estar bajo el cobijo de la gran chimenea de la sala, sosteniendo una taza de chocolate caliente al mismo tiempo que miro, a través de la ventana, cómo la nieve cae. Quizá hasta compondría una triste canción en la vieja guitarra Martin de mi tío Seamus. Quería atiborrarme de comida, dormir muchas horas y olvidarme de Lizzie Smith. Pensaba en ella a menudo y, sobre todo, en lo que nunca fuimos.
Abordé el vagón y me senté cerca de la ventanilla. Cuando viajo me gusta admirar el paisaje, aunque sólo sean ocho horas de ver bosque tras bosque de pino. Me repanchingué y, antes de que el tren se pusiera en movimiento, caí dormido pues estaba desvelado. Soñé que paseaba por el zoológico en un día nublado y que Lizzie me esperaba en una isla que se asemejaba a un quiosco. Yo me quedaba viéndola desde la orilla pues en mi sueño no había una valsa que me llevara hasta ella. Sentí tristeza.
Desperté con la sensación de haber invernado hasta la primavera, pero, al revisar mi reloj, vi que tan sólo descansé una hora. Me sentí muy repuesto y quise tomarme un té en el vagón-comedor. Al voltear la vista noté que el otro asiento ahora estaba ocupado por un bolso y un chal, mas no vi a la dueña de esas pertenencias. No me despertó mayor curiosidad y me fui.
El comedor estaba vacío y mi taza humeaba. El paisaje que veía a través de mi ventanilla era hermoso y triste: El cielo estaba nublado, nevaba y, al fondo, una colosal montaña se reflejaba en un inmenso lago circundado por un bosque de arces. Manché de vaho mi ventana y dibujé un kanji. A Lizzie le gusta dibujar esas cosas. Pensé que sería cómico encontrarnos en el tren, pero recordé que ella ni de coña traería un bolso como el que vi ni un chal de seda engarzado en el cuello (quizá una bufanda de estambre sí). Además, soy el único que conozco que pasa la Navidad en St. Lorenz. Sin nada más que hacer, me puse mis audífonos y escuché mi música. Almorcé, mientras tanto, una baguette con salami que traje desde casa y dejé que mis pensamientos se anegarán de una nostalgia indigna para alguien que había vivido tan poco (en ese entonces tenía dieciséis años). Luego, me perdí en la contemplación del paisaje hasta que mi ventana se empañó y, en consecuencia, me hizo imposible ver algo. Fue entonces cuando la vi: Estaba sentada hasta el fondo del vagón. Sorbía con delicadeza su taza y su porte me resultó aristocrático. Su cabello era el más rubio que había visto en toda mi vida y lo tenía arreglado con un peinado alto. Llevaba puesto un abrigo con botones muy grandes. Se veía linda, aunque aparentaba más edad. En primera instancia creí que era imposible que ella fuera mi compañera de viaje, pero al ver que llevaba puesto el chal enredado en el cuello y que su bolso colgaba de un perchero, ya no me quedó la menor duda. Un escrutinio más detallado me reveló que iba muy maquillada, como si se hubiera arreglado para una reunión. Además, de su cuello colgaba un relicario de oro con forma de corazón, mismo que a veces miraba con un cierto dejo de tristeza. Después de unos minutos, tomó sus cosas y se marchó. Quise seguirla al instante pero preferí terminar con calma mi té.
El pasillo se me hizo eterno y cada paso que daba me henchía de emoción. No creo en el amor a primera vista, sin embargo, ese encuentro fortuito me hizo recobrar las esperanzas que se fueron desmoronado durante todo el año. Nos esperaba un viaje largo y, aunque ella se apeara en la estación más próxima, calculé que tardaríamos en llegar tres horas; tiempo de sobra para iniciar una relación (y con el mal tiempo, quizá hasta serían más). Antes de descorrer la puerta que comunicaba con nuestro vagón, me quedé quieto y la observé un breve instante por la ventanilla. No sabía nada de ella y ahora me parecía la chica más linda que había visto. Caminé hasta mi lugar y la encontré hablando por su celular. Tomé asiento mas ella no reparó en mí. Me sentí desilusionado (¿pero de qué?). Escuché su conversación y no sé porqué se me erizaron los pelos al notar un inconfundible acento británico salir de sus labios. «¡Pero qué opio, querida!», dijo ella. «La recepción, los invitados, la fiesta. Juro que si me quedaba un momento más me moriría. ¿Qué a dónde me dirijo? A la finca de mi tío, el duque Holdsworthshire, en Reindeer Town». Al escuchar lo anterior, creí que le estaba tomando el pelo a su receptora. ¿Una noble sentada junto a mí? ¿En clase económica? ¡Ni en mis más disparatadas fantasías! Yo, en cambio, siempre me sentí orgulloso de que mis ancestros fueran unos hidalgos pertenecientes a un clan que se mantuvo fiel a la corona inglesa y que luchó contra sir William Wallace. Mi tatarabuelo, Peter MacLeod (que también es el nombre de mi padre y el mío) emigró a Canadá a mediados del siglo XIX e hizo una modesta fortuna fabricando tocino, que, aún hoy, sigue siendo el negocio familiar. Mi condición era mediana, pero en esos momentos deseé no ser un plebeyo. Cuando mencionó que bajaría en la estación de Reindeer me tranquilicé pues era una antes de la mía. Aún faltaba mucho trayecto. Ella se puso de pie y continuó hablando. Debo hacer notar que el vagón no estaba muy lleno, ¿acaso ella eligió el primer asiento que le asignaron? ¿Tanta prisa llevaba? Yo quería un lugar ubicado en la ventana y me alegré de que hubiera muchos disponibles, ¿no pudo ella hacer lo mismo? Después de un rato regresó: lucía molesta. Unos minutos más tarde cerró los ojos y yo traté de aparentar que su presencia no me turbaba, pero, una vez que tomó su siesta, su cabeza se fue inclinando lentamente hasta tocar mi hombro. No supe si sentirme dichoso o despertarla con delicadeza y decirle que estaba invadiendo mi espacio personal. Huelga decir la decisión que tomé ante ese dilema: Dejé, pues, que su rubia cabellera descansara en mi hombro; no tenía queja alguna.
Para alejar los pensamientos indecentes, recordé todo lo que suelo hacer durante el invierno. Por ejemplo: cuando el viejo estanque de St. Lorenz se congela, mi tío Seamus, sus colegas y yo, salimos a jugar curling con los otros vecinos. Siempre me toca ser un sweeper, función que yo desempeño encantado, aunque cada vez que le cuento mis proezas a mi madre, ella me reprende de la siguiente manera: «¡Pero mira qué bien, jovencito! Para barrer el agua congelada te luces como ninguno, pero cuando se trata de ayudar con el que hacer de la casa siempre buscas cómo salirte con la tuya». Mi madre no entiende de tradiciones escocesas.
Luego, recordé que, en el vagón-comedor, ella se sentó con las piernas cruzadas y, a pesar de que estaban cubiertas por unas medias de lana, se podía intuir que las tenía bien torneadas. No pude apartar de mi mente eso ni de imaginármela con nada puesto salvo esas medias.
Cómo no tenía otra con qué entretener mi vista, la miré. Creo que ni un hada se vería más hermosa que ella cuando duerme. No sé cuánto tiempo pasé observándola, pero una vez que el tren se detuvo en una estación, ella se despertó. Despegó su cabeza con tanto sobresalto que lo sentí como si me hubieran amputado una extremidad.
––¡Oh, Dios mío! Disculpe la molestia que le cause.
––Descuide. No hay cuidado.
––¡Pero qué vergüenza!, desde que salí de Inglaterra no he parado de hacer el ridículo. Con su permiso, caballero ––se puso de pie y taconeó hasta el andén.
El altavoz anunció que haríamos una parada de una hora. Me quedé sentado un rato. Atónito. Como si me hubieran despertado de un hermoso sueño.

Santa Stefani III

Capítulo III

En donde don Andrea sigue contando sus peripecias por la Nueva España, así como la curiosa aventura que acaeció en territorio de indios y el ingenio que tuvo al bautizar como “Las águilas de Américo” a su equipo de juego de pelota, con otras historias de felice recordación

Después de desayunar un caldo de frijoles y unas tortillas de maíz, que son muy populares en esas tierras, con queso adentro, partimos hacia la búsqueda del tesoro. El judío nos facilitó unas mulas y unas palas y demás pertrechos para escarbar. Siguiendo las indicaciones del mapa, llegamos a unas espesa jungla, más espesa y oscura que ésa en la que se perdió Dante antes de bajar al infierno de la mano de Virgilio. Empero, lo que más nos atemorizaba era que estábamos en territorio de indios y, según un decreto real, el paso estaba vedado para aquellos hombres que no fueran de su raza al igual que para ellos estaba vedado el paso a territorio español. No tardó el peligro en amedrentar nuestro sosiego cuando un venerable y salvaje puma apareció. Si nuestro oficio hubiera sido el de capturar especies endémicas para el rey, de buena gana habríamos intentado capturarlo, pues tal era la hermosura de aquella bestia y no menos su fuerza para ponerlo a pelear contra, verbigracia, una pantera o a un león amaestrado. Mas en ese momento estábamos desvalidos y lo primero que pensamos fue en huir, pero el puma rugió al ver que estábamos invadiendo sus dominios. Retrocedimos con parsimonia y justo cuando estuvo a punto de abalanzarse contra nosotros o contra alguna de nuestras mulas, una afilada saeta le atravesó el cuello.
Como me había encomendado a una virgen de la que había oído hablar mucho por estos rumbos, hablo de la famosa virgen de Guadalupe que se le apareció al indio Juan Diego, el milagro se lo adjudiqué a su santo arbitrio, pero, ¡ay de nosotros!, la desventura apenas principiaba ya que nos vimos rodeados por una multitud de indios. Quisimos hacerles frente, pero su superioridad numérica y su inusitada puntería con sus arcos no nos dejó otra alternativa que la de rendirnos. Fuimos capturados, pues, y nos llevaron a su pueblo. Le preguntamos a Felipe si conocía un poco de lengua de indios, nos contestó que no tenía ni idea, pues estos eran chichimecas y él era de ascendencia purépecha por parte de su madre. Esta diferencia la entendí comparable con la que puede tener un napolitano con un siciliano.
El aspecto de los indios era aterrador: tenían el pecho descubierto y pintarrajeado, así como la faz. Algunos tenían adornados los cabellos con plumas, otros llevaban puestos pieles de animales como coyotes y pumas. Y hablando de pumas, el que estuvo a punto de atacarnos se los llevaron arrastrando en vilo dos indios como si fuera un costal y, cuando llegamos al pueblo, vimos como lo desollaron e intuimos que nos esperaba un destino similar. Finalmente, nos ataron a la cintura de un árbol y enfrente de nosotros prendieron una fogata en la cual, presumiblemente, pretendían cocinarnos vivos. Lo primero que se me ocurrió fue gritar y rogar porque nos perdonaran la vida, pero los indios no entendían nada. Mas entre ellos había un hombre blanco: un misionero de la orden de los jesuitas que había fracasado en su intento de evangelizar a ese pueblo y, en consecuencia, se convirtió al paganismo. Se llamaba Ignacio Barragán y era de León. Él nos sirvió de interprete y rogó por que nos liberarán. Pero ellos protestaron, pues ya le habían perdonado la vida a un extranjero y con eso era suficiente. Luego, el exjesuita le susurró algo al jefe de su tribu, un anciano muy emplumado y con cara de pocos amigos, y éste dio la orden de que nos desataran. Por un momento creímos que una vez más habíamos vencido al peligro, sin embargo, nuestro interprete nos advirtió que nuestra libertad iba tener un precio. Por consiguiente, preguntamos que cuánto nos iba a costar y el antiguo acólito de las ideas de Loyola nos respondió que “un juego de pelota”. Luego, se armó una gran procesión y nos llevaron a unas ruinas que no desmerecen, en arquitectura y estilo, a las griegas y en donde, además, había una pirámide como las que dicen se encuentran en el lejano Egipto. Poco después, llegamos a una especie de coliseo cuadrado. A la mitad del coliseo había un aro con forma de uróboros. Ya era de noche y los indios iluminaron aquel recinto con antorchas. Mientras se preparaban todo los rituales previos, nuestro interprete nos explicó las reglas del juego. Mis colegas y yo estábamos emocionados, ya que nos preciábamos de ser jugadores muy competentes de juegos de pelota y no menos hábiles lanzadores de garrocha, pero al escuchar las peculiares reglas de esa, para nosotros, nueva modalidad, comenzamos a perder la confianza, pues teníamos que usar las caderas, los brazos, la cabeza y los tobillos a la hora de pegarle a la pelota. Huelga decir que la pelota, hecha de la sabia de un árbol, era muy dura y, a mi parecer, debía estar encantada, pues rebotaba de tal manera que daba miedo. Digo, pues, que comenzamos a perder confianza y ya nos veíamos cocinados y hechos trozos en ese caldo lleno de condimentos que ellos llaman pozole. Antes de comenzar el partido, se me ocurrió una idea: “Como es costumbre en mi pueblo ponerle nombre a los equipos de los juegos”, dije, “he elegido bautizar a mi equipo como «Las águilas de Américo» por dos razones: una, porque, según tengo entendido, un comerciante florentino llamado Américo Vespucio visitó estas tierras antes que el genovés Colón, así que, en homenaje a tan principal e importante explorador italiano, nuestro equipo debe llevar su nombre; y lo de las águilas es por una leyenda que escuché sobre los nobles señores de la gran Tenochtlitlán que se instauraron en ese lugar al ver una águila devorando una serpiente, que según ellos, ésa era la señal sagrada que debían seguir. Por esas dos razones quiero que nos llamemos ansí”.
Ómar fue el primero en protestar, pues él quería que nos llamásemos “Los cabreros rayados del Guadalajara” por ser el lugar donde habían nacido sus ancestros moriscos, además de ser ésa su profesión. Felipe, quien había pasado su tierna infancia en un pueblo de nombre Metepec, además que tenía no sé qué gusto por lo blasfemo, quiso que nos pusiéramos “Los demonios rojos del Toluca”. Total, se quedó mi nombre porque ya era hora de comenzar nuestro partido.
Al equipo de los indios también les gustó eso de ponerle nombre a su equipo y lo llamaron “Los pumas cósmicos”, en honor al animal que habían cazado.
Principió, pues, el partido. Si no fuera porque estábamos apostando la vida, diría que fue un duelo muy entretenido y no menos doloroso del cual conservo algunas heridas. Para no faltar a la verdad, debo confesarles a vuestras mercedes que estuvimos muy cerca de perder y, si no se me hubiera ocurrido el ingenio de meter la pelota en el aro que ya antes les mencioné dando un cabezazo, hubiéramos terminado como merienda de indios, pues resultó que al meter la pelota en dicho lugar, significaba la victoria automática. Los indios nos perdonaron la vida, con la condición de que abandonáramos su territorio la mañana siguiente. Les pedimos que nos dieran un poco más de plazo pues estábamos buscando un tesoro. Nuestro interprete le comentó lo anterior al jefe de la tribu y éste respondió que no lejos de donde nos hallábamos había una cueva repleta de objetos dorados que para ellos no valían nada. Fuimos para allá y vimos una modesta riqueza que a nuestros ojos era equiparable a la que tenía escondida Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Cogimos todo lo que nuestros cansados brazos quisieron, empero, nuestro compañero morisco encontró un papiro, lo desenrolló, y como estaba escrito en su lengua, sólo él lo leyó. Al terminar de leer, nos dijo que nos detuviéramos en la primera iglesia que se nos atravesara, pues había decidido abrazar la fe católica y quería ser bautizado.

Santa Stefani II

Donde el hidalgo de Lucca cuenta sus aventuras a los huéspedes de la posada de Garibaldi y de cómo fue conociendo a sus vasallos, con otros incidentes de muchos interés de esta muy cierta y auténtica historia

––Planeaba ir a la Universidad de Padua, pues mi señor padre, don Lucas Lucatello, quería que aprendiera la madre de todas las ciencias: el Derecho Canónico. Pero yo, sediento de aventuras, la dejé, (o mejor dicho, nunca me presenté), abordé una fragata en el puerto de Lucca y me fui con dirección a Barcelona para, después, seguir el camino rumbo a Flandes ––dijo Andrea a toda la hostería––; por desgracia, la fragata en donde yo viajaba fue asaltada por piratas turcos. Ahí tuve que batirme con mi, ahora buen camarada, Ómar. Yo me defendí con una espada toledana que tenía en esos días, mientras él arremetía con su cimitarra. Nuestra pelea debió ser muy encarnizada, pues terminamos, quién sabe cómo y a los pocos minutos, sumergidos en el mar. Ninguno de las dos embarcaciones notó nuestra ausencia y se fueron con su pelea unas leguas más adelante. No nos quedó más remedio que nadar hasta la playa de Barcelona que, gracias a Dios, no estaba muy lejos. Una vez que pisamos tierra firme, el exmoro que vuestras mercedes ven me dijo:

––Caballero, conozco vuestra lengua, así como el castellano y otras más, pues mi padre era un moro andaluz que fue expulsado injustamente de su verdadera patria. Si bien soy pirata, esta profesión la tomé para vengar la iniquidad que cometieron contra mi padre, ya que, aunque vuestra merced lo dude, soy médico por la Universidad de Al-Azhar y, modestia aparte, además soy un percusionista de talento. Ahora los misteriosos designios de Alá nos han unido. Yo en esta tierra soy un extraño amén de un indeseable. Perdone vuestra merced nuestra anterior enemistad y permitidme ponerme a vuestro servicio. Entienda que para mí no es sencillo humillarme ante vos, pues por mis venas corre la sangre de grandes y muy notables Califas. Mi nombra es Ómar Sharif.

»Vi tanta bizarría y nobleza en el que agora es mi amigo, que lo exhorté a que se pusiera de pie y le dije:

––Permítame decirle, querido amigo, pues presiento que el día de hoy principiará una amistad que será recordada en los anales de la picaresca, que no hay nada de vergonzoso de ponerse al servicio de un caballero cristiano cuya única misión en la vida es la de sacarle jugo a ésta. Dios, porque vuestra merced debe de saber que Dios, Cristo, y El Espíritu Santo, que son la única y verdadera trinidad que rigen los hados de los hombres, ha hecho que nuestros caminos se encontraran para un fin que sólo atañe a su supremo plan. He venido a España (aunque los naturales de aquí prefieren llamarse catalanes) para irme hacia Flandes y ahí guerrear con las naciones enemigas del catolicismo y que adoran a un Dios, a un Cristo y a un Espíritu Santo más falsos que vuestro Alá y su profeta Mahoma. Así que lo exhorto a que abandone su herejía y me acompañe en esta nueva cruzada, donde la gloria de las armas nos aguarda. Por cierto, en mi cuello cuelga una bolsa en cuyo contenido hay unos cuantos escudos con los que podremos darnos una vida de reyes mientras tanto.

––Tolero su falta de respeto ante mi fe, pues estamos en territorios cristianos. Aunque he de confesarle que de todos los profetas de Alá, el que me parece más sabio y misericordioso, después de Mahoma, claro está, es ese nazareno que llaman Cristo. Sin embargo, mantendré las apariencias y vestiré a vuestra manera, por eso de que a la tierra que fueres, haced lo que debieres. También quisiera proponerle a vuestra merced un plan que puede ser mucho más jugoso que sus pretensiones guerreras.

––Di, hermano morisco.

––Uno de mis tíos, un comerciante muy rico, huyó a las Indias. Se cuenta que escondió su riqueza en un territorio de la Nueva España conocido como El Bajío. Quizá podamos rastrear su procedencia y dar con él y el tesoro.

––Alcanzar fama y fortuna defendiendo mi fe es mi sueño, pero ser el primer Lucatello que pise el nuevo continente es tentador… ¡Vámonos entonces para Sevilla y ahí nos embarcamos para las Indias!

»En eso unos guardias nos vieron y quisieron meter preso a Ómar. Tuve que sobornarlos, además de comprarle ropa nueva a mi colega.

Don Andrea se comió un higo y continuó con su relato:

––En llegando a Sevilla, no hubieron señoras que no burláramos ni duelos que no ganásemos (el andaluz es por antonomasia un pésimo esgrimista). Mas mis escudos se iban consumiendo y tuve que empeñar mi espada y unas cuantas ropas para, al menos, tener un poco de dinero con qué sobrevivir. La vida era holgada y fácil en la capital andaluza, empero, tuve que apresurar mi partida pues quería meterme preso el marido de una alta señora que burlé, cuyo nombre era Emilia Mayo; un lance digno de ser recordado. Logramos embarcarnos, como polizontes, en un galeón que desembarcaría directamente en el puerto de Veracruz.

El viaje fue largo y tortuoso. No exento de tempestades, asaltos de piratas ingleses y de gente muriéndose por el escorbuto que traían las ratas. Pero cuando divisamos tierra firme, supimos que había merecido la pena el viaje.

Entre Ómar y yo habíamos juntado un modesto capital con las ganancias que obtuvimos apostando en una serie de juegos que habían improvisado en la embarcación tales como: jugar a la baraja, las carreras de ratas y, el favorito entre los negros, las peleas de gallos. Fue tanta nuestra suerte que despojamos de sus pertenencias a quien osara retarnos, incluso llegamos a quitarles lo poco que tenían a unos esclavos negros; así que tuvimos dinero y comida de sobra, pues lo único que tenían los negros eran gallinas. Nos hospedarnos en una hostería de fama notoria; y como ser forastero en la Nueva España es motivo de curiosidad, fuimos muy bien recibido por el hostelero y muy consentidos por las mozas. Fue en nuestra breve estancia en el puerto de Veracruz que conocimos a un marino cesante muy deprimido que es el mestizo que ven vuestras mercedes aquí, don Felipe Gonzaga. Nos lo encontramos en el malecón en una de esas tardes en que el cielo parecía estar teñido de sangre. Lo vimos subirse a la baranda, dispuesto a tirarse al mar para acabar con su vida. Nosotros inmediatamente intercedimos:

—¡Deténgase vuestra merced, que no hay mal que dure cien años!

No me entendió pues le hablé en italiano y el pobre se zambulló. Tuvimos que rescatarlo sumergiéndonos en el mar también.

Una vez que los pusimos en tierra firme y de que Ómar le diera respiración de boca a boca. El buen mestizo nos compartió su desdicha:

¡Ay, mísero! ¡Ay infelice de mí!

Calmati la signoria vostra e condividere la miseria affoga il suo cuore.

¡Por el amor de Dios, vuestra merced! ¡Hable en cristiano que no se le entiende una carajo!

—¡Oh! ¡Mi scusi!

Una vez que se tranquilizó, nos comentó que era un alférez de fragata en una embarcación muy importante de la armada. No desmerecía en talento a sus demás compañeros, su disciplina era intachable así como su lealtad al capitán. Pronto sus méritos se verían recompensados con una ascensión a alférez de navío. Por desgracia, un advenedizo, un “gachupín hideputa” como expresó con sus propias palabras mi amigo, llegó, no sólo a alférez de navío, sino a teniente en menos de lo que canta un gallo por el simple hecho de ser un sobrino segundo del capitán venido de Valencia. Y, para colmo, despidieron arbitrariamente a Felipe pues, según le dijeron, ya eran demasiados en la embarcación además que su condición de mestizo e hijo natural de español no era de mucha ayuda. Su historia me conmovió hasta las lágrimas y le sugerí la siguiente empresa:

––Hermano mío, vuestros méritos no van a pasar desapercibidos ante la ciega iniquidad de la corrupta administración virreinal. Pues un hijo de español nacido en las indias es igual de español que uno nacido en la Alcarria. Yo soy aventurero de profesión y juro ante la santa memoria de mi madre, que si vuestra merced me acompaña, las proezas que juntos hagamos la oirá y celebrará el mismo rey de España y quizá vuestra merced llegue a marques o a conde.

––¿Y cuáles son los nombres de vuestras mercedes?

––Yo soy Andea Giuseppe Lucatello y él Ómar Shariff, mi médico particular y compañero de aventuras. Ahora estamos en la busca de un tesoro escondido en lo más profundo de un territorio llamado El Bajío. ¿Puede vuestra merced guiarnos, ya que es natural de la Nueva España y así ganar fama y fortuna?

Nuestro nuevo compañero mestizo nos dijo que no conocía muy bien esos lugares, pero que nos guiaría hasta la ciudad de Guanajuato. Compramos unos buenos caballos y nos fuimos para allá. ¡Oh, qué hermosa ciudad es la de Guanajuato que no es menos bella que Madrid, Sevilla y Toledo juntas! ¡Y qué de hermosas mozas que harían a las andaluzas palidecer! Aunque tampoco faltaron bellacos con los que tuvimos que batirnos, más morenos que la tierra pero vestidos a lo payo, que decían ser descendientes directos de los primeros conquistadores; asimismo, nos tocó pelear con criollos más blancos que el alabastro que decían ser descendientes del emperador gentil Moctezuma. ¡Menudo y maravilloso país de locos en el que habíamos llegado! Rastreamos el paradero del pariente de mi amigo, y, tras una larga búsqueda, nos dijeron los moradores que un comerciante morisco había vivido ahí hacía no muchos años y que, a su muerte, había legado sus bienes a un prestamista judío con el que se asoció. Ómar se hincó en el piso y maldijo en su lengua, ya que sabía por experiencia que siempre uno salía perdiendo, cuando de negocios se trata, con los judíos. Fuimos a buscar al otrora socio del tío de Ómar y dimos con él. Vivía en uno de los más importantes barrios de esa ciudad y su casa no desmerecía en opulencia y grandeza a las que estaban a su alrededor. Yo aguardaba la esperanza de que este buen señor, porque yo en mi ingenuidad lo tenía por tal, hubiera abrazado la verdadera fe, pues en Guanajuato el Santo Oficio no se anda con tiquismiquis. Mas fui desengañado cuando la dueña de la casa nos pasó a la sala del prestamista. En cada esquina de su aposento estaban a la vista los objetos pertenecientes a su fe: en un lado estaba un candelabro de siete brazos (creo que le dicen menorá); y en otro, una estrella de David, y acullá, una perinola de esas con las que juegan en su festividad del Janucá. Esto me hacía sospechar del enorme poder e influencia que podía tener este personaje, ya que estos símbolos no podían pasar desapercibidos ante los ojos de la Inquisición, más siendo tan evidentes. Luego pasamos al estudio del prestamista, que respondía al nombre de Javier Tabah. Lo encontramos pesando unas alhajas y una vez que terminó, nos dijo:

––¿Qué se les ofrece, gentiles?

Para no hacer más larga esta historia, le dijimos al judío que si nos podía permitir revisar las posesiones de su exsocio, pues ante él estaba su sobrino y, como su tío nunca tuvo descendencia, Ómar era el legítimo heredero de sus pertenencias. Mas el judío nos respondió que:

––De ninguna manera voy a permitir que revisen mis bienes, que me legó mi socio de manera legal y legítima. Así que, si no tienen más negocios que atender conmigo sus mercedes, ¡shabat shalom!

Como el judío era muy listo, la dueña nos había desarmado como condición para ver a su amo, así que no pudimos batirnos con él. Antes de salir rabiando de su estudio, el marrano cambió de parecer y nos dijo que no nos fuéramos, pues acababa de recordar algo. Sacó de su escritorio un papel hecho rollo y lo desplegó sobre su escritorio:

––¡Gentiles, aguardad un momento pues acabo de recordar algo! Mi socio siempre fue muy desconfiado y no me permitió que le guardara la totalidad de sus bienes. Miren, ante vuestros ojos está un mapa escrito en unos caracteres que llevo años tratando de descifrar. ¿Creen que su amigo morisco pueda leerlos?

Ómar, al ver el mapa, dijo que para sus ojos todo era legible, pero se negaba a decirle lo que el papel ocultaba, pues sentía mayor antipatía por el hebreo que por el español.

Inmediatamente el judío cambió su tratamiento para con nosotros y nos dijo:

––Hidalgos ––de gentiles habíamos pasado a hidalgos en su estraña jerarquía––, sé que en este pedazo de papel se esconde una gran riqueza de la podremos sacar enormes dividendos si se asocian conmigo. Lo que sea que se esconde en el bosque, que, por cierto, colinda con territorio de indios muy peligrosos, es todo suyo. Yo pienso facilitarles el trabajo ofreciéndoles unas herramientas y animales de carga a cambio del cuarenta por ciento del valor del tesoro total, ¿qué me dicen, señores míos? ¿Tenemos un trato?

Le pedí al judío que me dejara tener una conferencia en privado con mis aliados antes de tomar una decisión. Nos fuimos al pasillo y ahí discutimos:

––¡Por Alá que prefiero que me hiervan mis vísceras antes de hacer negocio con un judío! ––dijo Ómar.

––¡Mal rayo nos parta, don Andrea! ¡Que ese marrano no tiene un pelo de tonto! Sabe que necesita de don Ómar para leer el mapa y, consciente de los riesgos de la búsqueda, quiere que sorteemos los peligros por él mientras se rasca el ombligo. ¡Menudo y desigual trato tenemos! ––dijo Felipe.

––Al igual que vosotros, el trato me huele a triquiñuela. Mas andamos cortos de pesos y, por muy pocas que sean las ganancias de la empresa, podremos sacarle bastante provecho con lo que nos reedite, pues, ¡no vine a las indias a quedarme sin blanca! Si no tienen una mejor oferta, será mejor que participemos en la empresa del judío.

Tras mucha discusión y no pocas protestas, terminamos aceptando, de mala voluntad, al trato con el judío. Firmamos un contrato, nos ofreció posada y comida y partimos al amanecer.